Los argentinos todos, más allá del sector social y político al que pertenezcamos, hemos dado una indubitada mostración de madurez y sensibilidad ante la imperiosa necesidad de que todos vivamos en cuarentena. Es más me animo a afirmar que, ante lo sucedido, sería bueno revisar la teoría del gran Alfredo Nino, en cuanto a nuestra inveterada patología social de incurrir en “anomia boba”.

Pues bien, esa meritoria tolerancia social para poder sobrevivir, ha devenido en cuestionamiento y confusión, tanto desde la ciudadanía, cuanto desde los gobernantes, en oportunidad de tratar de articular una alternativa para poder sobrellevar la cuarentena.

Cuestión lógica por cierto, atento el relajamiento que se produce no sólo por el transcurso del tiempo, sino también, por la ausencia de respuestas para un tema, que nadie seriamente puede ofrecernos, no sólo en nuestro país, sino a nivel global.

En paralelo, la pandemia entonces nos marca otro gran desafío que consiste en discernir cómo podremos salirnos de esta brusca frenada institucional y económica que despierta mucha más dudas que certezas.

El Ministro de Salud de la Ciudad, Dr. Fernán Quiroz, hizo su aporte, cuando ante las reiteradas consultas que con notable estoicismo responde desde el inicio de la cuarentena expresó: “Todas las decisiones son dilemáticas: no hay ninguna que haga un bien sin hacer daño. Se dañan nuestras costumbres, economía, salud mental. Hay que tener equilibrio".

Ahora bien, ¿es un dilema o un trilema el que nos plantea el Dr. Quiroz? Veamos.

El economista Rodrick desarrolló el mentado neologismo y lo nominó como “trilema imposible”, al señalar la inviabilidad coetánea de aspirar a la globalización económica, la democracia política y la soberanía nacional. Las tres opciones simultáneas son incompatibles por lo que nos veremos obligados a escoger sólo dos de ellas, en desmedro de la restante, afirmó el economista.

Reconociendo mi temor de pecar de banal, creo que frente a la pandemia, a los respectivos gobiernos Nacional, el de la C.A.B.A. y el de la Provincia de Buenos Aires (jurisdicciones que reconocen los mayores contagios), les asiste el derecho de reconocer que enfrentan un trilema, que es de esperar, no resulte imposible.

El cuadro de situación es obvio:  el aislamiento resulta indispensable,  plantear mecanismos muy limitados de acotamiento también es indispensable, pero a la vez  la necesidad de imponer una alternativa de salida económica (que incluye el potencial default), deviene insoslayable.

La encrucijada, resulta, va de suyo, mucho más grave, que esa suerte de ajedrez geopolítico que interpela a la Unión Europea a partir del Brexit, ejemplificado por Rodrick. El trilema de la pandemia, exige entonces, una praxis política inédita, que se sintetiza en reconocer la existencia de un laberinto sin haber dilucidado, aún, cuál es el hilo de Ariadna al cuál asirnos, para salir de él.

Creo que, como pocas veces, el estado de examen permanente al que se ven sometidos los gobiernos involucrados en el trilema, los obliga a ser mayeúticos, y echar mano –de consuno con la sociedad toda- de Sócrates y su filosofía de poner en duda el saber de quién está a su alrededor, para finalmente concluir que nadie tiene finalmente el conocimiento absoluto, arribando a una suerte de inconclusión, imposible de cerrar o solucionar.

Como vemos, acudir a los expertos es una buena estrategia, pero incompleta, si nos apoyamos en los sabios dichos de Harry S. Truman, al afirmar: “Un experto es alguien que no quiere aprender nada nuevo, porque entonces dejaría de ser un experto”.

Lo bueno en este caso, es que a los expertos convocados por el Ejecutivo Nacional (incluso el voluntarioso Quiroz), no les resulta vergonzante abonar los principios socráticos y afirmar que son más las dudas que las certezas, respecto a los alcances de la meneada pandemia y su trilema que incluye también, va de suyo, la amenaza recurrente del default y sus nefastas consecuencias.

El profesor de Cambridge, Ha-Joon Chang, en su novedoso libro “Economía para el 99% de la población”, ratifica la necesidad de que cualquier enfoque económico puede y debe ser explicado para que todos podamos opinar e intervenir. Quizás dicho consejo, abreva de la afirmación gramsciana, en cuanto “debemos cultivar el pesimismo del intelecto y el optimismo de la voluntad”.

En ese derrotero, ha habido audaces y valientes gestos de distintos sectores involucrados, ofreciendo voluntariosos aportes, para articular políticas de sobrevivir en la pandemia y posteriormente salir de ella.

Hago mía entonces la duda que nos plantea José Nun cuando se pregunta si la sociedad quiere comprometerse en una lucha por la recuperación del estado bienestar sobre la base de un nuevo régimen social de acumulación y regulación de los mercados para promover la igualdad y la solidaridad en un marco de plena vigencia del Estado de Derecho. Según el referido pensador (emulando al Truman): “La respuesta no puede quedar en manos de los expertos".

En síntesis, esta pandemia nos exige abrevar, no sólo de un espíritu moncloista (al emular al pueblo español, cuando se unió a partir de los respectivos renunciamientos y/o concesiones de todos los sectores), y que todos hagamos nuestro aporte generoso e inclusivo desde nuestra respectiva idoneidad y capacidad, sin importar sus dimensiones macroeconómicas.

Por ello, es importante que dicho aporte se realice al amparo de la lógica del colibrí (historia que recuperé, gracias a un relato reciente del periodista Reynaldo Sietecase). Narra la historia que en medio de un enorme incendio en la selva, ante la huida despavorida de todos los animales, un jaguar vio pasar una y otra vez a un colibrí en la dirección contraria. Ante el estrafalario comportamiento el jaguar le preguntó qué hacía “voy al lago, tomo agua con el pico y la echo en el fuego para apagar el incendio”, respondió el pajarito. El jaguar, con ironía lo consultó “¿crees que vas a conseguir apagarlo con tu pequeño pico vos solo?”.

“Yo hago mi parte”, dijo el colibrí, y tras decir esto, se marchó por más agua al lago.

* Abogado