Con el diario del lunes y la inflación interanual otra vez arriba del 50%, como cuando Mauricio Macri entregó la banda presidencial, todos y todas en la coalición oficial toman distancia de la gestión económica. Es quizás el único acuerdo extendido en el océano ideológico del Frente de Todos: después de las elecciones habrá caras nuevas en el equipo y un volantazo en las política fiscal, monetaria y tributaria. Lo que falta ver es para qué lado. 

Durante el bimestre de campaña hacia las PASO, el plan sí está definido y ya empezó a ejecutarse: ancla cambiaria y tarifaria, reapertura de paritarias, actualización del salario mínimo, bonos para estatales y jubilados y helicopter money para los sectores más golpeados por la pandemia. Es el resultado de la discusión dura pero discreta que mantuvo Axel Kicillof con Martín Guzmán hasta que el ministro de Economía la expuso públicamente con el intento (fallido) de echar al subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo. Tras bambalinas supervisaba todo Cristina Fernández de Kirchner. 

El problema ahora está en la transición de la heterodoxia “cautelosa” que entre octubre y abril introdujo un ajuste más audaz que el que habría exigido el Fondo Monetario hacia la heterodoxia “a regañadientes” que ejecuta ahora el equipo económico, casi arrastrando los pies. Hay muchos funcionarios que, al margen de si funcionan o no, toman decisiones contra sus convicciones más íntimas. Un ejemplo: el cierre temporario de las exportaciones de carne. Acaso la medida más audaz de los Fernández, con resultados concretos al menos en el corto plazo, porque ya hizo retroceder en junio el precio del ganado en pie y en julio empujó las primeras rebajas en mostradores en más de una década. Y nadie reivindica su paternidad.

No es un problema menor para lo que sigue, porque el riesgo latente es que los precios vuelvan a ganarle la carrera a los ingresos. Ya desechada la pauta inflacionaria y salarial del 29% del Presupuesto, que Guzmán defendió hasta que el pico del 4,8% en marzo se la llevó puesta, el pacto de campaña que alumbró el Frente de Todos fue subir al escalón nominal del 45%. Ahí fueron las primeras paritarias después de la interna (legislativos, PAMI, ANSES) y también las revisiones, como la de Bancarios. Hacia allá se redirigió también el sueldo mínimo, porque el 35% que se iba a dar en siete cuotas hasta marzo se adelantó a septiembre. Pero el 50,2% interanual de ayer volvió a ensombrecerlos. 

Tensiones y retenciones

Lo curioso es que la advertencia provenga ahora del mismo kirchnerismo que le pedía audacia al ministro. “Es muy difícil sostener la carrera nominal con los ingresos por encima de los precios. Más con esta nominalidad altísima que tenemos, que no es el 25% anual de 2015 sino casi el doble. Hay que frenar la inflación al mismo tiempo que se recuperan los ingresos, y para eso hace falta un poco más de acción”, reclamó ante BAE Negocios uno de los economistas a los que más escucha Cristina desde que se desencantó con Guzmán, el verano pasado. 

Ese abanico de profesionales es ecléctico y no se limita al entorno de Kicillof, aunque el gobernador lleve la voz cantante. En temas financieros, por ejemplo, la vice tiene chat abierto con el financista Javier Timerman, hipercrítico de Guzmán. Los consultores de Sergio Massa también dicen lo suyo. Por su despacho en Diputados circulan borradores de leyes que recomienda Martín Redrado para incentivar la desdolarización de argentinos con ahorros en moneda dura y audaces reformas impositivas que redacta Guillermo Mitchell, antiguo asesor de Miguel Pichetto. Esto último para desagrado de Mercedes Marcó del Pont, quien ya tuvo que enderezar la reforma de Ganancias que parió su pluma. 

Para los cuatro meses hasta las elecciones generales de noviembre, tanto kicillofistas como massistas coinciden en la necesidad de una mayor firmeza contra la inflación. Intensificar controles sobre formadores de precios, subir algo la tasa de interés para evitar que los ahorristas se tienten con el dólares blue y mantener el torniquete sobre los dólares paralelos financieros. El frente único se palpa en los hechos: todos apoyaron el apretón conjunto de Miguel Pesce (Banco Central) y Adrián Cosentino (CNV) sobre el dólar bolsa y el “contado con liqui” el fin de semana pasado. Hubo empresarios cercanos al poder -uno activo en Tierra del Fuego, especialmente- que quedaron en la mira por haber adquirido divisas por su propia cuenta y orden en esos mercados, mientras desde su compañía también le reclamaban dólares a Pesce pero al precio oficial.

