Fuego en las calles de París. Catalanes en Madrid. Brexit sin salida. Donald Trump queriendo desplazar a la muralla china del Guinness. Cambio climático. Venezuela. Nueva Zelanda. África. Y encima Netflix quiere hacer una serie de Cien Años de Soledad.

El mundo está en un laberinto. Mejor es asumir que el mundo "es" un laberinto.

Es un lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar la salida; o una cosa confusa y enredada. La RAE dixit.

También es esa parte del oído cuya afección genera vértigo, mareos, náuseas y perdida del equilibrio.

Una tendencia humana la de meterse en el laberinto, muchas veces sin salida. Un recorrido cuyo único valor es el tiempo que se pierde en equivocarse en cada intento.

Las convulsiones a las que estamos acostumbrados en nuestro país, a pesar de todo, nos siguen mostrando un mundo terrible en el que el terrorismo, el nazismo y las guerras tibias (comerciales) no parecen tener salida. La perdida de equilibrio de las viejas potencias y su influencia en cada bloque, dejan paso a una amenaza de quebranto (social y patrimonial) de los antiguos aliados. Todo muy lejano.

En un año electoral, no parece importar ni a la opinión pública ni a los desacertadores, perdón, encuestadores, en cuanto influyen en la decisión del voto las cuestiones internacionales, el cambio climático, las estrategias ante las guerras tibias y el avance tecnológico. Se está circunscribiendo la discusión a inflación versus corrupción.

Demasiado corto el lenguaje, demasiado fuertes las imágenes (infinitamente repetidas).

Demasiada borgiana nuestra realidad como para entenderla en una primera lectura.

Tiempo de reflexión, memoria y visión internacional. Eso nos falta.