Por Candela Slupski y Julia Segoviano*

Este jueves el Instituto Nacional de Estadística y Censos ( INDEC) publicará un nuevo índice de precios al consumidor (IPC) correspondiente al mes de febrero. En el primer mes del año, la inflación aún se mantuvo en niveles semejantes a los de finales de 2020, ascendiendo al 4% mensual y 38% interanual, en línea con los registros anuales superiores al 30% que se repiten desde hace 3 años.

Hacia 2021 las consultoras privadas proyectan una inflación punta a punta de 47% y un aumento del 3,5% durante febrero, lo que implicaría el quinto mes consecutivo con aumentos por encima del 3% mensual. En este contexto es fundamental remarcar la importancia que tiene la inflación en la caída de los ingresos reales y en la distorsión de precios relativos que genera sobre la economía, sobre todo en un contexto de recuperación.

Ahora bien, ¿qué nos dice el índice de precios al consumidor? Muchas veces escuchamos decir que el índice no representa la realidad. A veces, la impresión de ciertos sectores de la sociedad es que la cifra es muy alta, y en otros casos suena irrisoriamente baja. Aquí vale preguntarse cómo está conformado el indicador, cuya metodología, como la de todos los índices, es cuestionable.

Canasta de alimentos

Aquí vale la pena pararse sobre un punto: la canasta de bienes y servicios de las familias difieren de acuerdo a su ingreso. No sólo por la sofisticación de productos a los que pueden acceder, sino también por el peso que representa cada categoría del índice de precios sobre la canasta de consumo total de cada estrato (o cuantil poblacional). A modo de ejemplo, la proporción gastada en alimentos y bebidas varía en sentido inverso a los ingresos de las familias, mientras que la proporción gastada en cultura y recreación crece en tanto aumentan los ingresos de los hogares.

Mientras que, en los deciles más bajos, el gasto en alimentos representa casi el 40% del total de sus consumos, en los deciles más altos, esta proporción representa apenas el 16%. Considerando que esta categoría fue la tercera de mayores incrementos en 2020 (42,3% interanual a diciembre), sólo por detrás de Indumentaria y Recreación y Cultura, la inflación durante el año pasado fue mayor en los sectores de menores ingresos. Mientras la canasta del 10% más pobre tuvo un incremento del 35,7%, para el 10% más rico fue del 32,7%. La brecha inflacionaria entre el decil más pobre y el más rico, además, se acentuó sobre los últimos meses del año, cuando la inflación en alimentos se aceleró y promedió registros del 3,7% mensual.

Si se analizan los resultados desde la composición según sexo en cada decil, bajo este escenario las mujeres han sido las más afectadas ya que representan más del 60% dentro de la población más pobre. Allí, las mujeres son las principales perceptoras de ingresos, mientras que a medida que se sube en la escala de ingresos, los hombres pasan a ocupar cada vez una mayor proporción.

Regiones y diferencias

En términos regionales también se puede percibir una diferencia sobre el impacto de la inflación. En los extremos, la evolución de los precios en la Patagonia ascendió al 32% anual en 2020, mientras que en las regiones del NOA y NEA se ubicó por encima del 38%. La dispersión entre regiones al interior del índice también es considerable. A modo de ejemplo, mientras los alimentos y bebidas crecieron 38% anual en GBA, en NEA subieron 52%, apenas 6 puntos porcentuales por debajo de la marcada suba de 2019. En este sentido, si, además, se consideran las estructuras de consumo, se observa que la proporción de consumo en alimentos es mucho más alta en las regiones de mayores aumentos, lo que ensombrece el panorama.

Un análisis más minucioso en la evolución de los precios permite inferir rápidamente que no todos los estratos sociales son afectados de igual manera, y lo mismo ocurre con las regiones. Conocer la información desagregada podría ser útil para realizar políticas públicas más focalizadas.

A esta desagregación se le puede adicionar una consideración en lo que respecta a la metodología de cálculo. El IPC publicado por las estadísticas oficiales mide la evolución de los precios (en promedio) de un conjunto de bienes y servicios representativos del gasto de consumo de los hogares, ponderando cada categoría ûimplícitamente- de forma proporcional al gasto total de las familias. El problema es que, bajo esta ponderación, las familias de mayores ingresos, cuyo gasto es nominalmente superior, tienen un mayor peso dentro del índice y los ponderadores se acercan más a sus canastas de consumo. De aquí nace el famoso concepto de Prais, el del sesgo plutocrático.

Este sesgo sobrerrepresenta el consumo de los estratos de mayores recursos en desmedro de los hogares de menores ingresos. Esto significa que, dependiendo de la evolución de los precios en las distintas categorías del índice, puede existir un sesgo hacia abajo o hacia arriba para la inflación promedio de la sociedad.

Ahora bien, existen otras formas de calcular el índice de precios al consumidor para solucionar las distorsiones mencionadas. Una de ellas es el cálculo democrático, el cual pondera los consumos realizados por cada familia sobre el total de los hogares relevados. De este modo la canasta de consumo elegida representaría al promedio de la sociedad, alejándose de la canasta que representa a los estratos de mayores ingresos.

Complementar la metodología actual con un índice democrático puede ser una buena manera de mejorar las estadísticas oficiales y acercarse a una mejor representatividad de la inflación promedio, sobre todo si se considera que buena parte de la población está subrepresentada.

*Economistas UBA, Integrantes de Paridad en la Macro

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