La eyección de Martín Guzmán y la evidencia de que la interna en el Frente de Todos dista de haberse resuelto agigantaron esta semana un pánico que ya habían despertado las severas restricciones que anunció el Banco Central para el acceso a divisas por parte de los importadores. Las remarcaciones preventivas, las exigencias de pago en efectivo y las persianas bajas "porque no hay precio" no hicieron más que poner de manifiesto la pregunta que toda la economía se hace y nadie responde: ¿cuánto va a valer el dólar oficial después de la devaluación que cada vez asoma menos evitable en el horizonte inmediato?

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Silvina Batakis procuró aventar los temores a ese salto brusco de la cotización de la divisa en los reportajes que concedió y en un par de charlas privadas que mantuvo con empresarios y financistas. Pero los números no la acompañan. Las insistentes versiones de ayer de nuevas renuncias en el gabinete, su confusa designación tras un fin de semana de total incertidumbre, la demora en designar su equipo e incluso el derretimiento de Sergio Massa y el interrogante respecto de si Alberto Fernández terminará de ceder el timón a Cristina Kirchner empujaron todas las cotizaciones paralelas para arriba. Ayer, al filo del cierre, el dólar "contado con liqui" tocó un récord de $296 y el "blue" volvió a superar los $260.

En el Banco Central, cuyo directorio recibió ayer al mediodía en secreto a Batakis, adjudicaron ese respingo a que los mesadineristas procuraron dolarizar como sea sus tenencias ociosas de pesos. Fue ante la negativa del propio Central a pagarles más interés por los pases pasivos, un instrumento de absorción monetaria que creció hasta convertirse en una bola de nieve el año pasado, y a renovar todo el stock que vencía de Leliqs, para lo cual también tendría que haber subido las tasas que paga a quienes le entregan pesos.

La flamante jefa del Palacio de Hacienda ya había agitado las aguas al advertir el miércoles por la noche que el consumo de divisas para el turismo afecta la generación local de empleos en tanto resta posibilidades de importar máquinas e insumos para la producción. El incentivo está: un viajero paga $218 por dólar al pasar su tarjeta en el Aventura Mall de Miami y un industrial que necesite más dólares que el año pasado debe oblar los $296 del CCL. El salto de la brecha dejó muy desactualizado el combo de impuesto PAIS y retención de Ganancias que hasta ahora los mantenía alineados.

No son solo los U$$ 1.516 millones que se escurrieron por gastos con tarjeta en el extranjero en los primeros cinco meses del año según el INDEC, una estimación que los registros de base caja casi duplican. Es también algo simbólico: la imagen de un mundial de Qatar repleto de argentinos ricos mientras las fábricas suspenden personal por falta de insumos sería la opuesta a la que propuso como horizonte la vicepresidenta cuando dijo que el peronismo era "laburo en serio y no planes sociales". Tampoco caería bien entre los 10 millones de informales y cuentapropistas que se apiñan debajo de esos dos estratos sin esperanza alguna de ascenso social. El guiño de CFK al salario básico universal que se propone conquistar a tuitazos Juan Grabois, y que Batakis descartó in limine, no fue más que una lisonja discursiva para contenerlos. Nadie en el Ejecutivo lo estudia seriamente.

Retenciones y algo más

Lo que sigue dividiendo dentro del Frente al kirchnerismo en expansión y al albertismo menguante es la estrategia a seguir frente al principal problema: la inflación. Y es lógico que eso alimente la incertidumbre sobre el dólar, porque ambas variables se retroalimentan. Aunque Batakis le haya consultado cada paso que dio esta semana a Wado de Pedro como si siguiera siendo su jefe, la brecha política asomó nítida en el vértice que une a la carestía con la disponibilidad de divisas: las retenciones.

Fue casi simultáneo: mientras la ministra juraba por TN que no tocaría las retenciones del agro ante una pregunta grabada por el jefe de la Sociedad Rural, Nicolás Pino, el kirchnerista Oscar Parrilli presentaba un proyecto de Ley para reformar el sistema de Declaraciones Juradas de Valores de Exportación (DJVE), vigente desde la dictadura, que les permite a los exportadores registrar sus ventas, fijar precio y elegir después el momento para despachar, liquidar y pagar esa retención. En los hechos equivale a aumentarlas, como lo probó la airada impugnación preventiva de la Cámara de la Industria Aceitera de la República Argentina y el Centro de Exportadores de Cereales (Ciara-CEC).

¿Cuánto puede tardar entonces Cristina en criticar en alguno de sus discursos a Batakis, a quien no le dedicó ni un tuit de bienvenida y a quien sus laderos advierten off the record que "la nombró Cafiero, igual que a Scioli"? ¿Cuán duradera será la habilidad de la fueguina para hablar el idioma de unos y otros dentro de la coalición? ¿Hará como en la televisión, donde prometió por C5N empujar el tímido impuesto "a la renta inesperada" de Guzmán y en TN no crear ni modificar ningún tributo? ¿No es ese vicio albertista la que empujó al país a esta crisis autoinfligida?

