Apenas asumió como jefe de Gabinete, Santiago Cafiero se sorprendió porque Sergio Massa le dijo que había sido “el peor trabajo de su vida”. Anoche, mientras el círculo rojo se fumaba a bocanadas su propio humo sobre el inminente regreso a ese cargo del jefe renovador, la respuesta del aludido llegó por Whatsapp a BAE Negocios: “Deliran absolutamente. De mi parte no hay ninguna chance”.

Massa respondió desde la cama, lento y por escrito, abatido por un malestar intestinal. El titular de la bancada de Juntos por el Cambio en Diputados, Cristian Ritondo, que le preguntó irónico días atrás por su pase al Ejecutivo cuando notó que se fotografiaba inaugurando hospitales y estaciones de tren, aprovechó para gastarlo, también por chat: “¿Dos días de Ejecutivo y ya estás en cama?”.

Es el tono en el que dialogan dirigentes de fuerzas opuestas pero con buen trato entre sí. Una dinámica a la que también se acostumbró Máximo Kirchner de la mano de Massa este año, y que hizo extensiva incluso a ciertos jerarcas corporativos que antes le rehuían y parecen haberle perdido el miedo. Como el que le contó al atardecer del domingo que Washington ya daba por perdida la elección en Bolivia y que iba a aceptar el triunfo del MAS porque la diferencia era sorprendente y escandalosamente amplia.

Un diálogo así, en privado y en confianza, impensable desde siempre entre Cristina Fernández y Mauricio Macri, también es inimaginable hoy entre Alberto Fernández y su reaparecido antecesor. Ese desprecio mutuo se vio nítido en la serie de reportajes donde Macri ensayó su “vamos a volver” y en la respuesta airada que el Presidente le dedicó, también por televisión, mirando fijo a cámara. La proyección a nivel palaciego de la grieta que emergió entre las marchas anticuarentena de los últimos feriados y la caravana del sábado pasado por el día de la lealtad peronista.

A un año de las elecciones de medio término, aunque la confección de listas todavía quede lejos y el tablero se sacuda a cada rato con corridas cambiarias, choques entre poderes y motines policiales, el poder permanente ya empezó a monitorear las candidaturas. La pregunta que todavía no tiene respuesta es a quién o a quiénes votarán los caídos del sistema durante la pandemia.

Matar al padre

No es poca gente. El INDEC acaba de estimar que en el segundo trimestre del año 3,6 millones de argentinos perdieron sus empleos. También que uno de cada cinco de quienes lo conservan están “ausentes”, en muchos casos suspendidos por sus empleadores y cobrando menos. Hubo 5 millones de personas que cayeron en la pobreza. Muchos de los nuevos desocupados, pero también algunos con empleo que no llegan a cubrir la canasta básica. Estatales, por ejemplo, que debieron contentarse con el 7% que aceptó UPCN después de una gestión que les rebanó un tercio de su poder adquistivo.

Horacio Rodríguez Larreta lo sabe de primera mano. El gobierno de la ciudad opulenta debió triplicar la asistencia alimentaria a sus vecinos. Hoy entrega comida a 354 mil personas mientras que en febrero solo lo hacía con 102 mil. Le pidieron bolsones en barrios donde nunca, como Caballito, y llegaron solicitudes no solo a la línea gratuita 108 (asistencia social) sino también al 147 (consultas generales) y hasta al 144 (violencia de género). Pero hay un dato adicional, más preocupante, que contrasta con cierta -todavía tímida- reactivación industrial en el Conurbano. La curva del empobrecimiento no se acható nunca.

Al intendente lo desvela porque siente que la proyección nacional que le dio la pandemia lo obliga a comportarse como un presidenciable modelo 2023, y no modelo 2027 como se sentía hasta marzo. La reaparición de Macri, que en su entorno adjudican a la inminente publicación del libro de Santiago O’Donnell con las confesiones de su hermano menor, lo puso frente a un nuevo desafío: hablarle al electorado en un idioma distinto. Se lo dijo la semana pasada su ministra de Desarrollo Social, María Migliore: “Si seguimos a Macri y a su discurso de la meritocracia estamos renunciando a hablarle a la mitad del país, que es pobre y no tiene la culpa”.

