Cuba, la banda sonora de una generación y el largo adiós a las revoluciones
El libro Mejor no me callo, de de Oscar Grandío Moráguez, aborda la transición política en Cuba
Soy de una generación que se formó, idealizó, cantó y se enamoró al son de lo que se llamó la Nueva Trova Cubana. Ya maduros, y aun hasta hace poco, mantuvimos ese lazo indeleble que te une a la juventud a través de la música y las letras de las canciones que marcaron aquellos años y se sellaron a fuego en nuestra memoria. Una automaticidad increíble, instantán ea, cerebral y humana conecta mis oídos a mis cuerdas vocales y al bello en mis extremidades, que se eriza ante estrofas que creía olvidadas y puedo repetir sin esfuerzo alguno. Cómo gasto papeles recordándote o no te pido que me bajes una estrella azul, mientras también se me aparece en el Spotify cerebral La Maza, entonada por la Negra Sosa.
En el 2011 fuimos con unos amigos y nuestras hijas bebés (Isabella, la de ellos, y Francesca, la nuestra) a ocupar las primeras filas (con los dos carritos) en el Estadio de Ferro para ver el recital de Silvio Rodríguez. Tuve la sensación de asistir a un funeral musical, cultural y político, así como también de llevar a las niñas a un "antibautismo".
Fue el final de un destete que se había profundizado en ese mismo estadio en el 2007 con la visita de Chávez a Hebe.
La distancia política entre la pasión argentina por la democracia y las expectativas caribeñas por las revoluciones se fue ampliando con la muerte de esos líderes emblemáticos, quienes irrumpieron contra las dictaduras bajo la promesa de un empoderamiento popular. Todavía, y a pesar de todo, me cuesta condenar a Fidel, al inicial Chávez y al primer Ortega, que se encubrió muchos años bajo el paraguas cultural de Ernesto Cardenal, a quien luego persiguió.
En mi usuario de Spotify ya separé, de las playlist favoritas en las que abundan el Nano, Joaquín, Arrebato, Abel Pintos y María Jiménez, los sonidos y las letras de protesta de los 60, los 70 y los 80 en otra lista con la palabra "Política", que se lleva a los cubanos, a Pedro y Pablo, a Sui Generis, a la Gata, algo de Nacha y muchos más. La Negra, aparte, es una categoría en sí misma.
Entrando en el tema puntual del libro en comentario, el Hasta aquí he llegado de Saramago en el diario El País del 13 de abril de 2003 (reproducido aquí dos días después por Página/12) es un hito en el camino del estudio y el análisis del comportamiento (y eventual seguimiento) que los intelectuales pueden hacer (o tolerar) de movimientos políticos que son, en principio, simpáticos a sus ideas.
El libro de Óscar Gradío Miaráguez se enrola en ese género de las colecciones de artículos periodísticos cuya nave insignia es La estrategia de la ilusión, de Umberto Eco (indispensable siempre, en el soporte que sea: papel, digital u olfativo si se descubre un sistema para oler lecturas) y que he recorrido en Capitalismo sanitario, con las columnas de BAE Negocios en la pandemia.
El larguísimo camino de la transición cubana se refleja en la colección presentada por el esfuerzo conjunto de Hypermedia Magazine y CADAL, cuyo título es Mejor no me callo.
Una cronológica colección de los artículos del autor que cubren desde principios de 2021 hasta finales de 2023, con puntos de excelencia como el análisis de la brutal represión del 11J y el pedido de amnistía del "trovador totalitario". Cada día más parecido a Bignone que al músico que admiré tantos años. El paso del tiempo nos cambió y la red más, otro punto altísimo de esta obra que muestra que cambia, todo cambia, pero un poco menos en la Cuba que se debate entre la revolución tecnológica y la Gran Muralla a Internet para mantener alejados y desinformados a sus habitantes.
Producido mi Informe de la Situación, me quedé del lado de la democracia. Y aquí nos encontraremos, más temprano que tarde, con los hermanos cubanos, venezolanos y nicaragüenses para un reversionado de Canción con todos.
