Se inicia un período con aumentos globales de inflación (EEUU 5%, EU 3%, anuales); suba de las tasas de interés de bonos, por lo que los capitales fluyen hacia los países desarrollados; se aprecia así el dólar; mientras la economía China se desacelera por la necesidad de su agenda ambiental (70% de electricidad se produce a partir de carbón), con menor demanda de productos agrícolas, que bajan el precio de esas commodities; pero también por la crisis inmobiliaria (caso Evergrande con deudas de USD 300.000 M) y por la baja de la tasa de natalidad. La excepción es el petróleo, que está en alza (80 USD/barril).

La escasez de lluvias en la Cuenca del Plata produjo una merma de la producción de electricidad en Brasil, aumentando su precio, lo que desacelera su ritmo de crecimiento, a lo que se suma que por el COVID la inflación ha subido hasta un 10% anual. La sequía de la cuenca afecta también nuestra producción agrícola, que se reducirá en un 7%. Este panorama, con un dólar fuerte, tasas globales en alza, y precios agrícolas bajos y sin respaldo financiero (divisas o facilidades crediticias), puede volverse bastante problemático. “Cuando la suerte que es grela, fayando y fayando, te largue para´o …, la indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo, recién sentirás”, como bien dice el tango Yira Yira, del genial Enrique Santos Discepolo.

La falta de inteligencia estratégica atañe a todas las vertientes políticas nacionales, algunas por ignorancia e ideologismo, y otras porque eluden las responsabilidades del Estado para garantizar un desarrollo integral y armónica de toda la población, guiados por el concepto ultraliberal de la Sra Tatcher, que decía que no había sociedades sino individuos. Cuando a esa doble encerrona político doctrinaria, se le suma la falta de suerte, estamos en serios problemas, que no pueden solucionarse con gurúes mediáticos, ni con palabritas simpáticas, regalitos circunstanciales, o con un “que Dios nos ayude”. Cuando los tiempos apremian se corren riesgos mayores, la depredación indisimulada, el aumento del odio entre propios o extraños; la fuga de capitales, la emigración de los más jóvenes o los más capacitados. Cuando la angustia política se expresa en medidas desesperadas, es esperable un incremento potencial de la crisis. Lo contrario de lo que hacía la Sra. Merkel, que ponía serenidad, y se dedicaba a enfrentar y resolver las causas de los problemas.

Las coaliciones armadas para ganar elecciones, pero incoherentes internamente para gobernar en forma medianamente sustentable, con enormes urgencias sociales y económicas, solo sirven para seguir administrando eternamente la crisis estructural. Por eso, independientemente del resultado de las elecciones del próximo 14 de noviembre, la Argentina necesita realizar grandes cambios de carácter político, económico, social, y geoestratégico. La inviabilidad económica y social del actual modelo de desarrollo necesita en forma urgente una fuerte transfusión de ideas para transformar este país. El pueblo está cansado de medidas de corto alcance, que siempre terminan mal; exige empleo, seguridad, salud y educación, que ningún gobierno en los últimos 40 años ha logrado darle en la cantidad y la calidad que se demanda. Está cansado de las devaluaciones, de la bicicleta financiera, de los planes, de las eternas promesas, del “ninguneo social” de los punteros, caciques y señores feudales; quiere certezas y esperanza. Se necesita un nuevo proyecto, grande, trascendente, con dirigentes honestos, creíbles y que cumplan. Sin tantas sanatas ideológicas, por izquierda o por derecha. Quiere menos diagnósticos y más medidas concretas. Quiere coherencia. No quiere más “pan para hoy, hambre para mañana”. La alta inflación destruye el consumo, malogrando los planes sociales y no permite el mínimo ahorro, base para progresar y proyectar cierto futuro a sus vidas. La sociedad está demandando cambios estructurales, aunque lo exprese en forma más sencilla.

Independientemente del resultado de las elecciones del próximo 14 de noviembre, la Argentina necesita realizar grandes cambios de carácter político, económico, social, y geoestratégico

Es estéril seguir, como se viene haciendo, con medidas ya fracasadas, como retrasar el dólar oficial, y las tarifas de servicios (que tampoco deben ser dolarizadas o garantizar ganancias desproporcionadas) o restringir las importaciones, o procrastinar a los acreedores. La crisis financiera llevará irremediablemente a la firma de un acuerdo con el FMI, cuyo papel de “malo” es hipócritamente utilizado por los políticos para no hacerse cargo del “ajuste”. Ningún político le gusta reconocer errores; entonces usa la herramienta de transferir esta impopular tarea correctiva al FMI; así fue usado ampliamente por derechas, por socialdemócratas y por izquierdas, particularmente en América Latina. Nuestro caso no escapará a esa regla general, en un intento por disimular lo que dejó esta gestión: una caída del 10% del PBI en el 2020; de los cuales un 4% es atribuible a la pandemia (como en la mayoría de los países) y un 6% por la mala praxis de este gobierno.

