Cuarenta y ocho horas antes de morir, Jorge Brito recibió un llamado de Máximo Kirchner. El proyecto de Aporte Solidario y Extraordinario de las Grandes Fortunas acababa de lograr media sanción en Diputados y todavía resonaba el augurio de una "rebelión fiscal" que el fundador del banco Macro había lanzado, mezcla de arenga y grito de impotencia, desde el portal de noticias de su amigo Daniel Hadad.

El banquero, íntimo a su vez de Sergio Massa, sentía que había agotado todas las instancias de diálogo. Al jefe de la Cámara baja le venía acercando desde agosto contrapropuestas y retoques, todos rechazados porque lo desnaturalizaban o recortaban demasiado su recaudación. En junio hasta había ofrecido una cena en su mansión de Acassuso para que figuras del establishment como Marcelo Mindlin, Miguel Acevedo y Marcos Bulgheroni conocieran en persona al jefe de La Cámpora y al ministro del Interior, Wado de Pedro.

El llamado del miércoles lo sorprendió gratamente. Parecía reabrirse entre el empresariado y el oficialismo el puente menos pensado. Quedaron en verse esta semana corta. El cable de la tirolesa donde se enredó el helicóptero de Brito frustró la cita para siempre.

Bustos

Fueron otras exequias, las de Diego Armando Maradona, el escenario del reencuentro entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner, ayer, tras casi dos meses sin cruzarse. La situación era especialmente incómoda porque la vicepresidenta entró a la Casa Rosada a las 14.30 y la Policía Metropolitana acababa de reprimir a quienes aguardaban para darle el último adiós al astro. Pero la tensión entre ambos viene en aumento desde la carta de los "funcionarios que no funcionan", exactamente un mes atrás.

El rumor de la represión en la 9 de Julio corrió rápido y los que estaban adelante en la fila se agolparon para entrar antes que cerraran. Cuando Cristina ingresó a la Rosada, con apenas 5 minutos de preaviso y en simultáneo con el gobernador Axel Kicillof, los efectivos de Casa Militar perdieron el control de la multitud que ya estaba dentro del edificio. El Salón de los Bustos se llenó de gente y un empujón involuntario hizo rodar el de Hipólito Yrigoyen. Fue la señal inequívoca de que mantener ahí al binomio gobernante no era una buena idea.

Lo que pasó después, sin embargo, generó el efecto contrario al que procuraba la foto juntos: exhibió lo maltrecho que está el vínculo. No habían pasado ni diez minutos juntos frente a terceros y, ante el caos, cada uno se fue por su lado. Podría explicarse como un asunto de seguridad nacional -que se haya procurado evitar mantenerlos en el mismo lugar- pero el refugio y la compañía de cada uno en ese momento de zozobra dieron cuenta de un recorte más político. Con el Presidente subieron al primer piso Santiago Cafiero y Julio Vitobello (responsable del fallido operativo), mientras que Cristina se refugió en el Ministerio del Interior, atrás del Patio de las Palmeras, con Kicillof y De Pedro.

Esa hora de desgobierno no solo empañó el homenaje al mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. También frustró una ocasión para que el Fernández que encabezó la fórmula presidencial del Frente de Todos saldara en privado sus cuentas pendientes con la Fernández que lo secundó y a la vez lo encaramó allí. Él no cree que ella lo quiera desestabilizar. Ni que quiera romper la coalición. Pero no termina de digerir la carta. Y algo peor: opina que el texto expresa una lógica política en las antípodas de la suya. Una lógica de confrontación sin lugar para la negociación, incluso aunque haya propuesto un "acuerdo que abarque al conjunto de los sectores políticos, económicos, mediáticos y sociales".

