Faltan 47 días para que se juegue el destino de la principal potencia económica del mundo. El martes 3 de noviembre se definirá democráticamente al próximo presidente de Estados Unidos. Se enfrentan por un lado el actual presidente Donald Trump, de 74 años, por el partido republicano representante de los valores más tradicionales y capitalistas que hicieron grande a Estados Unidos y por el otro a Joe Biden, de 77 años, por el partido demócrata y antiguo vicepresidente durante el mandato de Obama, con una visión más del estilo socialdemócrata europeo.

Si escribía esta nota a principios de año no había discusión: Donald Trump ganaba cómodamente las elecciones. A pesar de su polémica personalidad los números de actividad y empleo eran de los mejores en años e incluso décadas. Sin embargo, el coronavirus impactó de lleno en la vida americana y esto cambió por completo las elecciones. Ya hace varios meses Joe Biden es el favorito en todas las encuestas, aunque Donald Trump ha empezado a recortar distancias gracias a la disminución de casos del virus chino en el país, la recuperación económica y otros eventos como las violentas manifestaciones en varias ciudades del país que muchos asocian al partido demócrata.

De todas formas, si algo nos ha demostrado la historia reciente de este país es que no se debe confiar en las encuestas. No sólo porque han fallado en varios Estados clave, también porque las elecciones se definen mediante colegio electoral y no por sufragio directo. De esta forma podría suceder que un candidato gane el voto popular, pero pierda en Estados clave y no sume la cantidad de electores necesarios para ganar en el colegio electoral. De hecho, esto sucedió en la última elección donde Hillary Clinton obtuvo casi tres millones de votos más que Donald Trump, pero sólo 227 de los 538 electores.

Además de las elecciones presidenciales se juegan otros partidos importantes como la cámara de representantes que renueva por completo a sus 435 miembros, hoy en manos de los demócratas. También, en el Senado hoy en mano de los republicanos, se renuevan 35 bancas, de las cuales 23 están en manos de republicanos y 12 de demócratas, por lo que el partido republicano enfrenta el riesgo de perder la mayoría, hoy con 53 miembros. Esta cámara es de vital importancia porque de ella dependen muchas decisiones clave como la nominación de miembros de la corte suprema, jueces federales o embajadores, y también participan en las votaciones de juicio político presidenciales. De hecho, fue esta cámara la que votó en contra del juicio político a Trump el año pasado.

De los 50 estados que conforman el país aproximadamente 40 de ellos ya se sabe como votan. El resto de los estados, popularmente conocidos como estados péndulo, son aquellos que no tienen una línea de votación histórica y pueden cambiar de partido en cada elección. Los típicamente más conocidos son el estado de Florida y Ohio, que reparten entre ambos casi el 10% del colegio electoral. Pero otros estados a los que hay que prestarle mucha atención son tres del llamado cinturón industrial que durante 30 años votaron demócratas y Donald Trump logró teñirlos de rojo en 2016 con su discurso pro-América: Pennsylvania, Michigan y Wisconsin. Estos tres estados le dieron otro 10% del colegio electoral y, por lo tanto, será clave para él retener esos votos.

Algo que promete polémica este año es el voto por Correo, que en Estados Unidos es algo muy común. De hecho, en las últimas elecciones presidenciales el 24% de los votos fueron por correo. El problema es que en muchos estados no está regularizado y eso puede implicar demoras en el conteo, además que aumenta las posibilidades de fraude. Es por eso que los republicanos, que parten de una menor ventaja inicial, piden que la gente vote de manera presencial. Incluso, es probable que, si más gente de lo habitual recurre a este método de votación por la pandemia, el martes de la elección haya una gran cantidad de votos sin contar en algunos estados y que, por lo tanto, no se pueda definir la elección ese día. No sería algo nuevo de todas formas, ya sucedió algo similar en la elección del año 2000 cuando hubo que hacer un recuento de votos en Florida que demoró semanas e incluso tuvo que intervenir la corte suprema de justicia que terminó dándole la victoria a George W. Bush.

Respecto a la agenda del presiente Donald Trump, es una continuación de las políticas llevadas a cabo durante su presidencia. Apunta a nuevas rebajas impositivas tanto para empresas como familias (sin contrapartida de momento con un recorte por el lado del gasto), reducción de regulaciones, continuar con la política Made in USA implementada para traer de regreso al país empleos que había perdido en favor de países con mano de obra barata. En el plano externo continuar la política America First (restarle importancia a la participación en instituciones como la ONU pero sin perder peso en el plano internacional) sumado a la negociación de nuevos acuerdos comerciales bilaterales y continuando con las disputas con China, a la cual seguramente se le sumará el juzgamiento por la pandemia actual.

En el otro extremo encontramos a un Joe Biden con una agenda socialdemócrata que busca subir los impuestos que redujo Trump, especialmente a familias de clase alta, promover el sector de los renovables con especial énfasis en el ecologismo, fortalecimiento de convenios colectivos y sindicatos, restaurar regulaciones dadas de baja por Trump y una versión más dialoguista de la política exterior, aunque probablemente continuando el choque con China. En algunos puntos se enfrenta directamente con industrias que son el corazón de la economía americana como el sector petrolero, ya que su candidata a vicepresidente, Kamala Harris, se declara abiertamente en contra del fracking, una práctica de extracción del petróleo que ha permitido generar miles de nuevos puestos de trabajo y permitió que Estados Unidos se convierta en exportador neto de petróleo (y como consecuencia de ello, precios más baratos de la energía).

Si nos guíamos por las últimas décadas, Wall Street siempre se adaptó a todas las presidencias, en especial con la Reserva Federal inyectando liquidez a mansalva como estos días. Lo más probable es que el impacto sea variado y se beneficie a ciertos sectores y perjudique a otros. En cualquier caso, lo recomendable es andar con cuidado de cara a las elecciones del 3 de noviembre e incluso luego de esa fecha mientras observamos cómo se irá desenvolviendo y hacia dónde encara el candidato ganador, en especial si es Biden, dado que de Trump ya sabemos qué esperar.

*US and Global Research de Bull Market Brokers