A diez días de que venza el preacuerdo que anudó entre Navidad y Año Nuevo con Marcelo Mindlin, José Luis Manzano volvió a Buenos Aires para intentar destrabar la compra de Edenor, la distribuidora eléctrica más valiosa del país. Convencido de que el lobby virtual no tiene la misma efectividad que el presencial, el exministro del Interior menemista abandonó el plácido verano ginebrino y aterrizó en Buenos Aires con un solo objetivo: conseguir el imprescindible aval oficial para la operación. Todavía no lo logró.

Las gestiones fueron al más alto nivel. Incluyeron una larga conversación a solas con Sergio Massa antes de su promocionada gira estadounidense, a la que sumó sus buenos oficios y contactos de antiguo expatriado. Con Alberto Fernández no consiguió cita. Pero lo más inquietante para el mendocino y sus socios en la aventura, Daniel Vila y Mauricio Filiberti, es no haber obtenido un rato a solas con Cristina Fernández de Kirchner. Es ella a quien reporta sin intermediarios Federico Basualdo, el único subsecretario de Estado de la historia que sobrevivió a un pedido público de renuncia del jefe de su jefe. Y es Soledad Manin, delegada de Basualdo en el Ente Regulador Eléctrico ( ENRE), quien tiene que autorizar la venta antes del 28 de junio para que los compradores no pierdan la seña de U$S 10 millones que adelantaron.

La reputación de Manzano no ayuda. El propio Fernández se ocupó el año pasado de aclararle en persona a Mindlin que no iba de parte suya ni del Frente de Todos. El zar de la energía le dijo que quería vender igual y concentrarse aguas arriba en los negocios de generación y transporte eléctrico. Nunca imaginó lo que sobrevendría por solo firmar el compromiso de venta: primero le cortaron el crédito los bancos locales (hasta las tarjetas corporate de sus 50 ejecutivos top), después los internacionales (se niegan incluso a reestructurar sus obligaciones negociables) y finalmente empezó la fuga de cerebros. Al gerente de Legales, que ya consiguió otro empleo, podrían seguirlo el Comercial y el de Recursos Humanos. Hay un conductor de América TV que suena para Relaciones Públicas.

La situación tiene desorientado al dueño del grupo Pampa, veterano de mil fusiones y dueño de una habilidad sin parangón en el país para la valorización financiera. Suponía, quizá equivocadamente, que el kirchnerismo vería con buenos ojos su paso al costado. Ahora intuye que el aval a Manzano no le cierra políticamente a nadie. Que si se confirmara el cambio de manos, la oposición volvería a vociferar contra el capitalismo de amigos y las bases oficialistas se preguntarían por qué no pasó a manos del Estado. Una no-win situation.

La otra búlgara

Es mucho más que un negocio particular. La discusión por las tarifas expuso como nunca las fracturas dentro del Frente de Todos y catalizó la definición de una interna que, como se señaló insistentemente en esta columna, trascendía por mucho ese debate. El nuevo punto de equilibrio se palpó nítidamente en la conferencia que ofreció Martín Guzmán en el patio del Four Seasons a los empresarios del Consejo Interamericano del Comercio y la Producción (CICyP). Más allá del frío que entumecía los dedos, el mensaje fue claro: el ajuste fiscal del primer cuatrimestre se terminó. Ahora empieza la campaña.

A Guzmán le pidieron selfies varios de los que pagaron 100 mil pesos para verlo en persona y lo llenó de elogios Daniel Funes de Rioja, el jefe del CICyP, que necesitaba mostrarse cerca de algún funcionario después de la ristra de reproches que le había dedicado Matías Kulfas el martes, por Zoom, y del escándalo que había desatado José de Mendiguren al denunciar discriminación en la elección de las nuevas autoridades de la Unión Industrial, que también preside. Pero los hombres de negocios tampoco creen que el ministro de Economía defina gran cosa. Después de los anuncios expansivos del último mes y medio (Ganancias, monotributo y Tarjeta Alimentar, entre otros) volvieron a verlo como un simple ministro de Finanzas con la misión exclusiva de renegociar la deuda con el FMI.

Si antes Guzmán procuraba frenar la inercia del gasto público del año pasado, inflamado por la pandemia, ahora se limita a intentar que fluya hacia donde el efecto multiplicador sea el máximo posible. Sobre las devoluciones de Ganancias que empiezan a liquidarse en dos semanas, por ejemplo, el ministro volvió a advertir que pueden hacer recrudecer la presión sobre el dólar. En el Banco Central insisten en que tienen espaldas para aguantar. El saltito del dólar blue de ayer ($164) encendió algunas luces amarillas: Miguel Pesce sospecha que las compras de dólar ahorro bajaron de 1.000 millones a 300 millones mensuales desde el verano precisamente porque el "bille" estaba más barato que el oficial más los adicionales que paga el ahorrista (30 + 35%). Ahora ya volvió a estar más caro.

