En uno de los tantos brindis por Año Nuevo en los que participó, ante un grupo de militantes y funcionarios que lo fue a visitar a Olivos, Alberto Fernández se sinceró:

- A mí la sociedad ya me asoció a la pandemia. Soy el presidente de la pandemia. Es algo que lamento profundamente pero que ya no puedo revertir.

Fue apenas un mes antes de que, a caballo del pacto con el Fondo, el albertismo nonato volviera a asomar la cabeza fuera del útero para soñar a su líder reelecto en 2023. Un anhelo prematuro que en medio de la euforia se le escapó a Miguel Pesce en un reportaje con el diario Perfil, pero que en la intimidad comparten -pese a varias internas cruzadas entre sí- Gabriel Katopodis, Juan Zabaleta, Santiago Cafiero, Gustavo Beliz, Mercedes Marcó del Pont, Martín Guzmán y Matías Kulfas.

Fernández también se animó en aquel brindis de Olivos a una autosatisfactoria comparación que en 2020 llegaron a regalarle incluso opositores como Mario Negri y que durante el segundo año de la pandemia volvió pero irónicamente: “Le pasó a (Winston) Churchill. Ganó la guerra y después perdió las elecciones. ¿Por qué? Porque los ingleses lo asociaban a la guerra”.

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Cristina Kirchner no cree que su elegido para encabezar la fórmula presidencial en 2019 se parezca en nada al premier británico que acaudilló el combate al nazismo en el frente occidental mientras el Ejército Rojo ganaba la guerra del otro lado de Europa. Tampoco lo imagina reelecto. No planea renunciar al cargo de vicepresidenta pero no cree que el pacto con el FMI sea la decisión correcta. Y aunque todos hicieron señas falsas como en el truco, avaló con su silencio la renuncia de su hijo a la jefatura de la bancada del Frente de Todos, cuya unidad se convirtió ahora en la gran incógnita política de 2022.

La tirria entre los dos sectores no podría escalar más. La última discusión de Máximo con Alberto, el miércoles de la semana pasada, tuvo un tramo especialmente tenso. El entonces todavía jefe de bloque acababa de escuchar las razones por las que el Presidente quería anunciar el acuerdo en simultáneo con el pago, el mismo viernes, como le había aconsejado Pesce que lo hiciera para no navegar sin un solo dólar en las reservas un febrero siempre hostil por motivos estacionales. Le preguntó entonces si no se daba cuenta de que al acercarse al Fondo estaba auspiciando un consenso social para el ajuste como el que reclamó Horacio Rodríguez Larreta en octubre pasado, ante los gerentes de IDEA, como una especie de condición para candidatearse a las presidenciales de 2023. El alcalde porteño había dicho en ese coloquio que no aspira “a llegar al 70% de los votos, porque eso tampoco es bueno para el equilibrio democrático”, sino a “convocar al resto que represente el 70% del sistema” a un pacto similar a “a los que hicieron Chile y España para la salida de la dictadura y el franquismo".

 Para Máximo Kirchner lo que prohija el jefe comunal es más una corriente social que de una lista electoral, parecida al aluvión de descontento que terminó por desbancar a Mauricio Macri en primera vuelta en 2019 pese a los múltiples apoyos que supo conseguir, desde Washington hasta Comodoro Py. Representaría una especie de Frente de Todos a la inversa: todos menos el kirchnerismo. “Él quiere su Moncloa, acá le vas a dar vos su Moncloa”, le reprochó a Fernández. La charla no terminó bien.

Reformistas resignados

La pregunta es qué pasa si el plan apadrinado por el Fondo termina bien, como el equipo económico intenta convencerse de que esta vez sí ocurrirá. Qué pasa en caso de que la economía crezca por encima del 5% y redondee dos años consecutivos de expansión por primera vez en una década. ¿Ganaría Alberto la guerra con Cristina pero después perdería las elecciones con Larreta? ¿Aceptaría Sergio Massa no ser quien encabece la lista “moderada” en una eventual PASO del oficialismo? ¿Por quién se inclinaría Juan González, el hombre de Joe Biden para América latina? ¿Podría Máximo anotarse como candidato del otro sector después de los términos de su carta de renuncia? ¿Se sostendría la alternancia de “ciclos cortos” en un clima de paz social aunque no se revierta la violenta desigualdad que signó a al rebote post-pandemia del 2021?

