El peronismo, en on, es poderoso. Despliega recursos visuales, metáforas, multitudes. Se refresca las patas en la fuente, te hace flotar un Siam Di Tella y convierte un balcón en el púlpito del pueblo. Su capacidad retórica cuenta como uno de los activos del movimiento nacional. Los gestos son síntomas. El encuentro por el centenario de YPF fue la posibilidad de la coalición gobernante de dar señales de vida. Una retórica de la tensión expresada por Cristina en la exhortación de usar la lapicera como metáfora del ejercicio del poder. Una, superior, de la unidad, en las manos estrechadas de la vice y del Presidente, dándole vida al escudo. De todos los mensajes que el peronismo encarna, la unidad es el más poderoso, ya que posibilita al resto.

El peronismo, en off, resiste. El Decreto 4.161, quizás la infamia más ineficiente de la historia, lo obligó a desplegarse entre las flores celestes de "nomeolvides" y las apelaciones al "quetejedi" para burlar la imposibilidad de nombrar a Perón. La comunicación del Gobierno ha convertido al on y al off en metáforas. De la relación hacia el interior de la coalición y del modo de exhibir las diferencias, ante el público y a los medios. El affaire Kulfas, y su gacetilla camuflada, expone una vez más a un Alberto que parece el fusible de sus ministros. Visibiliza una descomposición que había abandonado la agenda y sepulta una expectativa, a horas de haberse gestado. Un gobierno que, otra vez, comunica en on y se desmiente en off.

Habitar el desacuerdo

El Frente de Todos construyó, en el acto de YPF, doce horas de tregua. Entre lapiceras y manos ofrecidas, puso en escena y en sucesivo, la tensión y la unidad. Visibilizar las diferencias, con los actores presentes, delimita el conflicto y lo aleja de la guerra. Decir las razones de nuestras diferencias es, también, desacreditar los rumores. Cuando se agota la información se acaba el escándalo. Sobre esas premisas, el Gobierno evaluó positivamente el acto y sus gestos. Lo de Kulfas fue un crimen de guerra sobre la frágil paz edificada. En un derrotero que desbloqueó un nuevo nivel de "sobre llovido mojado", el flamante ex ministro le brindó a la opinión pública una acusación disfrazada de desacuerdo, una peregrinación de autopercibida épica para entregar su renuncia y un texto que, si hubiese tenido la capacidad de ponerlo en palabras durante su gestión, hubiese permitido el debate, cuando todavía servía para algo. Con la paradoja de una actitud celebrada en off y repudiada en on, el ministro dilapidó el esfuerzo público por enmarcar las diferencias en el paraguas de "la unidad".

Solo hay una cosa que peor que Cristina diciendo algo porque está enojada: Cristina no diciéndolo

El off es un recurso que te permite visibilizar, previo acuerdo de anonimato (tácito), algunos datos que no podés atribuirte. El off no tiene contraindicaciones de uso. Si la información se parece a lo que acabás de decir en público, atenta contra el proyecto que integrás y compromete la estrategia de tu jefe, vos no tenés un problema con el off, tenés un problema con la política. El mensaje de Kulfas pega en la línea de flotación de la gestión Fernández, poniéndolo a la ofensiva. Este "¿viste que tenía razón?" de Cristina, posibilitado por la acusación del ministro, la habilita a certificar cada una de las sospechas precedentes y posteriores.

El reclamo del kirchnerismo de saber cuántos Kulfas aún no han sido descubiertos le brinda un oxígeno de legitimidad dado por el hecho de que, aún en el error, "la jefa del on" no disfraza lo que piensa. La aceptación de la renuncia por parte de Alberto Fernández tiene una carga simbólica. Primero, que el límite del "bancar" es la acción que atenta contra los intereses del proyecto. Además, la voluntad de consolidar el escenario conseguido en Tecnópolis. Finalmente, que, si tus diferencias son tan irreductibles como para sacarlas a la luz, pero no tan legítimas como para suscribirlas, hagas política con la tuya y no con piel prestada. La incógnita es si la salida de Kulfas detiene la hemorragia y devuelve la foto del viernes o si la crisis del sábado es el punto de no retorno.

