La economía, como disciplina autónoma, ha experimentado su propio derrotero. Desde sus inicios, la economía tuvo una dimensión ética en su concepción. Precisamente, al pensar en la definición primera de la economía como una ciencia social, alude al hombre en sociedad y a los principios morales sobre los cuales se desarrolla, tratando de resolver la producción, la administración, la utilización y la preservación de los recursos satisfaciendo las necesidades de la población. La ética, considerada como la ciencia del comportamiento moral, está relacionada con la economía, tanto en sus orígenes como en su desarrollo, siendo la gestión en la economía un reflejo de las conductas de los tomadores de decisiones.

Cierto es que no se suele debatir si la economía es una ciencia, pero sí se suele prescindir de su esencia social. Pues la definición imperante en las aulas ha sido la “ciencia de la escasez”. ¿Escasez de qué? Escasez de recursos frente a necesidades que por cierto son “ilimitadas”, el consumo voraz que nos caracteriza (y por el cual consumimos más de un planeta por año; de hecho, el año pasado el día de sobrecapacidad de la Tierra fue el 29 de julio), al mismo tiempo que por ser un homo economicus actuaremos racionalmente “siempre” y buscaremos la máxima satisfacción posible, sin hablar entonces de que vivimos en sociedad, también con propósitos colectivos y costos colectivos si satisfacemos necesidades ilimitadas a cualquier precio y en un único planeta.

En la visión aristotélica, la ética persigue la mejor forma de que el individuo se realice a sí mismo. Pero en algún momento de nuestra historia, y de la economía en particular, esa hermandad con la ética se escindió. E incluso el mal llamado “padre del liberalismo”, Adam Smith, pronuncia que aún cuando la motivación para el intercambio económico en el mercado (comercio) es la búsqueda del interés propio, esto no implica que los contratos comerciales supriman la necesidad de proceder con ética, (Sen, 1989); por el contrario, el mercado debe estar basado en valores éticos como prudencia, humanidad, justicia, generosidad, y espíritu público (Smith, 1759).

Por muchos años va a imperar una economía de ingeniería, con debilitamiento del enfoque ético, hasta que lleguemos a otra instancia en la cual se adhieren ciertos términos a la palabra economía, rozando la tautología, tales como social, solidaria, colaborativa, circular y, sobre todo, regenerativa, un concepto que trasciende las fronteras de la sustentabilidad porque a lo que aspira es que materialicemos nuevas reglas integrales para llegar a una relación restauradora entre la humanidad y los ecosistemas de los que obtenemos recursos para nuestro sustento (recordemos el planeta y medio por año que consumimos), lejos de la concepción extractiva en la búsqueda solo de valor económico para la empresa que produce el bien o el servicio que satisface la necesidad, sino pensar en términos de generación de valor compartido. De hecho, la en la revista McKinsey, los autores Bob Sternfels, Tracy Francis, Anu Madgavkar y Sven Smit aseveran que nuestras vidas y medios de subsistencia futuros deben apoyarse en tres pilares: crecimiento, inclusión y sustentabilidad.

Bajo la premisa de reconsiderar que el objetivo de la economía es la satisfacción de las necesidades humanas, de todos y de todas, para que el conjunto pueda prosperar y desarrollarse de una manera equilibrada y sostenible, ello no necesariamente debería conseguirse a través de un crecimiento económico cuantitativo medido exclusivamente en términos de PBI. En la dinámica de la biología, el fin último no es crecer como sucede con una célula cancerígena; crecer no es desarrollo, distribución igualitaria de ese crecimiento tampoco es sinónimo de equidad o de maduración.

Allí es donde encontramos la base de la “economía de la dona”, modelo propuesto por Kate Raworth, quien toma como base a los estudios y los pensamientos de la economía social, feminista, ecológica, naranja, comportamental, entre otras. Es un esquema visual que materializa el “desarrollo sustentable”, combinando conceptos múltiples de fronteras sociales y de sostenibilidad, en alineación con el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) número 11 que postula comunidades inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles.

El modelo de la dona

Volviendo a la economía de la dona, el hueco central representa la población que carece de servicios y de derechos esenciales (doce estándares sociales mínimos acordados internacionalmente, identificados por los gobiernos del mundo en los ODS); mientras que el exterior son los nueve límites ecológicos de los que depende la vida en el planeta que no deben ser superados. Entre los límites sociales y planetarios se encuentra un espacio ambientalmente seguro y socialmente justo en el que la humanidad puede prosperar. ¿Cuál es la dona argentina?

Según los últimos datos recogidos por el Doughnuts Economics Action Lab, en Argentina hemos sobrepasado ocho de los nueve límites planetarios. El único límite que hemos respetado, por el momento, es la extracción de agua dulce. Mientras que en términos de deficiencias a la hora de analizar las necesidades básicas, tanto sociales como económicas y culturales, nuestras peores notas radican en la equidad social, en la calidad democrática o participación política, en el empleo y, por ende, en el nivel de ingresos.

Este escenario se repite en diversos países, no solo en Argentina; se repite en el mundo como único hogar, frente a lo cual la economía regenerativa propone un sistema económico diseñado para regenerar los recursos de la Tierra en lugar de agotarlos.

* Economista - Paridad en la Macro.

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