Para responder faltan más detalles que los anunciados el viernes. Primero, dónde se van a generar los recursos para recortar el déficit primario del 3,7% del PBI registrado en 2021 al 2,5% del PBI este año. Especialmente porque el Presupuesto 2022, que rebotó en Diputados en diciembre, fijaba un 3,3%. En su conferencia de prensa, Guzmán le respondió a Alejandro Rebossio que ese 0,8% saldría de la recaudación adicional por el crecimiento que tuvo la actividad desde la redacción del proyecto, a mediados de septiembre. Pero aquel proyecto preveía para este año un crecimiento del 4%, igual que el preacuerdo con el Fondo.

Por otra parte, si bien en 2021 se redujo el déficit primario a la mitad sin necesidad de recortar en términos reales el gasto, eso ocurrió por un rebote extraordinario del 10%. Ahora el anhelo oficial es conseguir apenas algo más que el arrastre estadístico del 3%. La recaudación trepó en 2021 un 66%, muy por arriba de la inflación. Pero además en 2022 no habrá Aporte de las Grandes Fortunas ni aumento de la alícuota de Bienes Personales.

El principal ajuste que exige el FMI, en realidad, y sobre el que su número dos Gita Gopinath hizo especial hincapié, es en los subsidios a la energía, que el año pasado insumieron la friolera de U$S 10.700 millones, un 70% más (en divisas) que en 2020. En contraste con ese salto, según cálculos del director del Banco Nación Claudio Lozano, la partida que destinó el Tesoro al rubro jubilaciones y pensiones fue en 2021 un 6% menor que en 2020 (descontada la inflación) y un 21,6% menor que en 2017. Pero los subsidios no son tan fáciles de desarmar. El consultor Nicolás Arceo, antigua mano derecha de Kicillof para temas energéticos, advierte a las empresas del rubro que cinco factores atentan contra ese objetivo: la suba del dólar, el crecimiento del PBI, la suba de los precios internacionales (el barril de crudo en su pico desde 2014 y el metro cúbico de gas en récord histórico), la declinante extracción de gas en Bolivia y la crisis hídrica que afecta a las represas.

El mismísimo subscretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, lo comprobó en carne propia ayer: el kirchnerista que se amotinó contra todas las subas que quiso empujar Guzmán debió firmar un cheque por U$S 550 millones para importar 18 cargamentos de gasoil que mantendrán en marcha las usinas térmicas a tope mientras sigan flaqueando Yacyretá, Salto Grande y las provisiones de gas boliviano. Casi el vencimiento del viernes pasado con el FMI. Y según Arceo, que las subvenciones se reduzcan como pide el FMI en el primer año habría que aumentar las tarifas más del doble de la inflación.

 Su nuevo ataque de ira contra La Cámpora reavivó el reproche de los albertistas por esta cuestión clave. “Resulta que nosotros somos los ajustadores porque salimos a tuitear a favor del único acuerdo posible con el Fondo y estos son los revolucionarios aunque les subsidien la luz a los ricos y tengan 40 departamentos”, espetó uno de los economistas que apuestan por la reelección. “Hace un año y medio que tendrían que tener la segmentación”, cuestionó otro en su despacho con ventilación cruzada y vista a la Plaza de Mayo.

Vencedores y vencimientos

Con casi nulo margen para negociar después de haber anunciado el preacuerdo, Guzmán y Sergio Chodos tienen por delante la faena de organizar los desembolsos del nuevo programa de Facilidades Extendidas de modo que condicionen lo menos posible a Fernández en lo que queda de su mandato. Entre el mes que viene y julio de 2024 habrá que pagar treinta y siete vencimientos de capital de los cinco tramos de préstamos recibidos por Macri, cada uno de los cuales se va a cubrir con un nuevo préstamo del Fondo.

Tal como precisó ayer el Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE), un centro de estudios heterodoxo con base en Rosario, “se trata de una refinanciación potencial pero no asegurada para esos treinta y siete vencimientos de capital”. En otras palabras: los contratos vigentes no se dan de baja sino que mediante un nuevo contrato, con vencimientos desde 2025 según Chodos, el FMI se compromete -si Argentina cumpla las metas- a otorgar un nuevo préstamo de monto similar por cada uno de esos vencimientos.

La evaluación anual de las revisiones trimestrales podría condicionar el otorgamiento de las nuevas financiaciones, según el informe del MATE. “Eso deja abierta la posibilidad de ratificación de los vencimientos originales, es decir, de una vuelta al acuerdo de 2018”. El país a tiro de default permanente, como exclamó en la intimidad de su hogar la vice cuando Guzmán le explicó lo que había podido negociar. La soga al cuello, como comparó más gráfico el propio Presidente. O una nueva oportunidad para que el Fondo (y la Casa Blanca, apenas a dos cuadras de distancia) se convierta en el gran elector de 2023.

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Alejandro Bercovich

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