Horacio Rodríguez Larreta ya estaba en Parque Patricios el domingo a la noche cuando le vibró el iPhone en el bolsillo. Su conferencia de prensa se demoraba. Era Sergio Massa.
—Vos tenés una responsabilidad institucional. No podés jugar como un puntero de Patricia Bullrich. Te puede sumar en una encuesta hoy pero te resta en la del mes que viene, vas a ver.
—Ustedes tendrían que haber consensuado lo de las clases. Y a mí no me marca la cancha Patricia. Ni tampoco Mauricio y lo sabés.
—¡Pero la semana que viene vas a tener todas las clínicas colapsadas!
—Ahora ya está. Hablemos mañana.

El jefe de Gobierno porteño tenía en sus manos el fallo de la justicia local que según sus abogados lo habilitaba a abrir las aulas a las pocas horas, pese al decreto de necesidad y urgencia que ordenaba lo contrario. Con él acariciaba la oportunidad de facturar políticamente su defensa a rajatabla de las clases presenciales, acusar a la Nación ya los gremios docentes de forzar infundadamente el cierre y retroceder tácticamente para evitar ser responsabilizado por la letalidad de una segunda ola que en dos semanas puede llegar a los 10 mil casos diarios solo en su distrito, según proyectó el doctor en matemática Daniel Gervini.

Es, probablemente, lo que habría hecho un par de meses atrás el Rodríguez Larreta centrípeto y presidenciable. Pero el realmente existente dobló la apuesta. Y volvió a subirla al mantener la presencialidad incluso cuando la Corte Suprema le transmitió una señal adversa, que en su entorno leen como un augurio de fallo en contra: no haber dictado cautelar alguna el día en que anunció que tomaría el caso y resolvería en cinco días hábiles.

Al día siguiente, en medio de la confusión y el caos en las escuelas, Massa volvió a llamar a su viejo amigo. Es el último puente sólido que se mantiene en pie entre ambos dispositivos de poder, aunque un escalón debajo también hay línea directa entre Santiago Cafiero y Felipe De Miguel.

Las versiones sobre el contenido de la charla divergen: mientras el jefe de Diputados transmitió al Presidente que el intendente había admitido la "presión" de su propia interna con los halcones del macrismo, en Parque Patricios niegan que esa presión existente. "Si creés que Mauricio lo puede apretar en algo a Horacio es porque no mirás las encuestas de imagen a nivel nacional", canchereó ayer ante BAE Negocios uno de sus incondicionales. "Es como decía (Matías) Lammens en la campaña: Macri ya fue", subrayó pícaro.

Alma zen

Alberto Fernández está furioso. Después de haber asumido el costo de decretar la vuelta a la escolaridad virtual y anunciarlo por cadena nacional, sintió la necesidad de cruzar a Patricia Bullrich por el cacerolazo que esa misma noche organizaron vecinos de Vicente López frente a la Quinta de Olivos. La presencia de la jefa del PRO en una movilización tan de nicho era un gesto más impotente que amenazante, pero el mandatario eligió responderle igual. Acaso un sacrificio de volumen político parecido al que hizo Rodríguez Larreta al desconocer un DNU presidencial como los que aspira a firmar alguna vez.

—Vos ahora budista, budista, eh —se animó a sugerirle Carla Vizzoti este lunes, cuando llegaban a un acto con el ministro de Obras Públicas, Gabriel Katopodis.
—¿Budista? ¡¿Si Gandhi y Buda hubieran sido argentinos sabés cómo habrían salido a estrangular a estos hijos de pxtx?! —respondió el Presidente.

La ministra de Salud evita la confrontación y también mantiene el diálogo permanente con Fernán Quirós, aunque la semana pasada no le garantizó que la Nación vaya a reponerle rápido los 50 respiradores que el exdirector médico del Hospital Italiano decidió entregarles a clínicas y sanatorios. Su plan es acelerar las vacunaciones y dejar que la segunda ola convenza a quienes se resisten de adoptar nuevas restricciones a la circulación.