Sobre qué hacer el día después del 14 de noviembre, en cambio, no hay el mismo nivel de consenso. En La Plata creen inevitable subir retenciones a determinadas exportaciones, no para recaudar sino para frenar el traslado a precios internos de la disparada de las commodities que llevó la inflación en Brasil al 8,4% anual y en Estados Unidos al 5,4%, récord en 13 años. El miércoles, el propio Kicillof se fue de un acto en Lincoln con la sensación de que se lo reclamaban los propios ganaderos del pueblo. “Hagan algo porque todos nuestros insumos están en dólares y nosotros vendemos en pesos”, le dijeron. 

A Augusto Costa le había pasado semanas atrás en una reunión por Zoom con cámaras patronales de la provincia. Una de ellas, la Federación Empresaria de Buenos Aires (FEBA), llevó a un panadero que reclamó que “desacoplen los precios” de la harina y del trigo que se exporta. Un tiempo después, otros 40 agrupamientos Pymes y sectoriales usaron la misma palabra y apuntaron por escrito contra “los que concentran el poder para estipular el valor de nuestros insumos básicos, que son los verdaderos responsables de los aumentos de precios que sufre nuestra población”.

Massa no comulga con la idea de subir retenciones, que tampoco el kirchnerismo sabe si después de los comicios tendrá el aire político para proponer. Pero sí con la de escudriñar los balances de los formadores de precios. Como el plástico que le vende Dow a la industria alimenticia, que aumentó su precio en dólares en plena pandemia. 

No afilien a Kristalina

La descoordinación, claro, no es un invento del Frente de Todos. Los memoriosos recuerdan el metódico rigoreo que ejercía Federico Sturzenegger sobre Vladimir Werning en cada reunión de directorio del Central de los albores del macrismo, donde el ex JP Morgan se sentaba en nombre del ministro Alfonso Prat-Gay. No era porque hubiera grandes diferencias teóricas entre ambos sino porque entendía que esa tensión era natural entre el banquero central y el policymaker fiscal. “Flasheaba Ben Bernanke y terminó colgado de las Lebac”, evoca hoy un consultor. 

Claro que sobre el estruendoso fracaso de las metas de inflación se montó la crisis política que desató el “vamos por todo” macrista de diciembre de 2017 y el abrupto cierre de la canilla de dólares de Wall Street para el expresidente varado en Suiza. Y ahí apareció el FMI, la espada de Damocles de hoy. Que es también el parteaguas interno, porque Cristina no se resigna a aceptar lo que ayer el vocero del Fondo, Gerry Rice, dio como algo inapelable: que la única refinanciación posible es a 10 años y ni uno más. 

La discusión en realidad no es con Kristalina Georgieva sino con la accionista mayoritaria del FMI, Janet Yellen, la secretaria del Tesoro con la que el jefe del Palacio de Hacienda consiguió finalmente una foto en la cumbre de Venecia tras procurarla casi seis meses. Un pésimo augurio en el que pocos repararon fue que en esa foto la flanqueara David Lipton, el número dos de Christine Lagarde cuando se aprobó el rescate a Macri, hoy reciclado como asesor suyo.

Lipton es un viejo lobo del partido demócrata que llegó a encabezar personalmente una virtual intervención de la economía surcoreana durante la crisis asiática de 1997. El salto a la política lo pegó en 1989, cuando voló a Polonia con Jeffrey Sachs para armarle desde las sombras y en un par de días y noches sin dormir el plan económico al partido Solidaridad, que venció al comunismo en ese país mientras se derrumbaba la Unión Soviética. En julio de 2019, con Macri en caída libre, Lipton opinó ante el Financial Times que "la buena noticia es que Argentina implementó las políticas que diseñó en su programa con el Fondo y eso está dando sus frutos". Un mes después el dólar volaba de 45 a 60 pesos y Guido Sandleris anunciaba el supercepo todavía vigente.

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Alejandro Bercovich

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