En última instancia el derecho consiste en esto: una violencia a la violencia por el control de la violencia.
Roberto Espósito.

Antes de comenzar, permítame una advertencia: este no es un texto "políticamente correcto"; no espere el linchamiento para quienes practican alguna disciplina deportiva, o pertenecen a algún estrato social determinado, ni que se enaltezca la figura de los muertos. El único objetivo de estas líneas es pensar -juntos- una problemática que no es de la sociedad (como si fuese de otro), que es nuestra.

¿Nunca le llamó la atención las siguientes cuestiones? El filme (comercial) reconocido por la crítica como la mayor joya del cine (TheGodfather) tiene como eje narrativo central a la violencia; de la misma forma que el protagonista de la película más aclamada del año que pasó (Joker) es uno de los asesinos mejor escritos en la historia del comic. En la industria de los videojuegos, los más populares, desde el histórico Mario Bros, pasando por el Grand Theft Auto, hasta llegar al Fortnite(o cualquier otro BattleRoyale que lo reemplace en el futuro), están dedicados a que el gamer experimente la extasiante sensación de matar. Los medios de comunicación masiva montan, cotidianamente, un glorioso espectáculo de la violencia. La mayor parte de los programas televisivos (casi todos) repiten el mismo formato: opinólogos (también llamados panelistas) que se gritan e insultan hasta llegar al clímax, como cuando Samid le pegó una trompada a Mauro Viale.

Thomas Hobbes (a quien se le atribuye la frase parafraseada en el título) sostenía (sin mayores pruebas empíricas) que los seres humanos somos violentos por naturaleza. Quienes no entienden bien la obra de este autor, la atacan con el argumento de que su "estado de naturaleza" es una ficción; pero cuando el pensador inglés se refería a ello no hablaba de un momento histórico (o, mejor dicho, prehistórico), sino a una condición intrínseca del ser humano. Las incesantes guerras que nos azotan, desde tiempos inmemoriales hasta hoy, debieran servir como prueba de que tenía razón. Pero existe otra forma más científica (en caso de que no considere científico el método genealógico) de probar que Hobbes estaba en lo cierto, la ayuda le llegó (algunos siglos tarde) de su compatriota Charles Darwin.

Si seguimos los postulados de la teoría de la evolución, el que usted esté hoy leyendo estas palabras significa que está vivo y, el que usted esté vivo, significa que tuvo padres que también vivieron (y lo procrearon), y a estos sus padres, y a los padres de sus padres, sus padres; y así hasta llegar al par de monos que tienen la culpa de todo. La cuestión es que, en este mundo en el que vivimos (sin importar si piensa que es esférico o plano), sólo viven y se reproducen quienes estén mejor adaptados a él. Por lo tanto, si en algún momento entre el par de monos y usted hubiera existido algún inadaptado, usted no estaría hoy sufriendo esta lectura. La evolución explica que, a través del proceso de selección natural, preservamos aquellas características que nos ayudan a sobrevivir y, muy lentamente, se van perdiendo las que son inútiles (o un estorbo) para este fin. El que la naturaleza sea un ambiente hostil nos ha hecho genéticamente violentos; porque, si nuestros antepasados no hubieran sido violentos, no estaríamos aquí hoy.

Así como está en nuestros genes el tener un pulgar para sostener un arma, está también el deseo de usarla si es necesario. Por eso la gente se emociona con Joker, porque todos somos, genéticamente, asesinos potenciales; y por eso nos da tanto miedo convivir con otros de nuestra misma especie. Miedo que, como hace Hobbes, convertimos en Estado. Un Estado que existe con el único fin de castigar al violento (al menos en la concepción hobbesiana del Estado). De allí ùpiensoù es de donde surge nuestro miedo a aceptar que somos violentos; porque desde niños se nos castigó por serlo. Tomémonos un respiro aquí, porque esto ya se está poniendo demasiado foucaultiano.

Estábamos, entonces, en que los seres humanos somos violentos por naturaleza y que por ello, y porque tenemos la necesidad de convivir entre nosotros, necesitamos de un Estado que castigue a quien no pueda contener sus deseos violentos sólo con el Fortnite. En este punto podemos hacer discutir a Hobbes con Rousseau, en cuanto a si el violento (devenido en delincuente) debe conservar sus derechos como ciudadano o ser tratado como un "enemigo"; lo cual nos lleva a reflexionar sobre la medida de las penas (especialmente la pena de muerte). Para Hobbes, la suscripción del contrato social, que daba vida al Estado, implicaba la cesión de todos los derechos a éste, excepto el derecho a la vida; desde esta perspectiva el Estado no podría privar de la vida a nadie. Por ello Rousseau opinaba que quien quiebra el contrato social pierde los derechos del ciudadano y debe ser juzgado como enemigo.

