Tras la frustrada intención de proclamarla gobernadora de Mendoza, Anabel Fernández Sagasti era número puesto para ocupar la presidencia provisional del Senado. Cristina necesitaba alguien de extrema confianza para completar la línea de mando. La presidencia del bloque, que casi sonaba a premio consuelo, tampoco pudo ser. La cuyana será clave desde la estratégica comisión de Acuerdos y oficiará de comisaria de la vicepresidenta secundando al formoseño José Mayans en la conducción del bloque peronista unificado. Así y todo, el reparto de cargos denota el precio que la nueva gestión debió pagar para lograr un bloque unificado y asegurarse así la mayoría propia en la Cámara alta.

Nada nuevo, en definitiva: Gerardo Zamora había ocupado el cargo que ahora ostentará su esposa, Claudia Abdala Ledesma, en el inicio del último mandato del kirchnerismo. En una semana, Cristina entendió que el poder total con el que soñó alguna vez está lejos de concretarse. Incluso, y sobre todo, dentro del justicialismo. Nadie duda de la lealtad con la que Mayans y Abdala ejercerán sus funciones. Pero su subordinación no esconderá que, definitivamente, no son del palo, por decirlo en términos progresistas. El oscuro trance por el que atraviesa José Alperovich, por caso, encuentra a sus compañeros de bancada (extrañamente incluyendo, por ahora, a la vice electa) en un silencio insoportable para el paladar negro kirchnerista.

El apartamiento “voluntario” del tucumano de la Cámara le suma al flamante bloque otra complicación. Las 41 bancas que logró hacer confluir el peronismo para contar con una definida mayoría perdió un lugar desde ayer. Al menos por los próximos seis meses, el espacio sentirá esa baja, que no tendrá reemplazante. Necesitarán casi asistencia perfecta para garantizar quórum en los próximos dos años, algo a lo que, por ejemplo, el riojano Carlos Menem no es muy afecto. Incluso quedará por ver la voluntad colaborativa del puñado de senadores que, en su momento, siguieron a Miguel Pichetto (parece prehistoria) en su cruzada antikirchnerista en la Cámara. Algunos, como el correntino Carlos “Camau” Espínola, hasta coqueteó con dar el salto a Cambiemos cuando promediaba la campaña presidencial. Tratarlos con el látigo puede no ser la mejor estrategia pensando en la dependencia a la hora de ocupar las bancas para sesionar.

El panorama, está visto, exigirá transpiración en un recinto en el que el peronismo fue amo y señor desde siempre. Mucha más concentración exigirá en Diputados, donde los números son más estrechos y las particularidades se multiplican, como la cantidad de miembros del cuerpo. El tándem Máximo Kirchner-Sergio Massa estará a prueba en forma constante. La inesperada química lograda entre el líder de La Cámpora y el jefe renovador, será observada permanentemente por propios y extraños.

En Diputados también se espera que los bloques de los oficialismos misionero y santiagueño (entre otros) se acoplen al rebaño del Frente de Todos. En este caso, la jugada le permitirá al oficialismo desplazar a Cambiemos del lugar de primera minoría en el cuerpo, una ventaja importante al pensar en el reparto de las comisiones. Sin embargo, los 120 puestos con que contará el Frente de Todos, no alcanzarán para contar con mayoría propia. Habrá que remar proyecto por proyecto.

El nombramiento de Marco Lavagna al frente del Indec es un claro síntoma de la dependencia que tendrán de votos peronistas provenientes de Consenso Federal. Massa y Máximo trabajarán a destajo para alcanzar el mágico número de 129 diputados propios para gestionar con comodidad. Por todos los medios, evitarán depender de votos de Cambiemos para lograr aprobar iniciativas. Salvo que eso implique resquebrajar al neo bloque opositor logrando apoyos puntales del grupo que responde a Emilio Monzó, al que tentarán sistemáticamente para dar el salto.

El Congreso será territorio de negociación. El poder interno de cada espacio y la relación de fuerzas con los oponentes se jugarán en sus pasillos.

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