Desde hace algunos años repiquetea en mi mente la pregunta: ¿Por qué esperamos a sentir la cercanía de un final de las cosas para darles, recién allí, su verdadero valor? 

Apenas comenzaron las cuarentenas en el mundo, bajo el Covid-19, una clienta mexicana me dijo por chat “siento que nos hemos puesto más apreciativos, y creo que es producto del temor a la pérdida, tal como nos hiciste ver en tus talleres”. Y tenía razón, frente a la angustia de perder lo que teníamos se despertó en la mayoría de nosotros un mayor reconocimiento al valor de las cosas simples de la vida y también al de las importantes pero que solemos dar por sentadas.

La respuesta a este fenómeno puede tener varias aristas pero hay una gran responsable y se llama adaptación hedonista, nos adaptamos a lo bueno y lo naturalizamos y hasta llegamos a darlo por obvio.

Biológicamente esta adaptación tiene una función muy importante para el ser humano. Que no nos excite y asombre lo que ya tenemos nos incita a ir por más y este es el motor de nuestro desarrollo y crecimiento. El problema es que esta misma función, que es beneficiosa para nuestra vida, también puede tomar demasiada entidad y terminar afectando nuestro bienestar.

Cuando no somos capaces de crecer y desarrollarnos, pudiendo mientras tanto apreciar y valorar lo que la vida nos va presentando en el camino, nuestra satisfacción se ve perjudicada. Comenzamos a creer que nuestra verdadera felicidad llegará el día en que alcancemos aquello que anhelamos. Quizás un trabajo diferente; una casa nueva; terminar los estudios o la pareja que soñamos. Lo loco es que cuando eso llegue, al poco tiempo, volveremos a anhelar cosas nuevas y éstas, que tanto buscamos, ya no nos harán tan felices.

Estos días que llevamos en casa podemos observar los efectos de la adaptación hedonista en carne propia.

Nos habíamos adaptado a caminar por la calle sin restricciones y habíamos olvidado su valor. A besarnos y abrazarnos con nuestros seres queridos y olvidamos cuán importante es eso para nuestra vida.

Nos acostumbramos a disponer de un trabajo y dejamos de valorar el privilegio de tenerlo. Salir a correr a la plaza, compartir la cena con alguien, ir al cine o tomar un helado eran sucesos cotidianos a la que le dábamos poco o nada de reconocimiento, por estar acostumbrados a ella, tan poco que nos habíamos vuelto indiferentes a estas bondades (fortunas) de la vida.

Hoy hemos perdido muchos de estos privilegios, y lamento que hayamos necesitado de un virus para recobrar el aprecio y la valoración por aquellas cosas que impactan en nuestra felicidad.

Se nos abre ahora la oportunidad de tomar esto como un gran aprendizaje, porque cuando todo pase la adaptación hedonista volverá a capturarnos y volveremos a acostumbrarnos a lo bueno e iremos en busca de lo novedoso y diferente. Estará bien que esto nos ocurra porque esa es la función de esa “adaptación”, provocarnos una saludable insatisfacción con lo que ya tenemos y generarnos el interés por nuevas experiencias que nos aporten crecimiento y transformación.

Empero, el gran aprendizaje no está en evitar la indiferencia y la adaptación sino en reconocer y aceptar nuestra naturaleza humana y diseñar con ella nuestra mejor vida. Quizás podemos decirle a la adaptación hedonista: “Gracias, porque sin tu ayuda mi crecimiento y desarrollo sería casi nulo, pero te advierto que estaré atenta a que no tomes demasiada entidad en mi vida provocándome infelicidad por no ver y reconocer la abundancia y lo valioso que me rodea mientras. Voy en busca de nuevos aprendizajes y experiencias”

A la mayoría de nosotros nos enseñaron a apreciar y valorar con discursos de amenazas. “Andá a visitar a tu abuela, ya la vas a extrañar cuando no esté”. “¿No te gustan  las lentejas? Ojalá nunca te falte la comida”. Me gusta más la idea de apreciar a las personas y las cosas por el genuino valor que tienen, para nosotros en presente, y no producto de la angustia de una proyección de su posible final.

No importa si duran un instante, un día, una año o toda la vida.

Es muy probable que la pena o la angustia se hagan presentes en nosotros si un día ya no están pero también es cierto que para que un día se vayan tienen primero que haber venido. Esto nos abre la posibilidad de celebrar la alegría de haber tenido.

*Diplomada en psicologia positiva y felicidad organizacional. Especialista en Apreciatividad