Ralph trabaja de demoledor. Es un villano muy conocido. No tiene apellido. Solo su profesión, vocación y condena. Así lo conocen, en todo el mundo, los fanáticos de videojuegos. Así también sus vecinos de Arcade, que padecen la furia de su martillo destructor. Ralph entra en crisis. Es un malvado y descubre que el rol que la historia le reserva es de reparto. Que no puede ganar. Experimenta las desventajas de haber nacido malo. Se da cuenta de que el mundo es de los buenos. Necesita ser otro.

En una escena central de la película Ralph, el demoledor, nuestro protagonista escucha una sentencia que le ordena su destino: "No puedes cambiar lo que eres. Cuando lo descubras, tu vida y tu juego van a mejorar". El que se lo explica es Clyde, el fantasma naranja de los Pacman (Sí, se llama así. ¡El dato ya amerita esta columna!). Clyde es otro tipo de malvado, con conciencia de clase, se mueve en forma caótica, desconcierta, se mantiene a distancia. De hecho, los japoneses lo definen como "otoboke", algo así como "el que se hace el tonto". Es quien se encarga de enseñarle a nuestro antihéroe que se puede modificar cualquier cosa menos la esencia.

Ahí es donde el dilema de Ralph aparece: seguir intentando ser quien no puede o convencer al público que lo que él hace no es tan malo. Descubre que el problema no está en su ser sino en lo que representa. Tu identidad también explica lo que no sos, lo que no podés ser ni intentándolo. La exposición pública es un juego de límites, entre lo que parecés y lo que eso genera. Siguiendo la explicación de Clyde, si no se puede cambiar lo que uno es, la variable a gestionar es lo que eso significa para el otro. La percepción política nos precede. Comunico para domesticar la impresión que el otro tiene de mí. Lo que uno es representa, además, lo que se espera de uno.

El encanto de lo incorregible

El peronismo es, en esencia, demoledor. Sin entrar en debate sobre construcciones y perspectivas, me refiero a la capacidad de entrar rompiendo, de que nada queda igual una vez que lo toca. Hecho a fuerza de un par de 17, de esa fatalidad sin desgracias que le da una constitución aluvional y una identidad de tomar el cielo por asalto.

La imprudencia del olvido de octubre fue parcialmente remediada en la juntada de noviembre. La movilización con la que el Ejecutivo pretendió relanzar su gestión se inscribe en la tradición de recuperar la centralidad del espacio público, sin metáfora. Hacer lo que, con independencia del bien y el mal, se espera de un gobierno peronista para después ver qué se hace con eso. Un Gólem buscando renacer del barro que mejor conoce.

La calle no es una abstracción. La avenida del medio sí. Es por eso que la identidad de la coalición gobernante ha corrido más riesgos de los necesarios, casi tantos que los transformó en peligros. Fue vano el intento de ser querido por aquellos a los que jamás va a enamorar. Digerible para los que no lo consumen. Una versión apta para todo público que desconcertó a propios sin conmover a ajenos. Un peronismo amable, tan de mitad de río que no logra ni imaginar las orillas. Tolerable como el perro de Pessoa, que los gerentes lo dejaban dormir adentro de la tienda por inofensivo.

Ser incorregible representa una medalla y un castigo. Es una sentencia y una posibilidad. Simboliza aquello que no estás dispuesto a cambiar porque, aun queriendo, no sabrías cómo hacerlo. Esa percepción de incorregibilidad traduce el temor expresado en la letanía de quienes desaconsejaron movilizar el 17 de noviembre. Entre prédicas por el libre tránsito, demandas cívicas e invocaciones a la real politik, voces moderadas expresaron la inconveniencia del encuentro. En la genética de la convocatoria estaba inscripta la matriz de la "celebración de la derrota": una disposición a dejar de ser lo que no sos. Una celebración de lo incorregible. Un cierto encanto que, como todos, está basado en hechizos.

Como Ralph, el peronismo no tiene cómo explicarle a la sociedad que es una cosa distinta a lo que se ve. Puede, sí, reclamar su derecho a construir su versión de la historia. No porque haya dos sino porque, como advierte el poeta Asurey, "la historia la ganan los que la escriben". Estructurar una identidad que pueda ser explicada por las acciones permite, además de allanar el futuro, reescribir el pasado. Dos años es mucho tiempo, hacia atrás y hacia adelante. El tiempo rectifica lo que se considera adecuado.

La unidad no es una identidad. Es la condición para generarla sin sobresaltos. Todo aquello que no se suelta a tiempo, termina destruyendo lo que vino a crear. Las contradicciones narran y son constitutivas. Expresan diversidad y adquieren sentido como imágenes de un devenir. Cuánto más caótico es el tránsito de cambiar la piel, más profunda es la expresión de identidad que se construye. La unidad es una ficción de homogeneidad que absorbe tensiones sin sintetizarlas y, con ellas, anula cualquier otra identidad posible. Hacer públicas las contradicciones permite invitar al espectáculo de observar el magma. Ningún ajeno puede dejar de verlo, pero nadie de afuera querrá sumergirse ahí.

Los demoledores también reconstruyen

Si el desafío no está en la esencia sino en el vínculo, el dilema se ensancha: ¿debo ser lo que la sociedad es o lo que la sociedad reclama? La discusión entre ser y deber ser se materializa entre conducta y actitud política. La conducta es un nivel profundo, construido por goteo de subjetividades, que solo puede afianzarse y no se modifica. Ser lo que la sociedad es permite vincularte en lo hondo. Es una lógica de identificación que atraviesa dirigentes y procesos electorales. Parecerme a lo que represento siempre supone un buen negocio. Ser lo que la sociedad reclama supone demasiado riesgo, ya que la fuente de la demanda es inagotable. Por definición, es imposible satisfacerla. Si te constituís a partir del reclamo, lo hacés sobre la variable más frágil que la política puede brindar. Sobre lo arbitrario, lo que no permanece.

El dilema de Ralph se resume en estrechar la distancia entre lo que se es y lo que se necesita que sea. Generar las condiciones para que una identidad se vuelva deseable en el conjunto de expectativas. En esa negociación, y en esa representación de lo aceptable, se construyen los apoyos móviles que deciden el resultado de los procesos. La historia nos muestra que la reconstrucción también puede ser obra de los demoledores. Esta contradicción funda la identidad de cualquier movimiento: ser, al mismo tiempo, parte de la solución y del problema. Aceptar el oficio es comprender el destino. Es saber qué hacer con los escombros afrontando, como aconseja el astuto Clyde, "de a un juego a la vez".

*Docente-especialista en Marketing Político