El reto larretiano es encontrar una narrativa posmacrista que no lo haga perder a los intensos de las marchas anticuarentena. Matar al padre, en términos freudianos, para heredarlo. Por eso repite que no quiere disfrazarse de Bolsonaro pero tampoco ahuyentar a los devotos de Patricia Bullrich, quien todavía no define si será candidata el año que viene. Habló por teléfono con Axel Kicillof anteayer y con Macri el día después de su reaparición en TN. A sus íntimos les asegura que el expresidente jamás se expondría como candidato en el próximo turno de las urnas.

A la hora de pensar la salida a la crisis económica, el jefe porteño conversa con el versátil Carlos Melconian y con el ingratamente negado Hernán Lacunza, a quien considera un economista con la experiencia de Estado que le falta a Martín Guzmán. También se nutre de largas charlas con Pablo Gerchunoff, el exjefe de asesores de José Luis Machinea.

Esa verde debilidad

La imagen inédita y contraintuitiva de un peronismo unido pero al mismo tiempo errático en la toma de decisiones y tambaleante al llevarlas adelante es lo que hace que el establishment mire de vuelta para el lado de la oposición, aun cuando las rabietas y el desgaste que está a punto de sufrir Macri hagan impensable su regreso al sillón de Rivadavia. La razón central es la disparada del dólar. Como admitió Máximo Kirchner el mismo 17 de octubre, antes que el cyberataque hiciera naufragar la marcha virtual: para gobernar la Argentina hace falta domar al billete verde.

Es todo lo contrario a lo que se ve. El ministro de Economía fue ungido como el único al frente del timón, después de dos meses de internas fratricidas. Anunció medidas para calmar los dólares financieros paralelos y subieron 40 pesos cada uno. Los fondos de inversión que prometió que iban a nutrir la oferta en ese mercado terminaron por alimentar la demanda. Esos fondos que vinieron a valorizarse en la bicicleta financiera de Macri obtuvieron lo que querían y ahora quieren más. El Fondo Monetario respaldó las medidas pero después no se hizo responsable.

Ayer se vio algo mucho peor. El INDEC mostró que, al calor de la brecha, tanto exportadores como importadores se entregaron al viejo vicio de saquear al Banco Central. En septiembre las importaciones crecieron por primera vez en el año (venían cayendo a un ritmo del 24%) y las exportaciones se desplomaron un 18%. Hay renglones increíbles como el de los granos y aceites, un rubro donde no solo se demoran exportaciones sino donde las ¡importaciones! crecieron 432%. En el sector aducen que como el productor local no les entrega granos por la suba del dólar blue, ellos tienen que importar de Brasil o Paraguay para no apagar los molinos. Pero no están importando más que antes. Están importando más que nunca. Y ya insumieron casi U$S 2.300 millones en 2020.

Lo mismo se vio ayer cuando se agotaron en menos de media hora los 250 Volkswagen Nivus que salieron a preventa. Es la contracara del empobrecimiento súbito de millones por la pandemia. Una situación de la que Martín Guzmán prometió ayer salir con señales para inyectar confianza, realineando las tasas de devaluación, de interés y de inflación. Pero una vez más aparece la pregunta: ¿qué inflación? ¿la que informa el INDEC o la que se verá cuando la mitad del índice hoy congelado se descongele?

Ser ungido como el único que decide no es necesariamente un premio. En medio de un tembladeral como éste, también puede ser una ofrenda sacrificial o un ultimátum. Al empoderado Guzmán lo persigue el fantasma de Alejandro Vanoli, eyectado de la ANSES a poco de iniciada la pandemia con la misma impiedad con la que se lanzaba de la colina Tarpeya a los antiguos traidores a Roma. Su crimen, más allá de las filas de jubilados en bancos que no pudo evitar, fue que todas las facciones del Frente de Todos se dieran cuenta a la vez de que ninguna de las demás lo respaldaba especialmente.

Son cosas que pasan cuando el agua llega al cuello. O el dólar paralelo a 200 pesos. O cuando el país entero parece complotarse para desvalijar al Banco Central. O cuando aparece el riesgo cierto de que los nuevos pobres voten a la oposición. ¿Habrá abierto ya Stiglitz una unidad básica en Columbia para cuidar a su discípulo del efecto Vanoli?

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Alejandro Bercovich

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