Curiosamente Hobbes, que era conservador en lo político, resulta ser muy progresista (para su época) en lo penal; sin embargo Rousseau, un revolucionario en lo político, es más conservador en ese último aspecto. Ahora bien, ¿tiene sentido está discusión?, ¿la problemática pasa por la cuantía de las penas? Si lo pensamos desde el miedo (al que nos referíamos antes) podríamos decir que sí; porque, cuanto más temamos al castigo, más reprimiríamos nuestra naturaleza violenta. Claro, esto si viviéramos en un mundo matemático dirigido por dioses (o alguna inteligencia artificial); pero, gracias a alguno de esos dioses, el Estado está dirigido por seres humanos. Por lo cual, antes de pensar en la cuantía del castigo, hay que pensar en la eficiencia de quien lo aplica. Si el Estado está dirigido por seres humanos, y habíamos acordado que estos son violentos por naturaleza, ¿hasta qué punto no sería peor el remedio que la enfermedad?

Aunque -pensándolo bien- ¿qué sentido tiene hacerse esas preguntas si las normas no son más que palabras? Para que una norma sea efectiva es necesario que alguien la aplique. En este punto, lo que teme el violento no es la previsión del castigo, sino que teme a la aplicación de ese castigo. Veámoslo con un ejemplo muy sencillo: estoy casi seguro de que alguna vez en su vida violó alguna norma, como cruzar la calle con el semáforo en rojo.Cuando comete esa conducta antijurídica no está preocupado porque le podrían aplicar una sanción de multa (incluso, si se la aplicaran, no le gustaría nada); no le preocupa porque sabe que no se la aplicarán. Actuaría de forma diferente sólo si viera a varios oficiales de tránsito multando a todas las personas que cruzan la calle con el semáforo en rojo. Con el delito sucede lo mismo, al violento no lo disuade la cuantía de la pena, lo hace la efectividad del Estado para aplicársela. Esa es la eficiencia de la que hablábamos antes.

La Corte Suprema de Justicia de la Nación, en el fallo "Mosca" (Fallos 330:563), tira por la borda el trabajo que Hobbes (y tantos otros contractualistas) realizó para justificar la existencia del Estado. Al querer desligar al Estado de responsabilidad en un caso de daños producidos como consecuencia de incidentes en un espectáculo deportivo, afirma que no existe, para éste, un deber general de seguridad; puesto que es materialmente imposible que el Estado le garantice su seguridad a cada ciudadano. En este punto, además de aceptar que Proudhon tenía razón, y que el contractualismo como forma de justificación de la existencia del Estado es incoherente, ¿qué se puede hacer?

Personalmente, no lo sé. Pero sí estoy seguro de lo que no hay que seguir haciendo. El asesinato de Fernando Báez Sosa llevó agua para el molino de todos: los de izquierda piensan que fue consecuencia del abuso y la impunidad de las clases altas sobre las bajas (porque para Marx el capital es la explicación de todos los problemas); los de derecha piensan que la culpa la tienen las leyes "blandas" (porque,para la derecha,la anomia es la madre de todos los males); y las feministas afirman que es una víctima del patriarcado (porque para las feministas el patriarcado es la explicación de todos sus problemas). Pero las feministas no tienen reparos en pedir castigos sociales para quienes están amparados por el principio de inocencia; los de izquierda piensan que al capitalismo hay que derrocarlo mediante una revolución violenta; y los de derecha quieren que otros (las fuerzas de seguridad o los jueces) hagan el trabajo sucio por ellos. Tengo la seguridad de que el problema está en no ver más allá de las recetas que cada uno predica desde la dialéctica que propone; las mismas que ya nos han demostrado no servir. Tal vez el problema sea la tendencia a pensar todo en términos hegelianos; tal vez necesitamos salir de la ficción de que, a partir de la violencia, se generará una antítesis a la violencia; porque, mientras sigamos necesitando la violencia para sobrevivir en este mundo, nunca la extirparemos de nuestra naturaleza.