Por lo pronto, los encargados del área energética que responden a Cristina siguen en sus puestos. El primer ratificado fue el resiliente Federico Basualdo. Darío Martínez es blanco de otras furias, como la del recién reincorporado Julio De Vido. Pero tanto el secretario como el subscretario estuvieron el martes por la noche en el despacho de Batakis y pactaron que la segmentación tarifaria se hará. Como ellos querían, geolocalizadamente, y no con el formulario de solicitud de subsidios que le bloquearon a Guzmán y que motivó su renuncia.

Las cuatro "D"

El desbande albertista que dejaron al descubierto las renuncias de Matías Kulfas y Martín Guzmán en solo dos semanas encendió todas las alarmas en el Fondo Monetario, donde Sergio Chodos hizo malabares para tranquilizar al staff de Kristalina Georgieva. Debilitado por la salida de Guzmán, con quien redactó el pacto de fines de enero, el director por Argentina permaneció en el cargo como una suerte de garante. No alcanzó para evitar que Georgieva mostrara los dientes por primera vez: en un reportaje con Reuters habló de "acciones dolorosas" pero indispensables "para ver sus frutos". Nada sorpresivo si alguien leyó las 106 páginas de la revisión de las metas del primer trimestre, donde el Fondo exige un ajuste fiscal draconiano para la segunda mitad del año y un torniquete monetario para que ese déficit no se financie con emisión.

Ante la evidencia histórica de que ese tipo de ajuste ortodoxo no da esos frutos y hunde en cambio a la economía en un espiral de recesión e inflación, algunos empresarios empezaron a proponer en público un desdoblamiento formal del tipo de cambio, con un dólar turista más caro y un dólar "productivo" más barato al que accedería solo con permiso. Lo hizo Antonio Aracre, el CEO de Syngenta, aunque su compañía estuvo entre las que ayer consiguieron que el Central les flexibilice el acceso al mercado oficial para importar. También lo mencionaron el consultor Miguel Kiguel y lo escribió en un informe la Cámara de Industriales Metalúrgicos y de Componentes de Córdoba.

Es una propuesta que llega recién ahora que el Central agotó sus reservas, después de haberlas aplicado este año al precio oficial a operaciones de dudosa prioridad, como el avión que compró Emes Air S.A., la línea de taxis aéreos de Marcelo Mindlin, por U$S 13.007.212, o el que adquirió Patagonia Fly por U$S 9.711.150. Implicaría una discrecionalidad parecida a la de las SIMI y las SIMPES y una tentación gigantesca a subfacturar y sobrefacturar, pero amortiguaría el impacto de otro salto inflacionario como los que se produjeron tras la devaluación de Alfonso Prat-Gay, la de Nicolás Dujovne o la de "Toto" Caputo.

Otros empresarios muy diversificados empiezan a preguntarse si el peso no necesita un respaldo adicional para esquivar el rumbo hiperinflacionario que según Grabois teme Cristina. Admiten que la receta del Fondo (detrás de la cual se encolumnan los economistas de Cambiemos, aun con las internas que dividen a sus dirigentes) no va a reabrir los mercados ni a bajar la inflación hasta dentro de al menos un lustro. Agregan que la confianza de Batakis y del Presidente en que el propio Fondo las flexibilice por la guerra es más una expresión de deseos que otra cosa. Y que ese lustro de ajuste, montado sobre la pauperización y devaluación salarial acumuladas, puede deparar un estallido social de proporciones.

Lo que revolotea sobre esos escritorios -aunque en el Ejecutivo aseguran que no está en el menú- es una suerte de formalización de la economía bimonetaria sobre la que habló Cristina con Carlos Melconian, un mix de la convertibilidad de Domingo Cavallo con la UF chilena. Un "peso fuerte" que funcione como refugio de valor y que conviva con un "peso débil" que haga de medio de pago transaccional. La dificultad para aplicarlo es que no hay reservas en el Central y tampoco una híper que haya licuado los pesos en poder del público. Esos ejecutivos proponen que el respaldo del "peso fuerte" sea otro: el gas de Vaca Muerta. "Puede ser otra cosa pero hace falta que sea algo argentino, algo nuestro", argumentan.

Son ideas que emergen cuando se aproxima el abismo, como las "cuatro D" que propuso encarar Barry Eichengreen en agosto de 2001 al visitar Buenos Aires: default (para cortar con el ajuste), devaluación (para volver a crecer), dolarización (para estabilizar después de la deva) y depósitos congelados (para evitar la corrida). A los dos meses triunfaba el "voto bronca" en las elecciones y Fernando de la Rúa terminaba de dilapidar lo que le quedaba de capital político. De las cuatro D se precipitaron tres. Pero desordenadamente y en medio de un festival de empobrecimiento, represión y muerte.

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Alejandro Bercovich

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