La cena que ofreció el martes el Presidente a un cuarteto de CEOs de importantes multinacionales contrastó notoriamente con la cumbre a la que había convocado, exactamente un mes atrás, a un grupo también selecto de dueños argentinos de grandes compañías. Aquella vez, en la Casa Rosada, las cabezas de familias como Bulgheroni, Eurnekian, Mindlin y Madanes se habían sentado a almorzar frente a Alberto Fernández, Juan Manzur, Sergio Massa y Wado De Pedro. Un paisano de cada pueblo. En Olivos, en cambio, el anfitrión solo estuvo acompañado por su ministro de Economía, Martín Guzmán.

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La diferencia, para nada trivial en vísperas de unos comicios que prometen terminar de rebalancear el poder al interior del oficialismo y cristalizar su debilitamiento frente a la oposición, no se les escapó a los ejecutivos convidados, cuidadosamente elegidos por la ubicación de las casas matrices a las que reportan y el sector de la economía al que pertenecen. A lo largo de las cuatro horas que duró la comida, todos mencionaron al menos una vez el elefante en la habitación: las diferencias internas en el Frente y las posibles objeciones que podrían surgir en otras de sus vertientes al plan "market-friendly" que esbozó allí Alberto Fernández. Rompió el hielo el histriónico Antonio Aracre, de la semillera Syngenta, pero más tarde volvieron sobre el asunto Daniel Herrero, de Toyota, Sergio Kaufman, de Accenture, y Laura Barnator, de Unilever.

"¿Este plan tiene consenso interno o después hay que buscar otra negociación más?", inquirió Aracre. La respuesta del jefe de Estado fue tajante, según confirmaron a BAE Negocios dos de los presentes: "La gente cree que Cristina tiene más poder que el que tiene".

La pregunta de los CEOs resulta más que pertinente después del durísimo balance de la vicepresidenta en su carta abierta de aquel jueves fatídico. Y fue engordando en el feedlot del silencio público que mantuvo Cristina Fernández de Kirchner en los dos meses que transcurrieron desde esa semana al borde del abismo institucional tras la derrota en las PASO, solo interrumpido por aquel discurso del 16 de octubre en la ex ESMA para los militantes de La Cámpora. Fue en ese acto donde se estrenó el cántico sobre la melodía de "Inocente", de La Delio Valdez, con el que la agrupación que lidera Máximo Kirchner advertía que "esa deuda que dejaron / no la vamos a pagar" porque "con el hambre / de la gente / no se jode nunca más".

Lo que les prometió el Presidente el martes a los ejecutivos de las multis y hace un mes a los dueños argentinos es exactamente lo contrario.

Confesiones

El festival del eufemismo con el que Alberto Fernández y Martín Guzmán procuran venderle primero a su propia coalición y luego al país entero el pacto con el Fondo Monetario promete entrar en temporada alta el lunes próximo, cuando las negociaciones con Washington se conviertan en el eje central de la gestión, ya superada la campaña. Con un "no" rotundo al pedido de un plazo mayor a 10 años para pagar la deuda que tomó Mauricio Macri y con malas señales respecto de su reclamo para que el Fondo renuncie a cobrar sus sobretasas de interés, Guzmán optó por enfocarse en el ajuste fiscal que le exige Kristalina Georgieva para esa refinanciación, un tabú para cualquier peronista pero especialmente para uno que conoce al dedillo sus efectos recesivos, que la primera mitad de este año volvió a confirmar.

El sinónimo que encontró para aludirlo sin nombrarlo es "convergencia fiscal". La negociación de ese ajuste, que el representante argentino en el board Sergio Chodos admitió recién esta semana que estaba sobre la mesa, fue uno de los temas sobre los que el Presidente se explayó en la cena del martes. Los ejecutivos presentes, igual de interesados que Alberto, Cristina y los demás cuotapartistas del Frente en que no se ahogue el fuerte rebote post-pandemia de la economía real (al menos la formal), eligieron sumergirse en ese metaverso y entregarse a la fantasía armonicista de que esa contracción del gasto y sus consecuencias sociales transcurrirán sin conflicto. "Parece que si mostramos un frente interno unificado tenemos una chance de que el Fondo afloje un poco, al menos en el sendero fiscal", se entusiasmó ante BAE Negocios uno de ellos.

