El relato no goza de buena salud. Ni el del oficialismo ni el de la oposición. Gran momento para recordar que los hechos contienen su propia dimensión narrativa. Cuando hago, cuento mi versión de cómo funciona el mundo. Las acciones que necesitan ser aclaradas tienen menos potencial que las que se explican por sí solas.

Cuando la épica se construye en forma unidireccional, representa una intención publicitaria, no política. Las consecuencias en términos institucionales son evidentes: una disociación entre lo narrado y lo percibido, con consecuencias directas en el malestar que la ciudadanía expresa sobre la clase dirigente en general y sobre los protagonistas del relato en particular.

Siempre manda la realidad. El contexto de la pandemia hace que a este presente no le quepa un gramo más de épica. Dos temporadas pendulando entre la vida y la muerte, con una enfermedad con consecuencias inclasificables, en lo económico y en lo social, tienen suficiente carga simbólica como para que los magos de las campañas intenten agregarle más.

Dos épicas derrotadas

Dos épicas fueron derrotadas en las legislativas: la del oficialismo y la de la oposición. En las PASO, la del Frente de Todos, encarnada en un difuso "la vida que queremos". Las ampulosas referencias a un pasado que debíamos evitar, aún sin luz al final del túnel, confrontaron con un diseño de campaña opositor basado en las deudas materiales de la gestión Fernández bis: retracción económica, escolaridad postergada y un manejo discrecional en algunos tramos del proceso de vacunación.

El Ejecutivo nacional había experimentado en este ciclo los riesgos de sobrecargar la épica. En los primeros vuelos sanitarios provenientes de Rusia y de China, entre testimonios conmovidos de participantes y apelaciones a otros barriletes cósmicos, los cielos parecían abrirse. El choque con la impaciencia de un público que añoraba normalidad, percibía el ciclo vacunatorio como un deber del Estado y reclamaba la llegada de las segundas dosis, provocó un divorcio entre lo narrado y los efectos pretendidos.

En las generales, fue el gran relato opositor el que perdió carnadura. La perspectiva histórica le volvió a jugar a ese bloque una mala pasada. La sobreinterpretación de "antiperonismo" en cualquier votante que expresó su malestar contra la gestión de gobierno suena forzada y pretenciosa. El fruto del deseo no es la realidad. Así, se amontonaron consignas anacrónicas que, mezclando ilusión con ansiedad, presagiaban que esto sí era el fin del peronismo en el país.

Reducción de daños

El oficialismo se concentró, en cambio, en una modelo realista de reducción de daños. Reconstruyó su obligación con las demandas de su base electoral, con independencia de su cumplimiento. La estrategia afirmativa, llevada adelante con oficio por Gutiérrez Rubí e implementada por los referentes tradicionales, intendentes y gobernadores, logró un doble efecto alineado con la identidad histórica del peronismo: "Reconocemos la deuda, somos los únicos que estamos en condiciones de saldarla". Un argumento que aplica tanto a la recuperación del público interno, preso de carencias urgentes, como a la relación con la comunidad internacional, en particular con organismos económicos transnacionales.

En los dos casos, las épicas fallidas confrontaron con las intenciones reales de un electorado cada vez menos dispuesto a enmarcar su voto en narrativas que los excluyan. El voto es la expresión de necesidades objetivas y subjetivas. Cuando no están presentes en el pedido de apoyo de partidos y dirigentes, el comportamiento ciudadano oscila entre la desconfianza y la desafección. En el primer caso, el voto se vuelve lábil, cambiante, sin arraigo ni lealtad a una formación o a un dirigente. En el segundo, directamente expresa el divorcio con la clase dirigente tradicional y su idea de institucionalidad. Esta desafección, comportamiento político para expresar la antipolítica, tiene una base generacional y explica en parte el florecimiento de opciones autopercibidas como "antisistema".

A una sociedad, en la que las condiciones microeconómicas determinan que alguien, aun empleado, pueda ser considerado pobre, que sobrevivir a la violencia urbana se torna un desafío y que la falta de oportunidades se expresa en un sistema educativo cada vez más frágil, no hace falta convocarla en términos de épica superestructural. Hoy, el trabajo, la seguridad y la educación son parte de lo que el ciudadano considera aspiracional y se ha convertido en la épica de la Argentina de a pie.

"¿Qué van a hacer por mí?"

Por definición, el marketing electoral debe sacar los focos de los dirigentes y de los escenarios y devolverlos a la gente y a la calle. "¿Qué van a hacer por mí?" es la pregunta que gobierna los procesos electorales y en la que habitan demandas concretas y deudas que la ciudadanía considera impostergables. Al relato hegemónico, superestructural y asimétrico se lo reemplaza con historias con nombre, con particularidades, que en una expresión coral de necesidades y de problemáticas expresen la complejidad de un territorio diverso y construyan horizontalmente la voz del público. Si esto no sucede, no hay comunicación sino una imposición y la distancia entre lo narrado y lo percibido se vuelve imposible de acortar.

Si existe un rasgo común en los cinco procesos electorales que se dieron desde el 2013 es la sensación de un voto prestado, que se justificaba más en lo que se pretendía evitar que en el apoyo concreto al espacio elegido. Ese análisis reclama una reflexión de parte de los participantes acerca de la imposibilidad de hacerse dueños de aquello que no les fue confiado. Las derrotas y las victorias son algo más que caprichos de la aritmética: representan interpretaciones narrativas en las que es tan importante lo que conseguiste como saber que hacer con eso.

*Docente-especialista en Marketing Político