Aunque se hubiese hecho mejor las cosas, nada hubiese cambiado demasiado. Argentina hace diez años que no crece. En las últimas cinco décadas, la pobreza se multiplicó por 20; hoy llega al 40% (19 M de pobres); la indigencia, superó al 10 % (5 M de indigentes), a pesar de los planes; el 70 % de los menores de 14 años son pobres, con niños mal alimentados y sin futuro: un crimen de lesa humanidad por ser un país que tiene todo para que ello no sea así. Solo explicable por la mala praxis de diversas gestiones que no tienen ningún proyecto de país razonable y adaptado a la época que nos toca vivir.

Se hace imprescindible un nuevo modelo de desarrollo, viable, posible, justo, y sustentable. En lo económico debe resolver, en una solo maniobra, tres de los tantos graves problemas, aparentemente insolubles para la actual dirigencia: creación de empleo genuino, pago de la deuda externa, y la falta de divisas necesarias para el crecimiento. Todas estas necesidades (empleo, divisas y deudas) necesitan inversiones genuinas, para producir y no para especular, como se especializa el club de la deuda eterna.

La única solución es recrear nuevas coaliciones de gobierno, para darle sustentabilidad a un nuevo proyecto nacional, socialmente amplio, menos ideologizado, y que disponga de coherencia en sus objetivos y programas

Las inversiones productivas deben estar fuertemente orientadas a generar empleo y productos exportables, del mayor valor agregado posible. Pero estas no llegarán si no se crea un clima de negocios favorable, que dé certezas y previsibilidad, con reglas claras y específicas. ¿Si la China comunista logró que llegaran infinidad de inversiones, porque no lo podríamos lograr nosotros?. Su posterior éxito, realizado con un fuerte pensamiento estratégico, no le hizo perder capital político o simbólico al PCChino. Por el contrario, no hubo nada de “radicalización doctrinaria”, como aquí pretenden usar, táctica e hipócritamente, algunos políticos locales para ocultar su fracaso práctico e intentar mantenerse vigentes.

La confiabilidad de un país no depende del signo de su régimen político. Nosotros tenemos malos antecedentes en cuanto a cumplimientos. Las fracciones política en pugna, adalides de la grieta, que tanto beneficia a sus cúpulas, es rechazada por más del 80 % de la población, sin distinción de sectores sociales, lo cual empezó a expresarse en las últimas PASO. Claramente se observa que la mayoría de los problemas económicos son causados por la Política y que ésta tiene la llave para su resolución. Ninguna de las actuales coaliciones puede imponerse a la otra y en la medida que no haya una real colaboración entre ellas, todo seguirá igual. Como es poco probable que esto último ocurra, la única solución es recrear nuevas coaliciones de gobierno, para darle sustentabilidad a un nuevo proyecto nacional, socialmente amplio, menos ideologizado, y que disponga de coherencia en sus objetivos y programas. También debería contar con el apoyo de las organizaciones intermedias, sindicales, empresarios, movimientos sociales, entre otros. La orientación del nuevo proyecto debe ser el reconstruir el Bien Común, la cultura del trabajo, un mayor orden social y recrear mayores grados de libertad y soberanía para nuestros intereses nacionales.

Cuando una situación se vuelve insoportable, hay dos actitudes: seguir tozudamente en el error o bien, aplicar una lógica distinta. Hasta sería lícito girar 180 grados, aunque sea bastante incoherente. En Alemania, aunque con un régimen parlamentario, las coaliciones de gobierno se han hecho hasta entre dos partidos principales y opuestos como el CDU y el SPD; inclusive ahora están intentando crear una coalición tripartita, incluyendo a partidos bastante opuestos, los verdes y los liberales. Para que esto sea posible tienen que haber cierto patriotismo más allá de las ideologías y un “afectus societatis” en común. Podríamos recordar que “la necesidad tiene cara de hereje” y ante una inminente catástrofe no debería ser imposible pensar que en la Argentina se vea, casi obligadamente, a conformar, tarde o temprano, una Coalición Patriótica entre diversos espacios políticos, que, de la mano de un nuevo proyecto movilizador, y con el apoyo de las organizaciones intermedias ponga al país en marcha nuevamente. Pero para eso hace falta dejar de lado egoísmos personales y disponer de mucha creatividad y audacia, valores que no están demasiado arraigados en la agenda de estos días.

* Analista político