La maravillosa capacidad que nos une cuando encontramos vasos conectores de nuestros sentimientos aparece en su máxima amplitud cuando somos uno, cuando no hay grietas, cuando compartimos los mismos miedos y abrazamos las mismas esperanzas.

Y no importa que el objeto sea tan trascendental como cuando está en juego la vida. Muchas veces, nos resistimos a descubrir que hay cuestiones que nos mantienen unidos, más allá de nuestros defectos, nuestras mezquindades, nuestro ego y nuestro egoísmo.

Veamos por ejemplo, la semana pasada. Malvinas nos une, sus héroes nos hermanan, el reclamo permanente nos determina, a pesar de que la gesta del 2 de abril tuvo para la Junta Militar un objetivo diametralmente distinto al del pueblo argentino.

Más lúdico y muy ingenioso, reivindicativo de Blas Parera por sobre López y Planes, el tarareo del Himno cuando la Selección nacional de fútbol sale a la cancha nos aúna en una sola composición coral. Única y multicolor que nos identifica tanto con los sentimientos como con la dificultad de utilizar la letra de la canción nacional.

Nuestra cultura futbolera es inmensa y trae muchas imágenes de unidad. La construcción del mejor gol de la historia de los mundiales contra quienes nos quitan nuestro territorio está en el altar o en el podio de nuestro politeísmo. La imagen del Che, los brazos abiertos en los festejos de Messi, Fangio o Vilas, trascienden generaciones, divisiones y fronteras como estandartes de nuestro pueblo.

La recuperación de la democracia y el rechazo a la dictadura asesina, también. El rezo laico de la campaña de Alfonsín, cuando recitaba el Preámbulo de la Constitución Nacional, previendo que las diferencias religiosas, raciales, sexuales, y la autoamnistía de Bignone, no serían toleradas, fue el sonido que nos guío para salir de nuestra noche más oscura.

Pasó mucho tiempo, con miles de pifias y errores que sigo prefiriendo a los aciertos de la dictadura. Y ahora nos toca enfrentar la pandemia, con nuestra misa laica diaria, de las 21 y los aplausos que reemplazan las letras y las palabras. Una sincrética oración argenta, en un idioma universal, que está dedicada a nuestros soldados de la salud.

Luego, entre cada noche, aparece la inmersión cotidiana en el océano digital. Los filtros parentales son controlados y restablecidos cada desayuno.

Las videollamadas ofrecidas por múltiples plataformas replican, quien sabe donde, en millones de dólares para los unicornios que las desarrollan. Las clases virtuales se multiplican, desde la obligatoriedad de primarios y secundarios, hasta las alternativas que ofrecen universidades e instituciones similares que luchan por un nuevo mercado de jóvenes y adultos con más tiempo ocioso y ávidos de posgrados o preparaciones especiales.

El teletrabajo se engarza con las proyecciones del aislamiento a los súper 60, y los obliga a intensificar las practicas digitales. Reuniones, encuentros y discusiones se practican en pequeños grupos reunidos a kilómetros de distancia.

La Justicia acelera y busca su lugar aplicando expedientes digitales y arriesgando a las primeras audiencias virtuales. Hay que aprender a nadar, no quedan salvavidas ni botes, y solo los niños se privilegian en épocas igualitarias.

Confieso que no tengo demasiada información sobre el apoyo escolar virtual de las instituciones públicas de la educación obligatoria. Algunas noticias son alentadoras, pero escasean entre las horribles estadísticas que parecen la obra de un máster en necrofilia, y ocultan datos relevantes sobre población sana o asintomática.

Vamos a salir de ésta. Como salimos de otras. El espejo de España e Italia nos aterra porque nos identifica. La lógica alemana, israelí o coreana nos es ajena, lejana, etérea, incomprensible. Pero todo tiene un tiempo bajo el sol, y lo que hoy nos paraliza puede ayudarnos en el futuro.

No son fáciles de recordar, ni ídolos populares, ni inspiración futbolera, pero Houssay, Leloir, Milstein, Mazza, o Maiztegui pueden señalar el camino al que debemos volver. Nuestra grandeza (si alguna vez la tuvimos) fue el producto de nuestra educación de alta calidad, desde Sarmiento hasta la universidad pública de la reforma. Y además de esos héroes del conocimiento, tantos apellidos españoles e italianos (ensamblados con judios, armenios, gringos, originarios y todos los que nos invitan a creernos un crisol de razas) pueden haber dejado una enseñanza central: la crisis financiera mundial pega más en el mercado bursátil que en la economía real.

Nuestros ladrillos, nuestras tierras, nuestro campo, nuestras aguas, nuestros animales, nuestra industria, nuestros profesionales y nuestros hombres y mujeres son parte de un patrimonio incalculable que baja o sube, pero ni quiebra ni desaparece, y nos estará esperando la semana que viene, para volver a ponernos de pie. Una vez más. Más entrenados en innovación y tecnología y más unidos que en los últimos años.

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Alberto Biglieri

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