“Como agua para chocolate” es una expresión mexicana que significa estar molesto o furioso, a punto de hervir, como el agua para preparar chocolate caliente. También es el título de la novela de Laura Esquivel que narra las desventuras de una mujer que debe separarse del amor de su vida -al que obligan a casarse con su hermana-, mientras ella permanece al lado de alguien a quien no ama, imaginando la vida que podría haber sido en el dormitorio contiguo.

Cualquier similitud con nuestra realidad es pura coincidencia: los argentinos amamos el dólar pero nos casaron con el peso. ¡Caramba! Si la historia de Argentina fuera una novela, y vaya que daría para capítulos, podría titularse “como una pipa”, que es como quedamos todos después de preguntar la cotización del dólar a nuestro agente de cambio. Además, nótese que “como agua para pelar chanchos” hubiera sido un título poco decoroso, aunque por popularidad en la jerga y paralelismo sintáctico con el original hubiera podido ser tranquilamente. En fin, detalles estilísticos que no vienen al caso.

Lo importante es que ante la ausencia de moneda propia los argentinos hemos recurrido a la tercerización de la función monetaria y abrazado de lleno la divisa norteamericana. Tanto que es una de las pocas cosas en las que no hay grieta. A la hora de ahorrar, ni el propio padre de la Patria dudaría un segundo: ¡Deme todo en moneda extranjera! Lamentablemente para él y para todos, un San Martín ya vale menos de cinco centavos de dólar. Ni la reputación de las influencers que promocionaban la maquinita de Nu Skin pierde valor tan rápido como el peso.

Para colmo de males, nuestros políticos no vienen de Marte -ni siquiera de Uruguay-, son más
argentinos que el chimichurri. Es tan cierta nuestra fascinación con el dólar como el empecinamiento de los funcionarios de turno por desterrarla. Los intentos han sido variopintos: desde el célebre “si el Mercado quiere dólares, le vamos a dar látigo” de Machinea hasta la cruzada cultural que llevó a Cristina Kirchner a exigirle a Aníbal Fernández la pesificación de sus ahorros en plena cadena nacional. “Perdí una fortuna” admitiría el funcionario apenas dos años después. ¿Con ese historial quieren que invirtamos en pesos?
A
ntes me hago un té de pangolín.

El problema es que el Estado no solo quiere, sino que necesita imperiosamente, hacerse de una porción de las divisas que ingresan al país, y obviamente no hay para todos. Por ello a lo largo de nuestra historia se han implementado centenares de medidas tendientes a marginalizar y hasta criminalizar el ahorro en moneda extranjera, lo cual hace que los mercados dónde se negocia se vuelvan poco transparentes, más riesgosos y menos accesibles. Por un lado, pone más distancia entre el precio oficial y el paralelo, mientras que por el otro dificulta las transacciones al punto que se requiere de un conocimiento cada vez más sofisticado para no violar la normativa.

Se vuelve entonces prácticamente prohibitivo ahorrar en dólares. A su vez, la vieja práctica de adelantar consumos o adquirir bienes durables para preservar el poder adquisitivo tampoco está exenta de complicaciones y dista de ser óptima. ¿Qué alternativa nos queda entonces? Probablemente lo que les vengo a proponer no les resulte cómodo, ni familiar. Pero, sin ser un fanático de los libros de autoayuda y autorrealización, ¿quién ha logrado superarse quedándose dentro de su zona de confort? Nadie, se los juro por Jorge Bucay.

A riesgo de equivocarme, ser tildado de especulador y/o linchado en plaza pública, creo que el mercado de capitales es el hábitat natural del inversor. El ámbito bursátil nos permite optar por una multiplicidad de instrumentos, que bien utilizados, debieran permitirnos alcanzar nuestros objetivos financieros, y además desde la comodidad del hogar. Con tan solo un clic podemos hacer y deshacer una inversión. Pruebe alguno vender un inmueble o un vehículo y después me cuenta si estuvo fácil. Ni hablar de ir a la cueva en plena cuarentena.

Ahora, muchos se preguntarán si la inversión en bolsa es para cualquiera. La respuesta los sorprenderá: ¡Sí, definitivamente! Por supuesto que no hablo de cosas complejas para las que se requieren cálculos astronómicos y conocimientos financieros particulares. Además de acciones, opciones, futuros, y tantas otras cosas que pueden sonar exóticas al grueso de los argentinos, en la bolsa también podemos hacer colocaciones a plazo fijo, compra/venta de dólares, o hasta invertir en oro, pero sin necesidad de llevar los aros de la abuela a la joyería de Mirtha Legrand. Por supuesto no quiere decir que exista un producto correcto para todo el mundo, sino simplemente que debiera haber al menos uno que satisfaga las demandas de cada inversor.

Quizás si nos animamos a dar ese paso rompamos este triángulo amoroso-financiero que nos tiene atrapados. Hay una alternativa entre lo que queremos y no tenemos y lo que tenemos y no queremos. Que el pelado sea el chancho, y no nuestro bolsillo.

"Disclaimer legal: Tenga en cuenta que existen riesgos asociados con la inversión en valores, incluida la posible pérdida de capital, de conformidad con la Norma FINRA 2210 (d)(1)(A)".

*Asesor Financiero de Bull Market Securities