Aceptar que no podemos con todo y que hemos tocado fondo es el primer paso para empezar de nuevo. Aceptar nuestros límites y nuestra vulnerabilidad es un ejercicio de salud y de bienestar. No pasa nada si estamos cansados de ser fuertes. Son experiencias vitales muy comunes que acompañan a quien se ve, por ejemplo, con la presión de cargar muchas responsabilidades.

En la mayoría de las ocasiones no se es fuerte por uno mismo sino por los demás. Aparentar "poder con todo" es un mecanismo de supervivencia para no llamar la atención, para no desdibujar nuestra imagen de persona infalible, valiente, invulnerable. Sin embargo, siempre llega un momento en el que la verdad sale a la luz. Nuestro entorno es testigo, tarde o temprano, de nuestras fracturas internas, del agotamiento, del sufrimiento silenciado.

Detrás de la persona obsesionada en ser fuerte y poder con todo, se esconden dos emociones básicas: la culpa y la vergüenza. Se experimenta culpa cuando uno no puede cumplir con todo lo que se propone. Y se siente vergüenza por lo que puedan pensar los demás al revelar esa falibilidad.

Los "debería" o "tengo que" alimentan la autocrítica y esa creencia inflexible que nos insta a ser eficaces, productivos y perfectos. De este modo, cuando identificamos un límite a nuestras fortalezas, llegan el miedo y la contradicción. Uno siente que tiene menos valor como persona cuando cae, cuando no puede más, y teme defraudar a los suyos.

Estar cansado de ser fuerte no es una muestra de nuestra falibilidad. Tomar conciencia de nuestros límites y tocar fondo es un reflejo de nuestra humanidad. No hay nada malo o excepcional en ello. El error está en nuestra sociedad, que nos inocula la idea de ser siempre mentalmente fuertes y superhéroes en nuestras vidas. Permitirse ser vulnerable es descubrir nuestra auténtica fortaleza como persona.

La vulnerabilidad es nuestro mayor rasgo de coraje. De algún modo, quien se aferra a la necesidad de ser siempre fuerte e inquebrantable se aleja de las experiencias que aportan propósito y significado a nuestras vidas. En ocasiones es necesario tocar fondo para tomar mayor impulso a la hora de salir a la superficie.

Estar cansado de ser fuerte no es un problema, es una llamada de atención para detenerse. Cuando uno se siente sobrepasado es momento de iniciar un diálogo interno. Mirar hacia dentro, para saber qué sucede, nos permitirá adaptarnos mejor ante las presiones que hay afuera. Hay que atender y dar respuesta a las propias necesidades. Fuerte no es quien puede con todo, valiente es quien se permite delegar y conoce sus límites. Coraje es el que tiene la persona consciente de sus sufrimientos y que trabaja en ellos. Las agallas las revela quien, más allá de las críticas ajenas, se permite decir en voz alta "no puedo más, esto no lo voy a hacer".

"Ser fuerte es tener valor para vivir", afirmaba Erich Fromm. En un mundo complejo, que tiende a la destructividad, a una sociedad puramente tecnológica, la única esperanza es desarrollarnos. Y ese desarrollo implica alcanzar la plenitud en cuanto a la responsabilidad, la libertad y el autoconocimiento. Ser fuerte tiene poco que ver con la resistencia física o, incluso, con el coraje. La fortaleza es una virtud que se relaciona con la firmeza y con la generosidad.

Somos mucho más fuertes de lo que pensamos; es que todos llevamos dentro a un valiente que crece ante las adversidades. La vida está compuesta de etapas, de momentos, buenos y malos, alegres y tristes, porque así es este viaje y así tenemos que entenderlo: si un día está nublado, o incluso dos o tres, tengamos por seguro que el sol tiene que volver a salir. Irremediablemente, la vida nos traerá conflictos, decepciones y derrotas que deberemos enfrentar. En esos momentos, la fortaleza emocional constituye el mejor aliado para navegar las turbulentas aguas sin terminar hundidos.

"En una tienda había un anuncio que decía Cachorritos en venta.

Un niño apareció diciendo: No tengo mucho dinero, ¿puedo, por lo menos, verlos?.

El hombre sonrió y silbó. Salió su perra corriendo, seguida por cinco perritos. Uno de ellos estaba quedándose considerablemente atrás.

El niño preguntó: ¿Qué le pasa a ese perrito?.

El hombre le explicó que nació con una cadera defectuosa y que estaría rengo por el resto de su vida.

El niño se emocionó mucho y exclamó: ¡Ese es el perrito que yo quiero comprar!

El hombre replicó: Si tú realmente lo quieres, te lo regalo.

El niño se disgustó y dijo: No quiero que usted me lo regale. Él vale tanto como los otros perritos y yo le pagaré el precio completo.

El hombre contestó: En verdad no deberías comprar ese perrito, hijo. Él nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros.

El niño se agachó y levantó la pernera de su pantalón para mostrar su pierna izquierda, cruelmente retorcida e inutilizada, soportada por un gran aparato de metal. Miró de nuevo al hombre y le dijo: Bueno, yo no puedo correr muy bien tampoco, pero me esfuerzo... y el perrito necesitará a alguien que lo comprenda."

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