Dicen los que investigaron en profundidad los detalles del ataque japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor (7/12/1941), que el Presidente Roosevelt habría sabido con antelación la ocurrencia del mismo, y no lo evitó. Es decir, que el de Pearl Harbor no habría sido un "ataque sorpresa".

La "guerra europea" como llamaban los estadounidenses a la Segunda Guerra Mundial, no le interesaba al pueblo norteamericano. De hecho, la gran mayoría de la opinión pública estaba en contra de volver a intervenir en un conflicto que, para ellos, estaba lejano.

De Roosevelt no se sabe bien qué pensaba personalmente, aunque se mantenía públicamente distante. A pesar de la insistencia de Churchill, Roosevelt sabía que ingresar directamente en el conflicto le costaría las elecciones. Por ello, como una forma de ayudar a sus aliados tradicionales a sortear el desafío de Alemania, EEUU se comprometió a venderle al Reino Unido todos los víveres y armas que necesitara. Pero no veía factible un ingreso directo al conflicto.

Inesperadamente y como supuesta "represalia" a actividades de Japón en Asia, EEUU decreta en Julio de 1941 el bloqueo comercial total a Japón, congelando todos los activos japoneses en el extranjero y privando a la nación asiática de casi la totalidad del gas y del petróleo, lo que la potencia nipona interpretó directamente como un acto de guerra. Roosevelt y su gobierno sabían, o debían haber calculado muy bien, que Japón no iba a permanecer mudo ante tal situación, que implicaba sin más la parálisis de su industria y su ejército.

Así entonces, según muchos indicios históricos, la decisión de Japón de atacar la base norteamericana de Pearl Harbor fue advertida previamente por varias fuentes distintas al gobierno norteamericano el cual, sorprendentemente, no hizo nada por evitar dicho ataque. Incluso, se dice, habría indicios de que los servicios de inteligencia norteamericanos advirtieron a Roosevelt de la inminencia del ataque. Pasaron sólo seis meses desde el bloqueo a Japón, al ataque de Pearl Harbor.

Se alega así, en los pasillos de la historia, que Roosevelt "necesitaba" Pearl Harbor para entrar en la guerra. Y así ocurrió. Después del ataque, la opinión pública norteamericana viró masivamente desde la neutralidad hacia la entrada directa en el conflicto, y Roosevelt tuvo el apoyo público con que no contaba antes. Tuvo "la excusa" para intervenir directamente. Luego del conflicto, EEUU se convirtió sin lugar a dudas, en la potencia mundial más importante. Hasta los más acérrimos pacifistas estuvieron de acuerdo en la entrada a la guerra, pues ésta había dejado de ser una guerra "europea" para convertirse en una "causa nacional" estadounidense.

Hoy podemos decir, mutatis mutandi, que Alberto Fernández se encuentra ante un desafío similar. Fernández sabe positivamente que no puede cumplir ni una sola de las promesas populistas que hizo cediendo a exigencias del kirchnerismo y peronismo "de izquierda", para llegar al poder. No puede "llenar las heladeras", no puede subir las jubilaciones, no puede cumplir el pago de la deuda, no puede bajar la inflación, no puede dejar de emitir, no puede siquiera cumplir con el envío de la coparticipación a las provincias. Sólo puede pretender hacer parches que, sabe muy bien, no funcionan: emitir moneda sin respaldo, aumentar impuestos, bajar jubilaciones, congelar paritarias, controlar precios, y cosas por el estilo. Y rogarle al mundo que nos espere en el cobro de las acreencias internacionales. Nada de esto, lo sabe bien Fernández, es sostenible.

Alberto Fernández no es un improvisado en materia política, es un político con muchísima experiencia y una gran capacidad de cálculo, aunque parece que su Gobierno está improvisando diariamente débiles parches que se agotan antes de aplicarse. Como por ejemplo la licitación del "Bono Dual", cuyo fracaso arrastró hacia la baja otros bonos, acciones, y la credibilidad -ya casi inexistente- del país en los foros financieros.