Roscas

El senador Carlos Caserio, presidente de la comisión de Presupuesto y Hacienda, es cordobés y entró a la Cámara alta de la mano de Sergio Massa. No se habló con Cristina durante 12 años, aun compartiendo bancada, y apoyó todos los intentos de disputarle al kirchnerismo la dirección del PJ. El año pasado Alberto lo tentó con un ministerio. Pero pese a todo eso, y como el propio Massa de a ratos, considera que al Ejecutivo le falta política y que eso empuja a la pata kirchnerista del FdT a copar ese diálogo. Suele recordar que lo primero que hizo Néstor Kirchner cuando asumió fue dividir a la oposición. Y que para eso "hace falta rosca", como diría Emilio Monzó.

Caserio piloteó la reunión exprés del martes donde el impuesto a las Grandes Fortunas obtuvo dictamen favorable para convertirse en ley. Pasó el aviso a la Rosada de que la intención de todo el bloque es aprobarlo el próximo jueves, cuando ya haya empezado diciembre. Para eso, como ya habrán concluido las sesiones ordinarias, hay que extenderlas o incluir el proyecto en el llamado a extraordinarias. Y eso lo tiene que hacer el Presidente.

Aunque el proyecto lleva la firma de su hijo, Cristina encargó a sus propios abogados que revisaran "la robustez jurídica" del tributo. "Si hay que hacer un cambio, lo hacemos", les dijo. Le respondieron que no. Mario País, el más experimentado de la bancada en términos técnicos, también respaldó que se aprobara así. La jefa de la AFIP, Mercedes Marcó del Pont, dio por tierra con el principal argumento de los magnates que no quieren pagarlo: la "doble imposición". Explicó que, de los bienes alcanzados, el 84% está exento del pago de Bienes Personales. Y evitó responder preguntas para que no usaran ninguna frase suya contra el tributo en la Justicia.

Verdes

Con todos los puentes rotos con la oposición, como se advirtió ayer en las facturas cruzadas con Horacio Rodríguez Larreta por la represión en el velatorio de Maradona, el principal desafío del Gobierno es mantener en pie aquellos que coligan a sus islas entre sí y también los que conectan a todo el archipiélago con el continente. ¿Por qué nadie baraja romper? Porque todos saben que sería el pasaporte de vuelta al llano para todos y todas. Y al banquillo de los acusados para muchos y muchas. Pero lo curioso es que los únicos que abren cauces de diálogo con el establishment integran la pata que el propio empresariado considera indigerible: la kirchnerista.

Se lo dijo Máximo Kirchner a Brito: "Hablemos. No podemos llevar adelante un país solamente peleando por los medios". Es parecido pero no lo mismo que les dijo Martín Guzmán, a los popes de AEA que recibió virtualmente el viernes pasado, justo después del accidente del banquero. Ante los enviados del FMI, los empresarios se animaron a protestar por el impuesto a las fortunas y a plantear su miedo a que se haga permanente, como acaba de proponer en Bolivia el nuevo gobierno del MAS. El ministro de Economía les juró: "Es por única vez. Si el año que viene vuelve, yo me voy". El tipo de sobreactuación que Caserio define en privado como "déficit de política".

Quizás ese ardoroso cortejo market friendly tendría más adherentes dentro de la coalición si obtuviera algún resultado. La realidad es que las zanahorias no están funcionando y los palos sí. En noviembre el Banco Central volvió a sacrificar reservas por cerca de 1.000 millones, pero esa sangría habría sido mucho mayor sin las restricciones que dispuso Miguel Pesce en septiembre y que criticó públicamente Guzmán en octubre. A esta altura de agosto, solamente por pago de importaciones y deudas de empresas, se habían perdido U$S 1.052 millones. En el mismo lapso de septiembre fueron U$S 1.264 millones. En octubre, U$S 873 millones. Y este mes U$S 280 millones.

La rebaja de retenciones, la aceleración de la devaluación oficial y el endeudamiento en dólares que empujó Economía para darles salida a los fondos de Wall Street, en cambio, lograron estabilizar el valor de los dólares paralelos pero no ahuyentaron el fantasma de una "deva" más brusca. Así lo interpretan también los exportadores de soja: en 17 días hábiles de noviembre liquidaron U$S 1.531 millones, apenas por encima de los U$S 1.421 millones del mismo lapso de octubre. Y con el grano y la divisa más caros que entonces.

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