La decisión de asistir al encuentro con Cristina representó un paso al frente para Alberto. Si no podemos evitar la controversia, formalicémosla con su exhibición. Solo hay una cosa que peor que Cristina diciendo algo porque está enojada: Cristina no diciéndolo. Compartir la mesa es invitarla a poner el malestar en palabras. Ese punto de partida le permitió la legitimidad de habitar el desacuerdo como un par. Un escenario en el que, a falta de win-win, ninguno de los dos perdía: ella reivindicada en lo que reclama y él en lo que resiste. La neutralización de la "amenaza" Cristina representa para Alberto una condición primaria. Para revertir su rol de accionista minoritario en la coalición que garantiza su propio gobierno, el Presidente debe gestionar apoyos por fuera de los límites de su espacio. Sin garantizar que esos vínculos están a salvo de las acusaciones y del escarnio público que puede significar tener al kirchnerismo herido dentro de la propia estructura, esas sociedades son imposibles. Nadie correría el riesgo. Kulfas, en un mensaje de WhatsApp, revivió todos los fantasmas, internos y para con terceros, que le imposibilitan a Alberto salir a buscar aliados más allá de los límites del Frente de Todos.

El reclamo del kirchnerismo es saber "cuántos  Kulfas" hay en el Gobierno 

La crisis del off con más filiación de la historia une a los Fernández en un punto impensado. Como destinatarios del hartazgo de un sector social que repudia el grado de representación que la interna tiene en la agenda de gobierno comparado con otras problemáticas. Esta censura por asfixia, en la que el escándalo de hoy será olvidado por el próximo, a la vez que nos hace relativizar el anterior, hace que el peronismo estrene una victimización desconocida en su historia: la del morbo. Esa extraña fascinación con la que el neutral se acerca a la descomposición ajena.

El fin de la responsabilidad

Lejos del esplendor de la retórica del campo nacional, con sus octubres y sus multitudes, a la coalición de gobierno le quedan, como relato, algunas metáforas más de uso corriente. Levemente corregidas, todavía sirven la de los gatos que cuando parecen que se están peleando es porque lo están haciendo, la del pirómano que prendiendo fuego la viruta no arriesga la carpintería porque ya la había incendiado antes y la del declarante al que, en off, le tenés que rogar (no se puede poner pegar) una vez para que hable y en on, y renunciado, otras cien para que se calle.

Ninguna de las tres imágenes que nos regala la cultura popular es más poderosa que la que nos ofrece la mitología griega. Un Alberto convertido en Sísifo, empujando cada tarde como castigo la piedra de la unidad para que a la noche cualquier desgracia los arrastre cuesta abajo en la rodada. Al Presidente ya no le alcanza con la simbología de la responsabilidad. No ceder a la tentación de la ruptura del Frente de Todos, hoy, no significa nada. Propios y extraños saben que no se puede romper lo que ya no existe.

El desafío es reponer, en formas de reglas de convivencia, lo que el peronismo ha perdido como metáfora de unidad. Hoy, con 500 días por delante, en el Gobierno conviven dos relatos y un conflicto: que en on o en off cada parte identifica como enemigo a su socio de gestión. Probemos la versión A: "Si no logramos transformar es porque ellos no dieron la pelea contra los sectores concentrados, porque en el fondo son lo mismo". Ahora la versión B: "Tenemos más cuestionamientos de adentro que de afuera; si ponen tantos palos en la rueda, ¿por qué no renuncian y listo?". Cualquiera de las dos opciones representan el "Había una vez" del relato del Día Después, cuando empiezan a sonar los acordes de la canción que sabemos todos: que el poder después del poder, tal vez, no se parezca a un rayo de sol.

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Santiago Aragon

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