La política busca un lugar. Desde el ágora de Atenas hasta la Plaza de Mayo, la expresión de la gente se organiza en torno de una representación física. La metáfora del espacio público está construida como un hábitat en donde la manifestación colectiva organiza las voces de las mayorías, sobre problemas reales. Sitios que se pueblan cuando se trata de celebraciones o que ofrecen el escenario para organizar el descontento. Esquinas en donde dos se juntan, paredes que testimonian campañas, fuentes que conocieron patas. Baldosas con pañuelos memoriosos y fechas pintadas en el asfalto que impiden el olvido. Estamos hechos de lugares. Que nos representan y nos definen. Que avisan quién sos y dónde estás parado. Habitarlos es mantenerlos vivos, es resistir la mudanza definitiva a los no lugares. Cuando creés que la política está en cualquiera, pensás que, físicamente, acá no está.

Esta semana discutimos lo de siempre. Si lo que el reclamo visibiliza nos incomoda debe salir rápido de escena. Por eso la calle es de todos y el piquete no es de nadie. Los cortes, que ponen a prueba la resistencia doctrinaria del progresista, convierten a cualquier taxista en Bolsonaro y enmarcan la tibieza de quienes comparten fondo pero no modo, son una prueba de que los problemas de los lugares no se solucionan en no lugares. Entre sommelieres de protestas, apologistas de incomprobables paros a la japonesa y analistas que son capaces de encontrar en una cubierta quemada las diferencias entre Argentina y Suiza (¡a favor de Suiza, eh!), están los dirigentes. Con su juego de realidad virtual, corriéndose por derecha, hámsters en ruedas, confundiendo a la comunidad virtual con un grupo de vecinos digitales. Y están, también, los que cortan y te recuerdan que hay problemas que no soluciona Twitter y que un plan es, al mismo tiempo, derecho y vergüenza. Esos que no quisiste ver y que te hicieron un delivery de su conflicto. El piquete es un lugar y el dilema del derecho a habitarlo pone a la política en un no lugar sin solución.

Un TikTok en una parrilla

Marc Auge "inventó" los no lugares. Antropología del aquí y ahora. La tesis es simple: el espacio se vuelve lugar por las relaciones que se dan en él. Son tres: identitarias, históricas y relacionales. Y surgen de la vinculación del sujeto con el territorio. Las identitarias nos permiten adivinar en la geografía algún rasgo que explique de que estás hecho ("tu casa, la vereda y el zanjón"). Las relacionales vinculan el territorio con las actividades que, con otros, ejecutamos en él ("al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver"). Las históricas explican, en las características del territorio que habitás, tu propia identidad ("yo soy hincha de Boca, no me cabe ninguna").

Si un espacio te brinda origen, recuerdos o identidad es tu lugar. Sino, es tu no lugar, y también se habita, pero no deja marca. El lugar son las funciones que en él se desarrollan. Quien pone una carpa en una avenida no está acampando y el que pasa la noche en un cajero no está durmiendo. Los que cortan una calle no impiden el tránsito: protestan. Acampar, dormir y circular son derechos de otros. Es raro pedir que te los respete quien está ahí peleando por los que no tiene.

Lo virtual también es real, y ese es el argumento de los no lugares para reclamar convivencia con lo material concreto. Estamos en clase y miramos el celular o vamos a la cancha y chusmeamos Twitter para confirmar lo que vimos. Somos uno, pero en dos realidades. También los dirigentes y las instituciones encuentran en ese hábitat algunas prácticas, como sobreactuar las expresiones radicalizadas y suponer que lo que dice la red es vox populi. Cuando la comunicación política no diferencia lo material de lo virtual te genera el mismo "cringe" que ver a alguien tirando una coreo en una parrilla al paso. Y el mismo riesgo. En TikTok es gracioso, pero si lo tenés adelante puede ser una tragedia. Cuando lo territorial, y sus problemáticas, toma por asalto los lugares de otro, la gestión política se transforma en un no lugar. Una virtualidad sin tema, identidad, origen y recuerdos. Un espacio sin huella.

La sobrerrepresentación del debate entre progresismo y derecha es el no lugar de la política argentina. El coqueteo con esta teorización globalista comenzó de manera virtuosa y en momentos expansivos. La elección del 2007 representó, entre otras audacias, la ambición intelectual de Cristina Fernández de Kirchner de expresar las diferencias sociales con dos categorías, la centroizquierda, expresada en la transversalidad con Cobos, y la centroderecha, representada por la política conservadora más el ancla de las corporaciones. Los habitantes de antinomias territoriales, como unitarios y federales o centro y periferia, debían actualizar el software para adaptar su discusión a lo que proponía la política 2.0. En la práctica, y en perspectiva, esas categorías discursivas encarnan en vacío porque no lograron expresar las realidades de cada territorio.

Es verdad que la holgura de ese proceso electoral permitía arriesgar con cualquier marco teórico. Ese viaje de egresados ideológico que fue la discusión entre centroizquierda y centroderecha dejó instalado en la política argentina un modelo abstracto inscripto en un debate transnacional, en el que iban a convivir derechos de tercera generación con un 50% de la población sin cloacas. En este tránsito, el peronismo como expresión política, perdió su diferencial: la capacidad de hacer, de su sensibilidad para la interpretación de las problemáticas territoriales, un lugar político.

Esa división generó un peronismo de gestión y otro de territorio, como expresión de no lugares y lugares. En una maldición digna de los Hermanos Grimm, un sector representado por intendentes y dirigentes sociales está condenado a poner los votos y exponer los problemas sin conquistar los cargos ni obtener soluciones. Perder la calle es dejar de contar con la capacidad de entender las demandas en tiempo real, es alejarte del insumo sobre el cual gestionás y es enemistarte con el único que espera algo de vos. Alinearte con quienes pretenden ordenarla a costa de su desalojo es atacar el síntoma, privilegiando la circulación al hábitat. Es tratar de resolver problemas de lugares con estrategias de no lugares.

La calle es su lugar

Si el territorio cuenta, y nadie escucha, la calle es su lugar. Los números muestran que, en el deterioro general de la imagen de la política, son los intendentes los que menos sufren los embates de la consideración negativa, los que más cercanos se ubican como modelo de gestión y los que se encuentran a resguardo de la crítica ciudadana. La generalización de esta regla nos permite no pensar en las particularidades de un nombre o un partido y concentrarnos en un rol. Son quienes preservan la necesaria unión de los problemas reales con la política hecha en lugares.

La política de los no lugares se expresa en la virtualidad. Subordina las expresiones locales a las problemáticas generales, creando un concepto de comunidad que se une por el reclamo. Si las expresiones outsiders de la neoderecha engloban a un empleado bancario en Corrientes, a un repartidor de Rappi en CABA y a una maestra en Mendoza es porque el territorio está dejando de contar. Recuperar el lugar, para la política, no es solo un tema de autoridad institucional, es la necesidad de responder con diversidad territorial a la pretendida homogeneización del electorado. Una calle cortada me da la información que una calle vacía me oculta. Recuperar la circulación es la consecuencia, y no la causa, de volver a ocupar el lugar que la política necesita.

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Santiago Aragon

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