Actualmente casi la totalidad del déficit fiscal ha sido cubierta con emisión monetaria (más del 90%). La historia argentina está caracterizada por tener un comportamiento enfermizo entre el lado fiscal y el monetario. Muchas discusiones acerca de regímenes monetarios de hecho olvidan el costado fiscal.

Argentina fue alcanzada por la crisis sanitaria global derivada de la pandemia del coronavirus (Covid-19) de la misma forma que otros países, pero su punto de partida distó de ser bueno. De hecho, la economía antes que se decrete la cuarentena no tenía signos de recuperación y venía golpeada de dos años de caída de la actividad, elevada inflación y aún con déficit fiscal.

La respuesta de sostener con ayuda fiscal los efectos del confinamiento son adecuados. De hecho, hasta parecen resultar insuficientes, principalmente el apoyo a las provincias que verán mermada su recaudación por menor coparticipación y menores ingresos propios. Incluso, esto podría tener un carácter estructural si muchos comercios y pymes que bajaron la persiana el 20 de marzo no vuelven a abrir cuando pase la crisis sanitaria, de la cual no tenemos certezas de cuánto se extenderá. Algunos negocios pasarán a ser no rentables, insolventes y aparecerán otros que florecerán al mismo tiempo, pero la reasignación de trabajo y capital en nuevas actividades no es inmediata.

El déficit fiscal de este año sumado a los vencimientos de pesos hará que la base monetaria crezca más del 85% comparando interanual. El discurso prudente del ministro Martín Guzmán en sus primeras conferencias de prensa había caído bien. Foco en que hay que corregir el desequilibrio fiscal y advirtiendo que una excesiva emisión podría ser peligrosa le dio un carácter de racionalismo el cual despejó dudas acerca del rumbo de la economía.

Todo ese discurso se vio mermado luego que la crisis sanitaria llegue a nuestro país. Más aún cuando la negociación de la deuda se está extendiendo más de lo esperado. Durante el confinamiento la velocidad a la que circula el dinero se ralentiza debido a menor gasto transaccional. Pero la emisión excesiva de este año cuando se retome una nueva normalidad deberá ser esterilizada para no correr riesgo de presión sobre el dólar blue y la inflación.

Incluso el año siguiente resulta poco probable que se alcance el equilibrio fiscal. Sin acceso a los mercados internacionales más allá de cómo salga el canje de deuda, una nueva ola de emisión será necesaria.

Lo natural sería corregir estos desequilibrios ajustando el cinturón en términos fiscales dado que el shock que recibió la economía mundial y argentina no es la excepción tiene un carácter más permanente que transitorio, al menos luego que pase la emergencia. Sucede que el ciclo político en nuestro país es muy corto y en 2021 nuevamente tendremos elecciones legislativas. Por lo que resulta difícil pensar en un ajuste fiscal sumado a un aumento de las tasas de interés para quitar los pesos excedentes de la calle.

Lo más probable es que lejos de esterilizar el exceso de pesos de este año, se inunde la calle de más liquidez. Algo riesgoso en un contexto de normalización de la actividad en materia inflacionaria. Aunque no implique necesariamente riesgo de hiperinflación, sí le imprime un carácter de aceleración de la misma que parece encontrar en 40% anual un nuevo piso

Lamentablemente la crisis llegó apenas con tres meses del nuevo mandato presidencial. Un cambio de dirección será necesario y las formas de secar la plaza cuando no hay disposición a subir los tipos de interés han sido traumáticas en la historia argentina. Es necesario que la política económica recupere el norte que parecía tener el ministro Guzmán al inicio de su gestión, al menos en lo discursivo. Caso contrario, el público motivado por la incertidumbre podría adelantar precipitar una huida de pesos y depósitos en pesos.

*Economista y director de la consultora LCG.