En la última columna del año se imprime un irrefrenable deseo de hacer un balance sobre el año que anuncia su fin. Me resistí y, entonces, no voy a dedicar ni una línea a listar los logros de este espacio, ni sus temas pendientes. Quiero entrar en otro tema.

Una costumbre que la administración pública superpone con el calendario gregoriano y causa infinitas y complejas situaciones ante un mes de diciembre que, incrustado de fiestas, despedidas, días inhábiles y otras yerbas, impide un desarrollo normal de tareas desde el podio de los meses más cortos en función de sus días laborables.

La derrota de la Dictadura en la Guerra de Malvinas, adelantó los planes del poder militar que tenía " las urnas bien guardadas".

El último domingo de octubre consagrado a las elecciones presidenciales de la recuperación democrática, sobrevivió a la reforma constitucional de 1994 y se desnaturalizó por efecto de las Primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO). El adelantamiento de las elecciones y la transmisión de mando de 1989, nació del desprecio institucional de aquel PJ menemista, de la urgencia que impusieron los medios y de los factores económicos sociales (y militares) que arrojaron a Alfonsin del gobierno antes de finalizar su mandato. No obstante ello, esas pésimas circunstancias -de las que solo pudo salvarse Macri en más de 90 años- ofrecieron una oportunidad que no se supo mantener en el tiempo. La toma de posesión de Menem, en julio de 1989 permitió una transición sin la death-line de todos los diciembres. Claro, su voracidad lo empujó a contar el plazo incumplido de Alfonsin como una contribución por la República y llevó la cuenta de sus primeros seis años al 10 de diciembre que hoy nos agobia.

No son pocas las empresas y entidades de la sociedad civil, que desplazan el fin de su balance anual a otras fechas, menos caóticas que el último día del año.

El cambio de mando -cada cuatro años- y especialmente el fin de la ejecución presupuestaria de cada período impacta en un conglomerado de decisiones administrativas que impiden un tránsito ordenado en el devenir de la gestión. Muchos días inhábiles, una tradición de asientos y documentación en papel, la liquidación del SAC, la organización del Plan de Vacaciones (condicionado además por los "cerrojos" de las ferias judiciales, legislativas, docentes y académicas) son algunos de los escollos que complican el cierre del periodo presupuestario. Un cierre siempre caótico que conlleva falta de orden y previsibilidad al balance de las cuentas públicas.

La plurianualidad del presupuesto (consagrada en la CN de 1949 y propuesta en 1994 por el constituyente Quiroga Lavié, sin éxito) no es un instituto extraño al derecho público, y desplazarlo para otros meses más útiles como marzo o abril, sería también una respuesta inteligente que podrían analizar los nuevos legisladores.

Felicidades. Nos vemos el próximo año.

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