El Café Comercial cerró sus puertas el 28 de julio de 2015. El más antiguo de Madrid hizo desfilar por sus mármoles a bohemias varias. Un día dijo "adiós", sin dramatización ni liturgias de resistencia. Consternados, los vecinos juntaron firmas, los intelectuales advirtieron sobre los Starbucks y los enamorados lamentaron el cese de ese escenario de complicidad. Consultadas acerca de sus razones, las dueñas fueron simples hasta el asombro: "Está viniendo menos gente, el negocio no tiene sentido". Los de la fingida nostalgia hubiesen hecho más por el bar, yendo de vez en cuando. Todos lo lloraron, pero hacía mucho que nadie se tomaba un café. El periodismo, como el Café Comercial, es esa actividad que es añorado cuando desaparece por todos aquellos que la creen indispensable pero que hace años no compran un diario.

El puñetazo de Alfredo Casero abre la reflexión sobre un área central de la comunicación institucional: las relaciones con la prensa. En los libros, dedicada a gestionar los mecanismos de intercambio de las organizaciones, con medios y periodistas para establecer canales de información. En este escenario hiperanalizado, se extiende a la visibilización de las inquietudes ideológicas de distintos referentes de la cultura, tan valiosas como las de tu vecina o las de la mía. La expectativa de esos artistas en la actividad periodística, la de los medios en esos voceros inflamados y el modo en que la sociedad percibe esa opinión y esa relación son los elementos novedosos de la vinculación. Pensar el alcance y la duración de los intereses comunes evita los malos entendidos.

Un periodista no es un medio

La credibilidad de los medios contiene dos variables. El paralelismo político, utilizado para establecer el grado de correspondencia ideológica entre los sistemas político y mediático, y el nivel de profesionalización, como consideración pública de la actividad periodística. El caso argentino detenta un paralelismo oculto y extendido. Estructuras de medios con intereses afines a los sistemas de partidos, pero desarrollados en forma inconfesa, vulnerando el contrato con las audiencias. Éstas, en defensa propia y antes de avanzar con un contenido, se preguntan quién y desde dónde lo dice. En cada argentino hay un psicólogo, un DT y un analista de comunicación. La segunda variable agrupa tres dimensiones (¡benditos Hallin y Mancini!): normas profesionales específicas, autonomía y orientación al servicio público. El deterioro en ese conjunto afecta la actividad. Alto nivel de paralelismo oculto y bajo de profesionalización resulta una combinación que le deja al periodismo un camino ripioso para sostener su credibilidad, en juego entre los deseos de la política y las sospechas del público.

Casero peleándose con las cosas no estrena ninguna lectura, pero confirma las precedentes. Hay quienes ven hastío social, otros que condenan la violencia cuando cruza líneas simbólicas inadmisibles y están los que consideran que su exaltación es inexplicable tanto en el odio como en el amor. Los hartos, los alarmados y los curados de espanto asisten a esos trapos flameando al sol con la incomodidad de ver pelear a los padres de otro. Un pase de facturas por incumplimientos que desconocemos y que rompen un acuerdo igual de invisible. En las referencias implícitas, las amenazas veladas y los pases de factura, el actor se confiesa estafado y busca rehacer un "nosotros" con espectadores que acaban de descubrir, al verlo castigar la mesa, que venían siendo burlados desde antes.

Un periodista no es un medio, ni un medio el sistema. Comprenderlo es el principio de las relaciones con la prensa. En cada una y en cada uno hay una idea de cómo debería funcionar el mundo, una vocación y una voluntad de influir. Puede cambiar, contradecirse y hasta callarse. Alinearse en posiciones injustificables, encandilarse o boyar. Pero no actúa en contra de sus intereses. El grado de instrumentalización que algunos referentes reclaman para la actividad periodística rompe el fundamento de la práctica profesional. Quien piensa que un periodista acepta con mansedumbre una instrucción que no provenga de un par no ha tratado con muchos. Políticos, actores, deportistas y Dipys van a romper más de una mesa si insisten en subordinar los intereses de los profesionales a los que ellos consideran inclaudicables. Que exista afinidad no inmoviliza el escenario en el tiempo. Leerlo como barriletismo o complicidad solo enuncia la intención del acusador.

El mediático es un sistema con intereses y agenda propia. Quien se ofenda con eso pierde (aunque otros no se ofenden y, a veces, pierden también). Villanizar cada manifestación que no nos dé la razón, imputándola de sostener inconfesables intereses de terceros, es subestimar la capacidad de equivocarse de aquellos que ponen la cara, la voz y la firma. A la acusación de "mandelizarse", no ha lugar. Que alguien diga lo que no tolero, por más Majul que sea, no significa que mienta, salvo en este barro que vuelve noble a los que me afirman y corruptos a los que me contradicen. No hay lugar del medio para el lugar de los medios. Solo una demanda maniquea en el que el periodismo siempre queda en deuda: si los intereses de un profesional y los de su audiencia se desalinean, siempre es el periodista el que tranzó, traicionó o se asustó. A la acusación de "chupinización", ha lugar, porque se asoma a una mala praxis. La de la autocelebración y el exceso de ego con la que algunos comunicadores se relacionan con las noticias, los protagonistas y las audiencias, creyéndose más importantes que ellas. Esa improcedencia, que es la puerta de entrada a peores vicios, como los de realizar cualquier concesión que les permita seguir ocupando esos lugares de "privilegio" en la exposición pública, y que no es potestad de "reaccionarios" ni de "progres".

Mandelas, estadistas y tapas de Forbes

Si un periodista ve Mandelas, estadistas, reencarnaciones de Evita o tapas de Forbes es porque pone su mirada en juego. Ni neutral ni objetiva, más o menos profesional o condicionada. Cuando fuerza la existencia de lo que no ha sucedido, o ignora lo que sí, incurre en prácticas que quedan por fuera de este análisis, pagando el descrédito personal y permeándolo a su actividad laboral. Pero decir lo que te parece, y aunque lo que te parezca no me guste, es parte del juego. Igual que si ese parecer cambia mañana. La defraudación de los Caseros de la vida tiene que ver con un contrato que, por unilateral, no es válido: vos estás ahí para defender lo que yo creo y decir lo que yo no puedo. Cuando no sucede, ven en cada editorial una prebenda y en cada tobillo achupinado a alguien que se olvidó de sus orígenes.

El periodismo siempre está en el mismo lugar, en su deber ser. El que obsesiona a cada estudiante y docente de la disciplina. El que orienta a cada profesional de redacción o de agencia, a columnistas y a movileros. El que sostiene la presunción de que la información no es la que te dan sino la que se busca, la idea de causar incomodidad contando lo que no debería saberse y alguna ambición de que tu palabra puede volver más justo el mundo que habitás. ¿Idílico? No. Soy periodista. Si no lo ves con tanta claridad, quizás es porque estás confundiendo el sistema mediático con una góndola de tus deseos políticos y a un laburante con una caricatura del showbusiness, de esos que noche a noche se la pasan contándose encima ¿Me seguís sin creer? Mejor. Involucrate, informate, dale duro a los datos que confirmen lo que pensás y a otros que te contradigan, consumí todo el periodismo que puedas para salvarlo. El recuerdo del Café Comercial nos permite saber que alcanza con tomarse un cortado cada tanto para no lamentar la desaparición de ese lugar que creíamos necesitar tanto.

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Santiago Aragon

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