Nací el 21 de junio de 1988, y desde que tengo uso de razón tengo la certeza de la muerte, como la mayoría de los que me deben estar leyendo en este momento –si usted duda de esto, por favor acuda urgente a un médico o llame a un productor de seguros de vida, le garantizo que lo van a convencer de lo que digo-.

Si alguno anda rápido con los números y la historia, habrá notado que vine al mundo apenas unas semanas antes del fin del Plan Austral y el comienzo de la última hiperinflación que sufrió el país: lo que se dice una verdadera bendición del Señor. Sobre todo para mis jóvenes padres, quienes a pesar del contexto, buscaron darme cierta certidumbre económica de cara al futuro e implementaron una suerte de contribución familiar “voluntaria”. Similar a lo que hoy se llama Baby-Shower.

Una precaución bastante razonable, considerando que hasta el mismo Jesús recibió un blindaje financiero al nacer. En su llegada a Belén, Melchor, Gaspar y Baltasar ofrendaron nada menos que un cofre repleto de monedas de oro. En mi caso, en cambio, no tuve tanta suerte: me depositaron australes en un tarrito. Toda una muestra de cariño y fe al Dr. Alfonsín y al país.

Pero confiar en Argentina a veces male sal y hay que recalcular. Hoy esos papelitos perdieron ya el 99.99% de su valor, o lo que es lo mismo, su poder de compra sería de aproximadamente 1/153.000 del que tenían entonces. Para graficarlo, el dinero que en 1988 era equivalente a 5 veces la flota de taxis de la Capital Federal, hoy apenas alcanzaría para un solo coche. Los demás se los habría quedado el Estado en forma de impuesto inflacionario. Bastante espectacular, ¿verdad?

En aquellos álgidos años de la hiperinflación, mis padres, como muchos otros, cayeron en la cuenta de que ahorrar en australes no era una buena estrategia y cambiaron billetes por pañales, fideos, o cualquier otro bien que pudiera salvarlos de la brutal licuación que se vivía. Algo que, a decir verdad, no ha cambiado mucho tampoco. Es básicamente lo que hacemos con los Ahora 12, 24, 6, 18. Pagamos por adelantar consumo y de esa manera nos sacamos de encima los pesos que tenemos y los que vendrán también.

Pero eso tiene algunos problemas. En primer lugar, nos lleva a tomar decisiones que no son óptimas en términos de consumo intertemporal. ¿Qué significa esto en criollo? Básicamente que quizás cambiemos el auto un poco más seguido de lo necesario, o que compremos un TV de más porque está en oferta y a 18 cuotas “sin interés”, después vemos dónde lo ponemos. Todo sea por deshacernos de los pesos.

Y no solo es una cuestión de cuándo y como gastamos, sino que estos consumos forzosos nos llevan necesariamente a bajar el ahorro. El ahorro es consumo futuro, justamente lo contrario de un ahora 12. Los más afortunados podrán ahorrar en propiedades, pero ciertamente no es para todos. En Argentina solo un porcentaje minoritario accede a la casa propia, ¿cuantos entonces podrán costear un segundo inmueble como forma de inversión?

Además, hay un tema de practicidad. ¿Qué pasa si llegamos a tener un imprevisto, queremos hacer un lindo viaje post-COVID, o simplemente nos cansamos de comer atún en lata? En ese caso tener cash disponible “garpa”. Con más o menos valor, es aceptado por todo el mundo y fácilmente divisible hasta el centavo. No sucede lo mismo con el intercambio de bienes. ¿Alguien por ahí se acuerda de la época del trueque en 2001? ¿Cuántas porciones de torta por una clase de inglés?

Alguno dirá que me estoy olvidando del dólar. Es verdad, por ahora es una opción, aunque cada vez con más trabas que hay que aprender a sortear. Entonces, ¿Cómo cuidamos lo poco que tenemos? Si me permiten, esa pregunta la dejamos para la próxima columna.

Lo que me gustaría que sí quede claro ahora es que, cuando entramos en esta clase de debates, es probable que estemos caminando por la cornisa (no la de Majul, la verdadera). ¿Quién quiere tener pesos hoy? Mientras todos los tipos de cambio no controlados por el gobierno vuelan por el aire y la gente se apresura a comprar sus benditos US$200, aun cuando solo sea para llegar a fin de mes, hay algunos, quizás pocos, que estamos preocupados por el estado de salud de nuestra pobre -¿y querida?- moneda nacional.

No sube el dólar ni las cosas, baja el peso, que agoniza en el piso después de haber recibido palizas monumentales, una tras otra, a lo largo de casi 3 décadas. ¿Será esta la última? ¿Estaremos nuevamente ante el ocaso definitivo de nuestro signo monetario?

Por si todavía queda algún distraído del otro lado, le aviso que la crónica no versa de mí. Si Dios quiere y lo permite, hasta llegaré a tener un billete de $5000 en el bolsillo, y ya que estamos, ¿por qué no uno de $10.000? Espero que todavía me queden unos largos años.

Lamentablemente, no es ese el caso del peso. Si no hacemos nada pronto, esta habrá sido nuevamente la crónica de una muerte anunciada.

Nos vemos en la próxima columna.

El titulo de la nota es un homenaje a un libro de Gabriel García Marquez.

*Asesor financiero de Bull Market Brokers