El método que le dio el éxito, le propinó ayer la derrota. El Frente de Todos, con Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner como actores centrales, confrontó contra Mauricio Macri y su “herencia” política, económica y cultural para marcar el proyecto que los depositó en la Casa Rosada.

Durante casi dos años, con matices, fueron a buscar a las cenizas del gobierno macrista la fortaleza para sostener un cambio en las políticas públicas basado en la centralidad del Estado, la reactivación de la industria, la necesidad de recuperar el empleo y la capacidad salarial, el bienestar de los sectores vulnerables.

Se encontraron con la pandemia, la demanda inagotable de recursos y un electorado poco tolerante a los errores de gestión, de discurso, de fondo y de formas. Apenas iniciado el gobierno del Frente de Todos se instaló el debate de la tensión entre Alberto y Cristina por la ocupación de espacios y la dirección de la administración.

Una Cristina con el discurso de los “funcionarios que no funcionan” y los señalamientos de errores dejó paso, en las últimas semanas, a una dirigente dispuesta a sostener la unidad del espacio, con presencia territorial y cesión de protagonismo al Presidente.

El resultado de las elecciones primarias mostró que la sociedad, en gran parte, está en otra sintonía, con otras preocupaciones, y que no deja pasar el malestar económico y las secuelas de la cuarentena dispuesta por la pandemia y la lenta recuperación de la vida que quiere. Y que mirar en el espejo el pasado, no lo proyecta hacia un futuro luminoso.

En este punto, muchos se preguntan si es hora de un cambio de Gabinete, de un cambio de políticas públicas o de las dos cosas. En la Casa Rosada imaginaron un septiembre con mejor recuperación económica, con mayor avance de la vacunación contra el Covid y con mejor humor social con impacto de mejoras de bolsillo.

Se encontraron con una devolución en forma de votos que debe llevar a una reflexión, ya no para ganar una elección sino para sostener una gestión pública eficaz, cuando aparecen muchos desafíos económicos y sociales de aquí a fin de año.

Y mucho más cerca, un desafío electoral dentro de dos meses, en el que el Gobierno deberá mostrar si puede recuperar la impronta que lo encaramó al poder.

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