Nuevamente Argentina entra en un contexto de incertidumbre en materia económica y, por lo tanto, en material fiscal. Durante el último fin de semana, la renuncia del Ministro de Economía Martín Guzmán y la designación de su reemplazante generaron ansiedad en toda la sociedad. Esta incertidumbre se debe a que la política económica y la política fiscal van de la mano, son contrapuntos en la gestión del Estado. Una vez más nos encontramos como en un laberinto sin salida.

Hablar de política económica es referirse a uno de los principales instrumentos que cuentan los países para controlar la economía definiendo la cantidad de dinero circulante y su costo; mientras que referirse a política tributaria, es hablar de los recursos que el Estado exige a los particulares. En efecto, es lo mismo pensar en aumentar la base monetaria y bajar la presión fiscal o a la inversa reducir la base monetaria y aumentar los impuestos.

Al haber un cambio en el titular del Ministerio de Economía, surgen varias inquietudes en el ámbito público y en el privado. Además, se suma el malestar generado por la inflación que existe y viene aumentando, independientemente del motivo que manifestó que no está de acuerdo en crear ni aumentar más impuestos.

Necesariamente, el mercado está buscando una solución en el corto plazo. Hablar de “Mercado” es referirse a personas y a empresas (chica, mediana, grande, local y/o internacional). Sin embargo, desde un punto de vista teórico y práctico, se conoce que la economía (a través de la ley de la oferta y la demanda) no se corrige rápida ni automáticamente, de ahí que la articulación del Estado y el Mercado es de vital importancia en circunstancias como las actuales. Sin lugar a dudas, la política económica debe privilegiar en la motorización de la economía.

Está claro que Argentina necesita una mayor cuota de recursos tributarios si la intención es mantener la cuantía de los gastos, para prescindir de la emisión. Como hoy en día, nuestro país ya se encuentra entre los que tiene mayor presión tributaria en la región, esta opción es limitante. En consecuencia, hacerse más caro fiscalmente es hablar de pérdida de inversiones en comparación a otros países.

Es decir, debe comprenderse que la presión tributaria alta incide económicamente en la rentabilidad de las empresas y en los precios de los productos. Afecta tanto a las empresas como a las personas.

¿Hay una salida a este laberinto?

Es cierto que una mayor carga tributaria contribuye a que el Estado cuente con más recursos para financiar gastos y motorice la economía. Sin embargo, hay límites.

¿Cuál es la solución entonces? ¿Cómo modificamos la matriz de recaudación cuando nos encontramos en un nivel alto de presión fiscal? Necesariamente, la respuesta debe involucrar el aumento de recaudación sin aumentar el costo tributario. Es una tarea que desde hace tiempo debió realizarse.

Algunas de las alternativas para encontrar la salida del laberinto son:

  1. Generar políticas de incentivos a la inversión de capitales (locales y extranjeros);
  2. Crear políticas de exportación para aumentar el tamaño del mercado;
  3. Disminuir los costos de producción para hacer más competitivos los precios de los productos en los mercados extranjeros;
  4. Hacer más eficiente la matriz de gastos del Estado para reducir el impacto de los impuestos, principalmente los indirectos.

Más allá de ello, somos de la opinión que, tanto el Estado como el sector privado deben convertirse en protagonistas para generar sinergias entre ellos.

Una posible solución consistiría en armar un esquema en el cual las compañías invierten en ciertos sectores que el Estado previamente habilita, y el gasto erogado en la obra es utilizado para cancelar las obligaciones tributarias futuras, conforme un esquema que es reglamentado. A partir de ello, el ámbito privado promovería actividades que ambos actores consideran conveniente.

De algún modo, las sociedades evolucionan y piden cambios. Hoy en día vivimos en base a paradigmas que hace 10 años eran inimaginables. En la actualidad sería difícil pensar que con viejas soluciones se resuelven los problemas presentes. Es hora de que las políticas económicas también actualicen sus paradigmas donde la solución parta del trabajo sinérgico entre Estado y el sector privado.

La antinomia que encuentra la nueva titular del Palacio de Economía, en cuanto a la política monetaria y tributaria, le dificultará su tarea. Porque de algún modo estamos aumentando la base monetaria y queriendo subir impuestos al mismo tiempo.

Todo parecería indicar que Argentina deberá considerar que la alternativa consistirá en generar contextos para la inversión (local y extranjera) en pos de generar una situación en la cual el Estado pone la casa y los invitados pagan la cena.

*Tributarista