Cuentan que las dos obsesiones centrales del presidente Alberto Fernández en estas semanas pasan por encontrar la manera de reducir el déficit fiscal y la inflación. Un buen comienzo de relato, sin dudas. Por dos razones básicas: la capacidad de emitir pesos para financiar el rojo del Estado está fuertemente limitada y volver a crecer para, como mínimo, recuperar lo perdido en los últimos tres años (especialmente, en 2020) es quimérico si la inflación no baja. 

Luego de una expansión monetaria récord el año pasado para financiar los gastos provocados por la pandemia, la aceleración de los precios en el último trimestre y una brecha entre el dólar oficial y los financieros que no logra comprimirse más allá de 70% muestran con elocuencia dos de las restricciones principales que enfrenta el gobierno en 2021. 

La decisión de no prorrogar las asistencias COVID, como el IFE y los ATPs, se inscriben en esta lógica. La pandemia obligó a financiar unos 3,5 puntos del PBI con la máquina del Banco Central, a costa de ubicar en un escalón más alto a la inflación y de mantener aún vivas las expectativas de devaluación. Demasiados riesgos para 2021, cuando el gobierno juega buena parte de su gestión futura en las elecciones de octubre dentro de un contexto todavía muy incierto respecto de la dinámica del coronavirus.

Psicoanálisis y economía

En el psicoanálisis, reconocer el problema es un buen síntoma para cualquier inicio de tratamiento. El presidente lo está haciendo. Ahora bien, el cómo resolverlo es también parte crítica del proceso. El escenario para tomar decisiones fiscales consistentes que contribuyan a bajar la inflación en forma creíble es muy complejo.

Quedan por rescatar más de 2 millones de empleos perdidos el año pasado, los ingresos están 20 puntos por debajo de los niveles de 2017 y la pobreza, en especial en los chicos, demanda de un estado presente con recursos y buenas estrategias.

Ante este cuadro de instrumentos escasos para salir del laberinto déficit-inflación, hay al menos tres elementos que pueden sumar este año. En particular, el acuerdo con el FMI, no como acuerdo en sí sino como ordenador de la política económica de los próximos años que pueda servir de señal para las decisiones privadas. Allí el gobierno se comprometerá a reducir el déficit fiscal, a cumplir con metas de emisión monetaria y, sobre todo, a acumular reservas en el Banco Central. Es un paso importante para darle consistencia a una eventual futura política antiinflacionaria.

A su vez, la existencia de la vacuna contra el COVID-19 puede convertirse, además de un obvio imperativo sanitario, en un instrumento clave de la política económica que ayude a reducir la incertidumbre del 2021; si se logra instalar en la sociedad la sensación de que, sea del origen que fuese, habrá vacunas disponibles en cantidades adecuadas y bajo condiciones de seguridad reconocida, muchas decisiones microeconómicas volverán a aparecer.

Afectados por las caídas en el empleo y en los salarios, pero también por las grandes dudas sobre el futuro, los consumidores retrasaron compras, especialmente de bienes durables. Sin un horizonte claro respecto de si es posible que todo vaya hacia atrás, ningún emprendedor o empresario pyme mejorará su negocio. Ni hablar el inversor que vio cómo se abarató la Argentina en dólares en la pandemia y piensa que ese proceso puede continuar este año.

Salir del laberinto

El último elemento que puede contribuir a encontrar el camino de salida del laberinto déficit-inflación es el aumento de los precios de las commodities que se verifica desde agosto. Tanto por factores financieros como reales, las subas promedio superan 50%. En el caso de la soja, son los precios más altos desde 2014.

Si bien la historia nos enseña que siempre es mejor suponer que los mejores precios serán transitorios, para no gastar de más a cuenta, como tantas veces se hizo, lo cierto es que desde abril es probable que haya más dólares de los previstos en el Banco Central (unos 5.000 millones) y también, vía retenciones, más pesos en las cuentas del Tesoro. Las presiones sobre el dólar podrían calmarse y también habría menos necesidad de emitir pesos para financiar el déficit. La política monetaria podría aprovechar ese espacio para subir las tasas de interés y descomprimir de manera más estable los desequilibrios que permanecen en el mercado cambiario.

Como en el viejo Meccano, cada pieza debe articularse a su tiempo para llegar a ser parte de una estructura. El déficit fiscal y la inflación son problemas suficientemente complejos como para suponer que pueden resolverse con voluntarismo, medidas aisladas, de la noche a la mañana. Integralidad, consistencia, adecuada selección de herramientas para cada momento son elementos que requiere toda política de estabilización macrofinanciera.

Los acuerdos de precios y salarios, que vuelven a sonar en estos días, pueden ser funcionales sí y sólo si cumplen con estos requisitos. Sólo así el presidente podrá comenzar a calmar las obsesiones que lo aquejan en las últimas semanas.

* Economista, socio y director de Analytica Consultora