Después de 19 meses consecutivos de caídas, la industria registró en diciembre pasado una leve recuperación. Según el Índice de Producción Industrial Manufacturero del Indec, el sector incrementó su actividad en un 1,2% respecto de diciembre de 2018. Pero el panorama intraindustrial fue variado y todos los sectores siguen muy dañados por las políticas aplicadas por el anterior gobierno que desencadenaron una de las cuatro crisis sectoriales más importantes de su historia, junto a la de la última dictadura, la de la hiperinflación de fines de los ochenta y principios de los noventa y la de la convertibilidad.

El nuevo rumbo reciente hace prever que la recesión manufacturera está terminando de tocar fondo y comenzará a resurgir más aceleradamente que el resto de la economía a lo largo de este año, dado que es considerablemente más sensible. Por supuesto, un resultado medianamente satisfactorio de la gestión de renegociación del pago de la deuda será especialmente importante para poder ganar grados de libertad que permitan aplicar políticas expansivas, sobre todo en un sector que depende crucialmente del dinamismo del mercado interno y del acceso a divisas para acrecentar su capacidad.

El rubro que esencialmente explicó el incipiente freno del largo derrumbe fue el de alimentos y bebidas. Tuvo un alza interanual del 7,2% y posee una importante participación en el entramado industrial local. Para el organismo oficial, el sector pondera en un 24,5%; o sea, siguiendo ese parámetro, casi un cuarto de la industria elabora alimentos y/o bebidas. Así, ese significativo aumento más que compensó el retroceso del resto de la industria, dado que aportó dos puntos de tasa de crecimiento. Como el restante 75,5% del sector tuvo un resultado global negativo, la actividad del agregado general de la industria solo mejoró el referido 1,2%. Los rubros de productos de metal y automotriz lideraron las caídas con mermas de 18,1% y 16%, respectivamente. En tanto, otros sectores que exhibieron una recuperación relevante fueron textiles (+9,2%), maquinaria y equipo (7,9%) y madera, papel, edición e impresión (+7%).

Tras un lapso tan extendido de resultados negativos, la base de comparación de diciembre pasado ya era muy baja y es uno de los factores que pesó en los resultados alcanzados. Hay un nivel mínimo de actividad que es difícil de perforar y hubiera hecho falta más tiempo de políticas agresivas en contra del sector para poder hundirlo más profundamente. Según el Indec, el conglomerado productivo desde su máximo de actividad de noviembre de 2017 llegó a reducir su producción en un 16,4%, en la medición desestacionalizada.

También hubo factores macroeconómicos que incidieron positivamente para que la debacle encuentre su piso. En primer lugar, después de muchos meses, los controles cambiarios aplicados desde septiembre de 2019 provocaron una estabilidad y una perspectiva de que ya no seguiría presentándose la anterior volatilidad de la cotización de la moneda nacional para operaciones comerciales internacionales, como no se observaba desde fines de 2017. A su vez, el congelamiento tarifario anunciado hasta junio de 2020 operó en el mismo sentido. Y, sumada a esa estabilidad, llegaron acuerdos paritarios y de haberes de recomposición de ingresos, desde niveles muy bajos.

Por otra parte, el recambio de gobierno también fue favorable debido al desgaste de la anterior administración por haber quedado siempre muy lejos de las metas fijadas. En mismo sentido, existía la expectativa de que el nuevo gobierno iba a tener que apoyarse en la recomposición de la capacidad productiva para poder recuperar el ingreso de los trabajadores y hacer frente a los compromisos de deuda heredados, después de que la anterior administración ya había agotado el acceso del país al financiamiento externo. Ese sustento, como toda experiencia local e internacional de impulso a la actividad industrial, iba a requerir la recomposición de la demanda interna, el acceso al crédito a la producción a tasas blandas, una rigurosa administración comercial externa para combatir la competencia en condiciones desleales, un control de precios de sectores estratégicos para la competitividad como el de las tarifas o los combustibles y compras públicas orientadas preferentemente a proveedores locales.

En todos estos ejes, el gobierno ha venido cumpliendo en buena medida con esas pretensiones, pero con un nivel de recursos públicos diezmado y pendiente del resultado de la renegociación de la deuda que impide apuntalar políticas fiscales expansivas de mayor envergadura que estimulen una más rápida y fornida recuperación, en un contexto internacional desfavorable.

Un dato muy importante a considerar en todo el proceso de desmantelamiento productivo reciente es el de la evolución del costo laboral. Desde 2012, la industria estuvo estancada con salarios altos en términos regionales e históricos. En promedio, según las estadísticas de la AFIP, los operarios registrados recibían entre los años 2012 y 2017 una remuneración bruta que osciló en torno de los 1.600/1.800 dólares al tipo de cambio oficial. A partir de 2018, a la par del inicio de la fuerte recesión industrial, la remuneración promedio fue cayendo en mayor medida que la pérdida de actividad productiva y, de acuerdo al último registro disponible (septiembre de 2019), el salario medio cayó a un equivalente de 950 dólares. Evidentemente, las reducciones de ingresos no iban a romper con la dinámica de estancamiento. Por el contrario, empeoraron agresivamente el cuadro, con una industria que depende de la actividad interna para alcanzar escalas mínimas que, junto con otras políticas de apoyo público, le permitan crecer también en los mercados internacionales.

En este marco de opresión sobre los recursos fiscales disponibles, es un gran acierto, como entre los años 2002 y 2005, concentrar los mayores incrementos salariales sobre los sectores sociales de menor capacidad adquisitiva. Su demanda puede ser abastecida, en mayor medida con bienes elaborados internamente, y su impacto macroeconómico es más intenso debido a que su propensión a consumir es prácticamente total (lamentablemente, es muy difícil que puedan ahorrar). De ahí es que la industria alimenticia haya tenido una interesante recuperación en diciembre pasado y seguramente esa dinámica persistirá en los siguientes meses.

En este escenario, también se ha vuelto indispensable reactivar el seguimiento del funcionamiento de las cadenas de valor, especialmente las vinculadas con los consumos indispensables, donde las empresas, en base a su alto poder de mercado, pueden abusar de su mayor poder de mercado, en detrimento de la difícil recuperación que tenemos por delante.

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Mariano Kestelboim

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