En una reciente nota publicada por BAE Negocios se destacó un informe de la consultora global Mercer, en la cual concluye que el 81% de las empresas argentinas no considera que exista una brecha salarial entre hombres y mujeres. La alarmante conclusión es todavía peor: entre quienes creen en esa brecha, sólo el 57% realiza procedimientos para achicarla, es decir el 90% de las empresas no toman ningún tipo de medidas. No hacen nada.

En sintonía, agrega que el 86% de las encuestadas, advierten que la diversidad e inclusión forman parte de sus valores corporativos, pero solo el 68% hizo algo al respecto.

El problema como se ve es aún mas grave, no solo existe una enorme mayoría de empresas que no adoptan medidas para revertir la desigualdad, sino que directamente naturalizan la grieta sin advertir la magnitud del problema. Ese negacionismo exhibe una cultura empresarial fuertemente autoritaria sobre la cual es perentorio actuar.

De poco sirve cualquier avance social en la materia si las empresas actúan impermeables a la democratización de las relaciones del trabajo, dejando en la puerta de entrada de las compañías los derechos básicos ciudadanos.

Eso supone no solo una batalla cultural por dar, sino también la implementación, ahora y urgente, de políticas públicas activas.

Un interesante informe de la Comisión de Géneros y Relaciones del Trabajo en la Facultad de Ciencias Sociales, destaca que en el mercado de trabajo formal, las mujeres ganan en promedio un 29% menos que los varones y, en el caso de las asalariadas informales esta brecha es del 35,6%.

La Comisión de Géneros señala el origen de dicha inequidad en el impacto que produce el trabajo de cuidado no remunerado en la participación de las mujeres en el mercado de trabajo. Históricamente, la división sexual del trabajo destinó a las mujeres el trabajo reproductivo de cuidado y asistencia. De acuerdo a la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo (Eahu-Indec, 2013), las mujeres realizan el 76% de las tareas domésticas no remuneradas, los varones solo el 24%.

La desigualdad de género entrama una desigualdad social en la que las tareas indispensables para la reproducción de la vida son asignadas de forma distinta a varones y mujeres según los roles atribuidos a cada cual.

En cuanto a las mujeres, acceden al ámbito público en inferioridad de condiciones que los varones, ya sean éstas económicas, sociales o culturales y que participan en espacios segregados, esto es, trabajos, ocupaciones o profesiones feminizadas, con menor valoración social y monetaria que las masculinas.

Además, su participación está atravesada por el lugar que ocupan en el ámbito privado y sus roles de trabajadoras domésticas no remuneradas, lo que les genera una doble jornada de trabajo con todas las dificultades y costos que esto implica.

Sufrimiento en datos

En nuestras sociedades, son mujeres las que sufren mayor desempleo y precariedad laboral. Sobrerrepresentadas en los puestos de trabajo de menores ingresos y subrepresentadas en los de mayores ingresos.

Según la Encuesta Permanente de Hogares (Indec-3º trimestre 2019), las mujeres representan el 45,9% de las ocupaciones asalariadas, el 39% de las por cuenta propia, el 30,1% de las ocupaciones de jefatura y el 29,7% de las de dirección.

Según la OIT (2018) sólo el 21% de las empresas en Argentina tienen mujeres CEO. De acuerdo a la Oficina de la Mujer de la Corte, en las Cámaras de la Justicia Nacional y Federal sólo el 30% de las magistradas son mujeres, a la vez que más del 55% son trabajadoras no magistradas (2018).

Estos datos duros revelan el peregrinar entre el techo de cristal y el piso pegajoso de las relaciones del trabajo de las mujeres, tal como la encuesta mide y desnuda la naturalización de la inequidad de género en el mundo empresario.

La cuestión no es entonces enojarse con el termómetro, sino de ponerse a trabajar sobre el drama que está midiendo.

(#) Abogado laboralista. Secretario Académico de la Carrera de Relaciones del Trabajo (UBA)