De alguien tiene que ser la culpa. Si nos estamos preguntando "¿en qué momento se jodió Argentina?" (El mejor Vargas Llosa es el que no declara) es porque reconocemos esta sintomatología: estamos jodidos. Abierta la temporada de búsqueda de culpables, empieza la construcción de versiones de por qué, siendo como somos, estamos como estamos. Si existiera una noche de la cancelación (la expiación simbólica), cada uno tendría una idea de por dónde empezar. La estabilidad del staff dirigente hace que, al momento de buscar responsables, siempre sean los mismos y que se traslade a la política, como actividad, la imputación por los perjuicios. Este quesevayantodos 2.0, expresado en más del 60% del electorado buscando salir de la dicotomía kichnerismo/macrismo, habilita a pensar un nuevo desafío para la comunicación. Si la perspectiva de este mal presente es empeorar, queda la posibilidad de, a falta de soluciones, buscar culpables.

En esta precocidad de jugar a las candidaturas a un año y medio vista hay un elemento discursivo que prologa cualquier construcción: ¿cuál es tu cuota de responsabilidad en este presente? La culpa tiene varias vertientes, desde la religiosa hasta la psicológica (muchas veces es la misma). Ordenar la vida en sociedad, marcar el grado de responsabilidad de nuestras acciones y hasta permitir la detección de psicópatas, narcisistas o histéricos, de acuerdo con su decisión de dejarla pasar, quedársela para ellos o mudársela al otro. La culpa política agrega la perspectiva histórica. Es el precio a pagar por la autonomía en la toma de decisiones. Es el grado de fiabilidad que estamos en condiciones de construir. La responsabilidad por los actos que, ejercidos por algunos, afectan la vida de todos.

Si no hay soluciones, que haya culpables

La gestión de la culpa es la puerta de entrada a la próxima campaña. Si no podés explicar tu responsabilidad en el hoy te va a quedar lejos la confianza de mañana. Ese denominador común reconduce las aspiraciones hacia el 2023. La descomposición del sistema de partidos, la prioridad de modelos de representación ajustados a demanda y la necesidad social de un sacrificio que corporice, en un actor, todos los males endurece la prédica de los candidatos. El "si no hay soluciones, que haya culpables" es la inspiración que diseñan las plataformas sobre las que se construyen las propuestas de la Argentina que viene.

La culpa en el oficialismo delimita a dos sectores. Uno que no está dispuesto a pagar el precio de atentar contra la unidad y otro que no concede revisar su actuación en perspectiva histórica. El Presidente no va a romper. La culpa potencial que enfrentaría frente a una gran porción de los integrantes del Frente de Todos es más alta, percibe, que los beneficios de dar el portazo desde el lado de adentro. El kirchnerismo duro ha hecho, de no asumir culpas, una identidad política. Cuando acierta, es genialidad estratégica; cuando erra, también (¡tuki!). Así, la derrota electoral del 2015 fue solo la excusa para exhibir la destreza en el armado del 2019. La culpa que Alberto no está dispuesto a pagar lo inmoviliza. Y la culpa que Cristina no está dispuesta a reconocer la aleja de todo aquello que no sea núcleo duro.

La culpa en la oposición espeja la del oficialismo. El desplazamiento de la base electoral de Cambiemos hacia posiciones radicalizadas obliga a Larreta a un corrimiento de su centro aspiracional ¿La solución de emergencia? Revitalizar la ideología de gestión, relanzándola como campaña. No está dispuesto a pagar la culpa de ofrecer un perfil acuerdista, exponiéndose a la talibanización de su propio espacio. El jefe de Gobierno no va a romper. El macrismo ha logrado sortear el purgatorio de la derrota sin pagar la responsabilidad de ser la rara avis de un presidente que perdió su reelección ganando las de medio término. ¿Su única concesión? No haber sido lo suficientemente macrista (¡plop!). Su versión reloaded promete, esta vez sí, ir por todo. La culpa que Horacio no está dispuesto a pagar lo demora. Y la que Mauricio no quiere asumir le pone un techo, ya que los recuerdos de su gestión son heridas para gran parte de la sociedad argentina.

Estos dilemas en espejo, expresados en rupturas que no serán y autocríticas que nunca sucedieron, establece analogías entre el oficialismo y la oposición en relación con la culpa política y los límites discursivos. El escenario de techos bajos registra la disociación entre el reclamo de culpabilidad por este presente y el que la clase política está en condiciones de asumir. El ascenso sin obstáculos de Milei obedece, en parte, a esta posibilidad de caminar libre de culpas, que orilla la psicopatía. Ubicado como un emergente de la sociedad civil, se hace cargo de la disconformidad y ubica en "la casta" la responsabilidad de la crisis.

Mientras tanto, la política "profesional" juega a la histeria: ubicar la culpa en el otro para distraer a los propios. El oficialismo, responsabilizando a los sectores medios por el individualismo que se expresa en una "derechización" de sus prácticas políticas, cristalizadas en el Macri 2015 y en la consolidación de ese espacio de cara al 2023. Un relato que culpabiliza al que no se enojó lo suficiente cuando fueron por Zamba, a la que no dimensiona las consecuencias del avance de la Corte sobre el Consejo de la Magistratura, al que pega "Todos somos Vicentin" en la ventanilla del Duna. La histeria opositora emula el procedimiento, pero extiende el arco temporal a los últimos setenta años, aunque hace una bisagra en los últimos tres. Es el 2019 la fecha alquímica, según esta versión, en la cual la gente eligió el asado al cemento, el mantero a la tienda imaginaria de Apple y el pasado al futuro. El ataque, en este caso, se da sobre los sectores populares. Histeria oficialista y opositora: la culpa es de la gente.

Outsiders con tenencia y portación

En este juego de pecados, libertades y pedradas, el oficialismo tiene menos posibilidades. Estás gobernando y, tanto con pandemia y FMI como sin ellos, gestionar la culpa no alcanza a reemplazar la demanda de soluciones. Sin embargo, la búsqueda de culpables por parte de la oposición tiene un límite concreto, expresado por su representación en ejecutivos y legislativos en todo el territorio y haber ejercido la tríada del poder en Nación, provincia y Ciudad en un pasado que sucedió hace diez minutos.

Cualquier sobreactuación que realice va a desbarrancar por derecha. Las consecuencias de su búsqueda de culpables van a afectar algo más que al Gobierno, derramándose hacia lo institucional y poniendo en juego la legitimidad del post 2023. La percepción social de "son todos lo mismo" tiene dos consecuencias. A falta de la identificación de un culpable, decide penalizar al sistema en su conjunto, y propicia el crecimiento de los antisistema, los outsiders con tenencia y portación, recordando que la culpa hay que depositarla en alguna parte.

El escenario fragmentado de cinco expresiones políticas sobre el cual parece definirse el camino al 2023 (¡futuro ven a mí!) es el resultado de una imposibilidad de determinar quién, y en qué momento histórico, ha jodido a Argentina, como se preguntaba Zavalita de su Perú. Aun quienes sospechan conocer esta respuesta no encuentran los mecanismos discursivos para imponerla de forma más eficaz que la elegida por sus adversarios para imponer a otros culpables. Así, entre el oficialismo de centro y el paladar negro, y entre la oposición fitness y el ala dura (halcones con gomera o fal), el tono de la institucionalidad lo ponen aquellos que construyen su identidad política en base a su capacidad y la decisión para buscar responsables, reales o ficticios, que permitan justificar los males del presente. La política, a su pesar, está bailando esa música. Sin soluciones a la vista, o ayudás a buscarlos o el culpable sos vos.

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Santiago Aragon

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