Según los números que compartió con los CEOs, Guzmán aspira a que su aliada Georgieva lo ayude a ablandar las exigencias del staff, que quiere déficit cero desde el año próximo y superávit creciente de ahí en adelante para empezar a cobrar en 2026 los U$S 45 mil millones pendientes. Para este año, el FMI calcula que habrá un déficit primario antes de obra pública del orden del 1,5% del PBI y que ese rojo se estirará al 2,5% del PBI si se incluye el gasto de capital. Lo que el jefe de Economía aspira a conseguir es que en 2022 Kristalina tolere un rojo del 0,7% del PBI (1,5% con obra pública) y que en 2023 todavía sostenga la refinanciación aun con algo de déficit.

Claro que la posición negociadora argentina es mucho menos ventajosa que en diciembre de 2019, cuando el FdT venía de imponerse en primera vuelta frente a un candidato a la reelección que todavía aglutinaba tras de sí al grueso del empresariado, la Justicia, los medios de comunicación y las embajadas extranjeras. Las advertencias de Alejandro Werner ("qué se puede esperar de estos tipos"), el desdén de Julie Kozak (mucho más fría que el año pasado, incluso con Chodos) y el debilitamiento de Georgieva frente al ala dura del staff tampoco ayudan.

La esperanza que transmitió Massa en charlas privadas a otros empresarios es que sea Joe Biden quien incline la balanza a favor. "Hasta ahora hablaron los técnicos", les dijo, enigmático.

Etapas

El riesgo de un brote de conflictividad social como los que estallaron en varios países latinoamericanos en los últimos tres años es soslayado por el poder político con la misma candidez con la que todos descartaban la derrota en las PASO por el solo hecho de que el peronismo estaba unido. La red de contención que edificaron el kirchnerismo y las organizaciones sociales distinguen claramente la olla a presión actual de la de 20 años atrás, pero los indicadores de pobreza e indigencia son similares. Y ahora, con más población, esos mismos porcentajes afectan a mucha más gente.

La pérdida de poder adquisitivo de los salarios, que ya lleva cuatro años consecutivos, es mucho más severa que la de entonces. Lo muestran los cálculos de Mariana González, del CIFRA-CTA: mientras entre el Tequila y 2001 la participación de los sueldos en el ingreso apenas bajó del 40% al 35% y luego volvió al 40%, ahora viene de desplomarse en seis años del 52% al 40%.

Ese conflicto distributivo es lo que asoma tras las expectativas de devaluación que avivó la inminencia de las elecciones. En otro contexto pero ante una disyuntiva similar lo advertía en agosto de 2008 un entonces casi ignoto Axel Kicillof, recién doctorado y todavía distante del kirchnerismo, en un breve texto titulado "el fin de la etapa rosa".

"La política económica basada casi exclusivamente en el tipo de cambio tuvo indudablemente buenos resultados en términos de crecimiento. Pero su etapa rosa está llegando a su fin. Los aumentos de precios fueron limando la competitividad y los beneficios de la protección, porque con una paridad fija reducen el tipo de cambio real. Peor aún, aunque el empleo se expandió, los salarios no lograron siquiera superar, en términos reales, el techo de la década de 1990. En la actual discusión, la ortodoxia atribuye todas las dificultades a la intervención del Estado y reclama enfriar la economía a través de la contracción del crédito, del gasto público y de los salarios. Se equivocan. A todas luces es necesario trascender la simple receta del dólar caro, pero para convertir al crecimiento actual en un verdadero proceso de reindustrialización".

Era un debate tenso pero doméstico. Esta vez, sin la espalda financiera ni la imaginación política necesarias para crear otros metaversos, la decisión final se va a tomar en Washington.

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