Bloqueados, desmoronados, con la energía baja y con la mente vacía de motivación. Son situaciones en las que resulta casi imposible ir adelante. A veces nos sentimos como Atlas, aquel titán al que Zeus castigó y le obligó a llevar el peso de los cielos y la tierra sobre sus hombros.

A esta sensación de carga sobre nosotros, añadimos lo que en psicología se conoce como colapso mental: un estado en el que nos sentimos incapaces de reaccionar. Circunstancias que afectan al cuerpo, a la mente y a la motivación.

Son esos momentos en los que el agotamiento es absoluto, y se combina con una inquietud creciente. Es llegar al máximo de nuestras fuerzas y no precisamente por haber hecho un gran esfuerzo físico. Más bien, se debe a nuestro desgaste emocional.

"Estoy agotado, no puedo más y tengo la sensación de que he llegado al límite y me va a dar algo”. Esta frase, que todos podemos haber dicho alguna vez, encierra tras de sí algo más que mero cansancio. Al fin y al cabo, el agotamiento no deja de ser un síntoma, la pista evidente de que algo ocurre. El cansancio suele tener un origen emocional. Es la combinación, a menudo tóxica, de la preocupación, de estar permanentemente alerta, de alimentar la autoexigencia y de sentir angustia por la incertidumbre del mañana.

El síndrome de Atlas aparece con más frecuencia de la que pensamos. Sentimos a menudo que tenemos sobre los hombros el peso de toda tarea y responsabilidad. Nos pesa el trabajo, la vida, la familia y hasta los propios pensamientos, pero aun así nos empeñamos en que todo esté bajo nuestro control.

Son muchos los que caminan por el mundo con la obligación moral de “poder con todo”. Son conscientes de que están al límite de sus fuerzas, saben que sería adecuado delegar y más necesario aún descansar. Sin embargo, es así como entienden la vida y así como han sido siempre: responsabilizándose de tareas y adquiriendo compromisos que exceden a sus recursos personales, pero que a pesar de ello necesitan llevar a cabo. Cuidar de otros, procurar el bienestar de los demás, trabajar para cubrir necesidades ajenas; hay quienes terminan entendiendo la vida de dicha manera. Hacerlo es un modo de reforzar su autoestima, de mantener su identidad. Son personalidades que descuidan sus necesidades para priorizar la de los demás.

Quien vive durante décadas desplazando sus necesidades y volviendo el rostro a sus realidades psicológicas no hace bien. Esa necesidad persistente por tenerlo todo bajo control y procurar el bienestar de todos menos de uno mismo, termina pasando factura física y mental. No es saludable alzarnos como únicos proveedores de bienestar, recursos y felicidad de los nuestros. La responsabilidad, como casi todo lo que nos rodea, en su justa medida, es adecuada y funcional.

Sin embargo, cuando supera los límites que son tolerables para nosotros o cuando nos exige más de lo que podemos dar, surge en nosotros la culpa, la ansiedad, los “debería”, los “tengo que”. Somos responsables de lo que podemos hacer y de lo que podemos controlar. En el momento en el que intentemos hacer algo que no está en nuestras manos será cuando empiecen a aflorar estas emociones desagradables.

Si nos diéramos cuenta de que nuestra responsabilidad llega hasta dónde podemos abarcar no seríamos esclavos de la ansiedad. “Quien es auténtico asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es”, afirmaba Jean Paul Sartre. Somos responsables de nuestros actos y tendremos que aprender a colocar nuestros límites y a dejar que las situaciones de los demás nos afecten hasta un cierto punto.

Todos llevamos “piedras” en nuestra mochila emocional. De hecho solemos llevarla cargada hasta el borde de forma innecesaria. Es posible que esté llena de culpa, enfrentamientos, dependencia emocional, altas expectativas, exigencia, frustración e incluso repleta de ausencias. Todo ello es lo que nos encadena e impide avanzar.

A veces son sentimientos tóxicos generados por el enfado, el miedo, la tristeza excesiva, los prejuicios. Llevar la mochila hasta “reventar” es un autosabotaje realmente terrorífico, sólo por el temor a soltar, sólo poe el pánico a perder.

“Dijo el Maestro:

-Un hombre que iba por el camino tropezó con una gran piedra. La recogió y la llevó consigo. Poco después tropezó con otra. Igualmente la cargó. Todas las piedras con que iba tropezando las cargaba, hasta que aquel peso se volvió tan grande que el hombre ya no pudo caminar. ¿Qué piensan ustedes de ese hombre?

-Que es un necio, respondió uno de los discípulos.

-¿Para qué cargaba las piedras con que tropezaba? Dijo el Maestro:

-Eso es lo que hacen aquellos que cargan las ofensas que otros les han hecho, los agravios sufridos, y aun la responsabilidad de las equivocaciones propias y ajenas. Todo eso lo debemos dejar atrás, y no cargar pesadas piedras pensando que de esa manera ayudamos a los otros. Cada uno es responsable de sus propios pesos. Si hacemos a un lado esa inútil carga, si no la llevamos con nosotros, nuestro camino será más ligero y nuestro paso más seguro".

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Lic. Aldo Godino

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