La ciencia coincide en señalar que los procesos de estrés modifican el hoy, pero también producen cambios a mediano y largo plazo. Despiertan la epigenética, es decir genes que no se expresan o por lo contrario, que comienzan a actuar a partir de estímulos ambientales. Estos estímulos modifican la expresión de los genes.

Llegando aún más lejos, podría heredarse consecuencias del estrés. Puede que esta pandemia no solo modifique nuestra emoción y conducta sino que cambie patrones de respuesta emocional, cognitiva y conductual a futuro.

Varios investigadores, entre ellos Eric J. Nestler del Centro Médico Monte Sinaí, un muy conocido investigador del marco epigenético; describen una especie de memoria del estrés, la cual además podría ser heredable. En un estudio realizado por Nestler en su laboratorio describió que los ratones sometidos a estrés grave cambian sus patrones de defensa, pero además sus herederos tendrán un patrón de conducta similar; lo cual se agrava si al animal se le agregan sustancias adictivas, alterando aún más la respuesta.

Consumo y adicción

Los consumos adictivos se vieron aumentados en la cuarentena a nivel mundial. Estrés y consumo de sustancias cambiarían así aún más la conducta.

Compartimos aproximadamente el 99. 9 por ciento de la genética entre humanos. Esa mínima diferencia genética genera un enorme espacio interpersonal, que permite ser de diferentes maneras. Ese espacio se construye con modificaciones génicas; pocas veces con mutaciones que impactan evolutivamente y es, por lo contrario, muy frecuente la regulación en la expresión de los genes, que nos constituyen.

La capacidad de expresar genes modificados por el medio, llamada "epigenética", permite expresar genes y pero también inhibirlos, a partir de la influencia ambiental, social, cultural y también biológica. Existe así una situación de modificación que puede definir quiénes somos.

Se expresa menos del dos por ciento de nuestro genoma. Estos genes además pueden impactar con mayor o menor intensidad. Ese pequeño porcentaje que nos distingue pone un valor diferencial, especialmente cuando sólo 20.000 genes son los que se expresan (menos de los que se creía) y la mayoría del material genético se encuentra oculto, aunque regulando el genoma.

Cobra especial atención en la influencia ambiental sobre el ADN la metilación del mismo. Si se metila no se expresa, así se tapa un gen, que no puede codificar su proteína. Estaremos entonces en graves problemas, si esa proteína que sintetiza ese sector de ADN era importante para la supervivencia.

Existen diferentes estudios desde epidemiológicos y otros aplicados, tanto en animales como en humanos, que muestran la influencia que los ancestros pueden generar. Con muchos patrones, tanto corporales y como conductuales.

Cambios de conducta

Esto es algo revolucionario, pues se ha llegado a observar la herencia de esta metilación hasta en la cuarta generación de ratones; es decir en los bisnietos, de los que se realizó un experimento. Por ejemplo, la neurogenetista Isabelle Mansuy de la Universidad de Zurich, observó que si se sometía a estrés a estos animales por separarlos de sus madres cuando crías, se observan cambios en la conducta, presentando actitudes temerosas y depresivas. Esta respuesta alterada en ratones, que se postulan asociados a cambios de metilación sucedía también hasta en los bisnietos.  

Es muy referenciado el estudio epidemiológico de Bastiaan Heijman de la Universidad de Leiden, realizado sobre los hijos embarazos sucedidos de Holanda de la hambruna de 1945, producida por los nazis. Los nacidos en ese momento padecieron disminución de peso a nacer y en sus hijos se observó el rebote corporal, debido a una menor metilación de un gen de un factor de crecimiento IGF2. Este patrón cambió tanto en los nacidos durante la hambruna, como en sus hijos y nietos, en una posible respuesta de búsqueda del equilibrio metabólico.

Se generaba consecuentemente en los descendientes obesidad, diabetes tipo 2 y también incremento de enfermedades conductuales como la esquizofrenia.

Este impacto se genera también puede borrarse, si por ejemplo, a los animales se le asignan mejores condiciones de vida. También con una psicoterapia cognitivo-conductual en pacientes con ataques de pánico se observado la baja metilación del gen de la enzima MAO, relacionada con la producción del neurotransmisor adrenalina que aumenta la cantidad de crisis.  

Herencia de la pandemia

Otra observación hereditaria conductual de la segunda guerra mundial fue el aumento de la respuesta ansiosa ante agresiones en descendientes de víctimas del holocausto. Un estudio realizado por Rachel Yehuda de la Escuela de Medicina del Monte Sinaí de New York que observó que los hijos y nietos tenían menor metilación del gen FKBP5 característico de la respuesta ansiosa. Es decir tenían como un efecto rebote homeostático (de equilibrio) a este impacto genético externo, el cual se heredaba. Sin embargo las víctimas reales tenían mayor metilación, con menor respuesta ansiosa lo que pudo haber influida en la una respuesta de resiliencia para soportar semejante agresión. 

Existen personas más resilientes para padecer crisis vitales y otras más susceptibles, dependiendo de las características particulares de cada individuo.  

Existen etapas de la vida más lábiles para que estos problemas se desencadenen. Por ejemplo la niñez, que influye claramente en la conformación de quienes somos. Y en la vejez donde los cambios generan una huella emocional mucho mayor, dada la vulnerabilidad del sistema nervioso envejecido. En ambos extremos de la vida existe una sensibilidad muy importante ante fenómenos menos agresivos.

Así, lo que para un adulto joven no representaría una modificación de importancia, como una mudanza o el bajo contacto social, en un adulto mayor podría ser equivalente a una injuria traumática, pudiendo desencadenar un estrés posterior, que tiene como órgano de choque al hipocampo, lugar de conformación de la memoria. Crisis vitales son descriptos como desencadenantes de trastornos cognitivos progresivos en los ancianos.

Se considera al trauma vital como un evento lo suficientemente estresante para hacer suponer o imaginar que se pone en riesgo la vida propia o de terceros cercanos. Actualmente también se acepta que eventos menores, pero permanentes y prolongados en el tiempo, están expuestos a un riesgo similar a un trauma agudo. Algo parecido puede sucedernos en esta pandemia.

* Doctor en Medicina y Filosofía. Prof. Titular de Psiquiatría y Salud Mental. Facultad de Medicina. UBA. 

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Ignacio Brusco

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