Para lo primero, la alianza entre el instituto Gamaleya y el laboratorio Richmond que anoche monitoreaba en Moscú el embajador Eduardo Zuain vino como anillo al dedo mientras naufragaban por enésima vez las promesas de AstraZeneca, Carlos Slim y Hugo Sigman. Puertas adentro, el Gobierno manejaba como fecha tentativa el 20 de abril para la llegada de las primeras dosis producidas en Garín y envasadas en Albuquerque. Fue el propio Fernández quien decidió no hacerla pública para no exponerse a otro fiasco. La carta de esta semana a través de la cual Sigman deslindó toda responsabilidad tampoco cayó bien en ninguna tribu oficialista.

En el "desierto de vacunas" que describió spinettiano semanas atrás, el Presidente procura mantener el equilibrio geopolítico. Su teleconferencia de hace dos semanas con Vladimir Putin destrabó la llegada de los dos últimos embarques de Sputnik y especialmente el contrato con Richmond. Pero el encargado para América latina del Consejo de Seguridad Nacional de Joe Biden, Juan González, le prometió a su vez que ya en mayo la Casa Blanca empezará a anunciar donaciones masivas de inmunizantes. Le contó que su país ya cuenta con una reserva superior a las 600 millones de dosis y que todas las transferencias se harán a través del sistema COVAX de la ONU, al que Argentina adhirió tempranamente, para evitar sospechas de favoritismo.

Colombiano de nacimiento, González también aseguró que él mismo había propuesto en Washington que esas donaciones empezaran por América latina y no por África. "Sugerí incorporar a Colombia, México y Argentina como los socios privilegiados", dijo en una de las reuniones. Algunos le creyeron más que otros. Beijing, por lo pronto, aceptó fletar otro millón de dosis de Sinopharm antes del cierre temporario de exportaciones que planea para llegar al centenario del Partido Comunista Chino, en julio, con 500 millones de personas inmunizadas.

Apolo vs Sputnik

Si fuera una estrategia deliberada sería digna del apogeo de los No Alineados, el movimiento que líderes como Raúl Alfonsín y Nelson Mandela usaron como tabla para barrenar la Guerra Fría desde el Sur. La realidad, lamentablemente, parece bastante lejos de cualquier genialidad maquiavélica. Mientras el enviado de Biden aterrizaba en Buenos Aires, el ministro de Economía volaba a Moscú para dialogar sobre la reforma del Fondo Monetario. Al mismo tiempo, Washington expulsaba a diplomáticos rusos acusados de espionaje y amenazaba a Putin con sanciones si no libera de inmediato al opositor preso Alexei Navalny.

¿Apostará Martín Guzmán a destrabar en el directorio del FMI la refinanciación de la deuda heredada de Macri gracias al 2,59% de los votos que ostenta Anton Siluanov, el director por Rusia? ¿Habrá procurado con su viaje advertir a Washington, que cuenta con el 16,51% de los votos, algo que sabe Joe Stiglitz pero no los Fernández? ¿Subestimará el giro anti-ruso que significó la derrota de Donald Trump en Estados Unidos? ¿Será todo consecuencia de la frialdad que le dispensa Cristina Fernández de Kirchner desde que perdió la confianza en él, tras aquella visita a El Calafate que debió haber sido secreta y no lo fue?

Como sea, fue Sergio Massa quien le tiró de la manga al enviado de Biden para que colaborase en esa refinanciación. Fue en su propia casa, donde González fue a cenar, casi en una confirmación de todas las sospechas kirchneristas sobre el socio al que pueden acercarse pero del que nunca dejarán de recelar.

Massa propuso una heterodoxia: dos acuerdos en uno. Un Standby, que tiene como plazo máximo cinco años, y uno de Facilidades Extendidas, que no puede extenderse por más de diez. Le dijo al enviado de Biden que podrían firmarse los dos acuerdos en simultáneo y lo desafió a encontrar en el estatuto del FMI alguna cláusula que lo impida.

El enviado norteamericano tomó nota y prometió elevarlo al Tesoro. Al fin y al cabo, para quien tiene la maquinita, no es más que un puñado de dólares. A cambio puede recuperar algo del soft power que sacrificó en su mitad del mundo por haber mezquinado algo que, al menos por unos meses, parece mucho más valioso: las vacunas.

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