Es un riesgo que perciben incluso los más heterodoxos, como Arnaldo Bocco. En una charla virtual con referentes del FdT cordobés, uno lo sorprendió con la pregunta de cuándo se liberaría el cepo cambiario que dejó instalado Mauricio Macri tras las últimas PASO. "Por mucho tiempo vamos a tener controles. Lo que tenemos que hacer es que te convenga más invertir pesos que atesorar dólares", atinó a responderle.

Es la obsesión de Guzmán. Que los pesos para reactivar la economía no hagan saltar el dólar como en octubre. La del kirchnerismo es otra: revertir el deterioro del 8% que sumó el salario promedio en lo que va de 2021, que se suma al de los últimos tres años. Es el peor escenario para iniciar la campaña y lo transmitió con crudeza Hugo Yasky en una reunión que mantuvo con parte del equipo del equipo económico en la AFIP, la semana pasada. La depresión salarial real ya acumula 28% y amenaza con convertirse en la más prolongada de la democracia. De ahí el respaldo de Cristina al ancla que tiró Pesce: por cuarto mes consecutivo, la devaluación de mayo fue muy por detrás de la inflación. Los precios subieron un 3,3% y el dólar un 1,3%.

Lo que el kirchnerismo orejea para el tramo final de la campaña es otro paquete: reapertura de paritarias para llevarlas al 45%, suba del salario mínimo, vital y móvil para alinearlo con la nueva pauta inflacionaria y un plan de empleo masivo, al estilo del que empujan los movimientos sociales del Frente, con construcción de viviendas por parte del Estado, tendido de redes cloacales y reforestación.

La inspiradora del plan de empleo es una economista de ascendencia búlgara, como Kristalina Georgieva, pero que trabaja como investigadora del Levy Institute, un think tank progresista estadounidense, y que colaboró con la campaña de Bernie Sanders. Se llama Pavlina Tcherneva y es una antigua conocida de la Argentina. Colaboró con el Plan Jefas y Jefes de Hogar en 2002, cuando todo se caía a pedazos, y acaba de publicar la arenga distribucionista "En favor del trabajo garantizado".

El trabajo de Tcherneva tuvo mucho eco en Europa. Propone básicamente un programa de empleo "que se expanda en recesiones y se contraiga en los auges" y sostiene que debe estar basado en la economía del cuidado, la salud y la pequeña infraestructura. "El costo del desempleo es mucho mayor que el que solemos medir. Tiene grandes costos adicionales a nivel social y en la familia", advierte. El mes pasado, el popular Thomas Piketty escribió en Le Monde que un plan así "podría hacer una poderosa contribución al proceso de desmercantilización y redefinición colectiva del trabajo, en particular en términos de servicios personales, transición energética y renovación de edificios". También destacó que permitiría "con un costo limitado (1% del PIB) volver a poner a trabajar a todos los que se ven privados de empleo durante las recesiones".

Piquete y cacerola

La cuestión, claro, es cómo financiarlo. La suba de la soja ayuda pero los exportadores optaron por vender la menor cantidad de granos posible. En lo que va de 2021 llevan liquidado 10% menos cantidad que el promedio de los años anteriores. Ayer liquidaron granos por 90 millones de dólares, cuando lo habitual para este mes es entre 150 y 180 millones diarios. Muchos, por el bajón de esta semana, corren el riesgo de haber hecho mal negocio: pueden recibir menos dólares e incluso menos pesos que un mes atrás. Y eso sin contar el riesgo latente de que suban las retenciones después de las elecciones.

La urgencia para el Gobierno es otra: frenar la sangría de votos que sufre por la crisis y que, para peor, no fluyen hacia ningún destinatario claro. La profundidad de la crisis beneficia mucho a los extremistas y especialmente a aquellos sin responsabilidad alguna de gestión. El "no hay que cobrar ningún impuesto" de Javier Milei es tan efectivo como el "hay que matarlos a todos" de otra época, aun cuando nadie crea en serio que pueda resolver nada. "Hay lugar para un voto castigo fuerte, se perfila una conversación muy antipolítica", contó preocupado a BAE Negocios uno de los especialistas que sondea opiniones en las redes sociales para el oficialismo. Con el escenario atomizado que dibujó la primera vuelta en Perú, no es un fuego con el que les convenga jugar a los Fernández.

Es el riesgo de reeditar el clima social previo a diciembre de 2001. El "que se vayan todos" que consiguió apagar Néstor Kirchner, un servicio por el cual el establishment nunca terminó de agradecerle.

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Alejandro Bercovich

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