"La humanidad necesita para vivir mitos y mentiras"

Fernando Vallejo

El orden imaginado es un concepto que implica muchos de los preceptos que presentamos en la sociedad que están basados en los sistemas de creencias, aunque desconozcamos su origen. Este origen propuesto por el historiador Yuval Harari permitiría agrupar a miles de millones de personas bajo un mito imaginario: patria, dios o emprendimiento.

El homo sapiens está preparado instintivamente para organizar grupos no mayores a 200 personas; sin embargo, hemos "bypaseado" la evolución y creado conceptos ideatorios construidos en los sistemas de creencias que permiten realizar "redes de cooperación en masas", que sustentan idear preceptos patrióticos, religiosos, deportivos, empresariales u otros sistemas de identificación tribal masiva. Todo basado en lo que creemos.

Los sistemas de creencias producen la expectativa de confianza e impactan sobre la función emocional, racional y corporal de las personas. Se generan sobre alguna idea; es decir, creer en algo o, por lo contrario, la idea negativa, como por ejemplo no creer que un medicamento será efectivo. Este sistema puede generarse sobre algo visible o también sobre cuestiones no observables. Funciona especialmente a través del núcleo cerebral amigdalino, que abre la emoción inconsciente y del lóbulo prefrontal, que permite concientizar las creencias.

Regulador de conciencia

Existe un sistema regulador de la conciencia que controla la información que llega al cerebro, tanto sensorial como de pensamientos internos, otorgando criterios de realidad o no. Es decir, diciendo si en lo que creemos, más allá de la subjetividad entra dentro del rango de lo aceptable para nuestra cultura y sociedad.

En los sistemas de creencia existen dos procesos claves: el del placebo y el de la religiosidad. El placebo es creer (pensar y sentir) que un aplicación sobre el cuerpo puede ser efectivos o no (medicamento, cirugía, droga etcétera). El sentimiento religioso implica la creencia sobre una existencia mística (podrían ser otras cuestiones metafísicas como vida en otros mundos, el mal de ojo o la existencia después de la muerte). Estas creencias implican ideas no comprobables con un método empírico. Más allá de cualquier conclusión racional, la persona se aferra a través de su sistema de creencias al efecto emocional, sea de una idea religiosa o de un placebo.

La ausencia del objeto de creencia puede generar una situación de mucha ansiedad y angustia, ya sea no tomar un medicamento o no asistir a un oficio obligatorio para un religioso, generándose una especie de síndrome de abstinencia, con una respuesta cerebral (la ínsula cerebral es el componente sustancial de la abstinencia). La ansiedad abstinente se calma devolviendo al sujeto el objeto de creencia retirado al calmar la falta de lo que desea y se cree. Se produce así la tranquilidad de las zonas cerebrales, que generan la respuesta ante la angustia de la ausencia.

Quizá la religiosidad, como plantea el neurocientífico Francisco Rubia, debería denominarse más correctamente "espiritualidad", ya que la religión sería la "espiritualidad institucional", un constructo social

Neuroteología

Existen neurocientíficos que estudian la influencia neurobiológica de las ideas teológicas, habiendo creado una especie subespecialidad llamada neuroteología, que trata, en general, de no implicarse con los aspectos religiosos en sí sino con el impacto cerebral y corporal que produce la religiosidad, sea cual fuere su origen. Por supuesto que no está exento de discusiones, especialmente en el campo religioso, aunque menos desde la neurociencia como sustrato de investigación.

El psiquiatra Andrew Newberg, de la Universidad de Pensilvania, es uno de los referentes en este tema. Plantea la importancia de los rituales en el entendimiento neurobiológico de la religiosidad, ya que en ellos se observan varios pasos en común en las diferentes religiones. Probablemente se generen al inicio de la toma de decisiones de cooperación masiva.

Quizá la religiosidad, como plantea el neurocientífico Francisco Rubia, debería denominarse más correctamente "espiritualidad", ya que la religión sería la "espiritualidad institucional", un constructo social, un proceso por el cual grupos pequeños de humanos le asignaban cuestiones sobrenaturales a objetos inanimados, o por lo menos desconocidos. Sucesos que no podrían responderse con la simple observación como la muerte, la salida del sol, el fuego, etcétera.

Esta funcionalidad pudo haber servido como instinto para el incremento de los controles de defensa, dado que cualquier objeto inanimado podría ser un peligro potencial. Pero ante el crecimiento poblacional y urbano, esto se fue estructurando e institucionalizando.

Existen varios experimentos psicológicos que muestran que las personas que se lavan antes de emitir una opinión sobre situaciones éticas se vuelven más exigentes, pero también compasivas ante situaciones de vida que deben evaluar. Si estas actividades se realizan en forma grupal, se amplía la perspectiva intersubjetiva. Como si los sistemas nerviosos se conectaran entre sí, lo que probablemente ocurre (por ejemplo, es conocida la sincronización neuronal en espejo que experimentan entre pares dentro de una orquesta).

Existe un clásico e importante trabajo realizado por Jordan Grafman, de la Universidad de Northwestern, que describe la intervención del sector frontal ventromedial como una zona flexibilizadora de los sesgos fundamentalistas. En este sector trabajará la posibilidad de cambiar la tomas de decisiones de ideas prefijadas a través de la flexibilidad cognitiva.

El exagerado sentimiento dogmático, como todos los instintos exacerbados, podría generar problemas graves. Esto puede darse también con funciones básicas, como la alimentación, el temor, la defensa o la sexualidad. Ya en los prehistóricos momentos evolutivos del linaje homo se comienzan a observar los primeros comportamientos subjetivos espirituales, que suceden con la sepultura de los muertos en la Edad de Piedra.

La asociación cooperativa en masa aumenta la metacognición intersubjetiva, basada en la Teoría de la Mente. Conocer al otro podía llevar a asociarse, cooperar y dejarse copiar, ser altruista. O, por lo contrario, evitarlo, rompiendo el lazo social, basado en otra función primitiva: el egoísmo. Altruismo y egoísmo parecerían ser dos estamentos instintivos, reguladores de lo social, ya observados en animales inferiores.

Estas posiciones colaborativas parecieran estar relacionadas con la supervivencia de nuestra especie versus el neandertal, el otro humano que cohabito el mundo con nosotros y que parece haber sido menos sociable, al no conformar o adaptarse a grandes grupos que enfrenten diferentes adversidades y así extinguirse.

Es importante darnos cuenta de que las sociedades cooperadoras sustentadas en un orden imaginario, como sucedió con el homo sapiens, son las que sobreviven. Sería importante que el Occidente capitalista tome conciencia de la importancia del altruismo. Dejarse copiar y cooperar es necesario para la sobrevida de una especie. El capitalismo salvaje y egoísta que aboga el individualismo puede generar productos sociales más graves de lo que se cree.

Harari plantea que desde el código de Hammurabi (escrito 1.700 años ante de Cristo) hasta la declaración de la independencia de Estados Unidos en 1776 tuvieron su base en los dioses correspondientes a su época y se construyen sobre mitos creando el orden imaginado. Este ordenamiento estaría sostenido en los sistemas de creencias, a partir de lo cual se generan cooperaciones multitudinarias, a veces pacíficas y otras bajos sistemas de coerción de los que dirigen cada sistema.

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