No es que Guzmán ignore la materia económica. No es que Alberto no sepa lo que debe hacer. Es que no tienen la espalda política para hacerlo. Los acechan los mismos que los llevaron al poder. Pero la coalición política no alcanza; y mucho menos cuando quienes se suman ahora a ésta coalición de gobierno no son representativos ni alcanzan para adquirir la masa crítica que se necesita; y cuando una gran parte de la población ( la más productiva) está tan lejos de compartir el plan de Gobierno. La política no puede controlar, por el solo discurso en diversos foros, los fundamentos de la economía. En una palabra: dato mata relato.

Es obvio que la actitud de nuestro Presidente es como la del piloto de alta mar que sabe muy bien que va a todo vapor hacia el Iceberg, pero no puede hacer nada para evitarlo, porque su copiloto y gran parte de su tripulación no le dejan torcer el rumbo; amenazándolo con un motín a bordo. Se lo observa incluso resignado a ello. ¿Dejará que choque el barco para luego poder reorganizar él lo que quede, y darle un nuevo rumbo?

¿Cómo vería hoy el kirchnerismo que Alberto Fernández aplique las recetas ortodoxas que sabe que tiene que aplicar? ¿Cómo vería hoy el kirchnerismo que Fernández dolarice la economía, o adopte una nueva convertibilidad? ¿Cómo vería hoy la gente que llevó a Alberto al Gobierno, que éste aplique un drástico plan de reducción del Estado, de privatizaciones, de retiros voluntarios, de nuevas leyes laborales, de rebajas impositivas para el sector productivo, de quita de subsidios y planes, de cambio de signo monetario para adoptar una moneda "dura" o una canasta de monedas? ¿Cómo vería una política exterior alineada con los países prósperos del mundo, dejando el inútil discurso chavista?. Pues simplemente lo vería como una "traición". Mayúscula.

Pero, como decimos en Derecho, "en ocasión de estrago" las cosas cambian. Cambian las prioridades, cambian las necesidades, cambian los remedios.

A Menem le pasó exactamente lo mismo. Venía de una inflación desbocada que fue la terrible herencia que le dejó Alfonsín. El país estaba en el abismo. Nadie quería invertir en la Argentina, ni siquiera que le regalaran las empresas del país. Menem intentó hacer lo de Alberto: parches. Soluciones tibias. Que condujeron a más inflación hasta que sobrevino el estallido de las híper, confiscación de depósitos, saqueos- que terminaron siendo la "excusa" perfecta. El escenario tan dramático cambió drásticamente con el advenimiento de Domingo Cavallo y la sanción la Ley de Convertibilidad que, críticas aparte, trajo una estabilidad de diez años que no se veía en la Argentina desde hacía cincuenta años. Fue el remedio perfecto para una situación límite.

Y Menem tenía un poder interno y una cohesión en el PJ que Alberto Fernández no tiene. Vale decir que la situación de Fernández es infinitamente más débil que la de Menem; que tenía muchas más herramientas que Fernandez; no sólo políticas sino incluso de carácter. Mientras Menem se presentaba como un líder carismático triunfador ("Síganme que no los voy a defraudar"), Alberto Fernández se presenta como una persona moderada, conciliadora, de bajo perfil, que se resigna a repartir partes del poder presidencial entre diferentes actores que le disputan protagonismo. Resignación que, creo, es sólo aparente. Se trata, creo, de tratar de subir la mayor cantidad de gente al barco del Gobierno. Fernández necesita mucho más la "excusa" de lo que la necesitaba Menem antes de la híper, y no puede darse el lujo de estar solo en el buque: debe contrabalancear el extremo de sus actuales aliados para poder prescindir de éstos llegado el caso y tomar el comando del país.

Roosevelt tuvo su Pearl Harbor. ¿Alberto lo está esperando?.

* Abogado, especialista en Derecho Tributario