La incipiente pero progresiva calidad institucional que el país ha ido adquiriendo desde la refundación de la república en 1983 permite situarse ante los procesos con mayor claridad. Es más fácil reconocer el lugar que ocupa cada uno y, lo que es más importante, el lugar que cada uno quiere ocupar. Todos los argentinos vamos aprendiendo, tortuosamente, a ver un poco más el bosque de nosotros mismos y a no dejarnos atropellar por el árbol que se nos viene encima.

No es exagerado concluir que en este 2019 el país atravesó un nuevo 2001. Sólo resta dilucidar si ese proceso concluyó o permanecemos en el camino hacia el punto más crítico de la crisis, pero las diferencias son notorias. Desde el peronismo lo instalaron como un mantra con el eslogan de "tierra arrasada". En privado, también desde el macrismo se felicitaban en la campaña por haber sobrevivido a la crisis sin saqueos ni derramamientos de sangre, para lograr, por primera vez en la historia, un segundo cambio de mando y de bando político "normal" en la Argentina.

Es arriesgado concluir quién es el responsable de la mejora o, lo que es lo mismo, quiénes fueron los culpables de aquellos padecimientos que quedaron grabados en la memoria colectiva. A pesar de ser un apasionado de la economía, el gran Aldo Ferrer, insistía hasta el hartazgo con un tópico cuando le preguntaban qué le falta a la Argentina para alcanzar la prosperidad. "Densidad nacional", repetía, apelando a un concepto imposible de abarcar.

Que Alberto Fernández haya reconocido días atrás que "estamos haciendo un ajuste" es densidad nacional. Que Mauricio Macri hubiera dicho en voz alta, cuando su sueño todavía estaba en pie, que su plan era continuar por el mismo camino acelerando el paso, es densidad nacional.

La "estabilidad emocional del sistema" permite, poco a poco y a todos, mayores sinceramientos a la hora de hablar de si mismos. El 2001 fue 2001 por culpa de todos, 2019 fue 2019 por mérito de todos también. Por algún motivo la sociedad entendió que los caminos previstos eran los más convenientes para resolver los problemas, sean de la gravedad que fueren.

Al mismo tiempo, cada argentino es más consciente del lugar que ocupa en la gran ensalada nacional. Y en medio de una crisis terminal, el protagonista del último capítulo hacia esa situación consiguió el apoyo de más del 40% del electorado.

El grito de las urgencias permanece inalterable, pero los caminos para revertirlo se puede discutir con mayor calma. No es viable un modelo de país que se propone dejar en la marginalidad a la porción más grande de su población, tampoco uno que se siente a repartir pobreza. La grieta está bien en la medida que "juguemos con ella", será provechosa cuando sepamos que el triunfo de unos y la derrota de otros, alternativamente, no es el fin de la historia. Cuando reconozcamos que las diferencias son menos drásticas de lo que parecen. Cuando la densidad nacional permita avanzar, casi sin darnos cuenta.

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