Si pudieras borrarte los recuerdos para empezar de cero. Si lograras saber por qué quisiste olvidar. Si reconocieras que, si no te acordaras, volverías a cometer el mismo error por voluntad propia. Si entendieras que, cada vez que te volvés a ilusionar, sin dejar de ser esa persona, sos otra nueva. Si te sometieras a esa cirugía de extirpación de lo que hiciste para poder pensar en lo que te gustaría hacer. Un recorte romantizado de tu pasado, expectativas de que esta vez va a ser distinto y una confianza renovada aunque algo en tu interior te grite que se conocen de antes y esto no va a funcionar.

Ese es el argumento de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y es, también, la experiencia de un votante promedio con una decena de elecciones encima. Ese, que se dobla pero no se rompe, no está al tanto de las tendencias en redes sociales y ve en Facundo Manes a ese que "viene de afuera" pero no tanto.

El dispositivo Manes tiene un doble atractivo: es, al mismo tiempo, institucionalista y outsider. Representa, en el imaginario, algo que te lleva a un recuerdo tibio de los 80. Esa santificación alfonsinista con la que la cultura oficial recorre la vuelta a la democracia se proyecta en su figura y permite un puente entre aquel que fuiste y este que sos. Un repechaje para una república perdida. La otra pata la aporta un personaje prestigioso en su actividad extrapolítica, que puede reorientar su talento a una nueva actividad.

La dosis necesaria de riesgo y audacia que precisa cualquier historia con berretines heroicos, más la obstinación con un futuro promisorio y a construir. Idealización por partida doble. Una época de la política argentina con la intención combinada con el atractivo del self made man criollo, que empáticamente recoge el llamado social que nadie hace, similar al vendedor ambulante que responde en el bondi con un "sí, ya le entrego señora".

Con el hartazgo no alcanza

El outsider es bivalente. Debe ser forastero de la política y tener capacidad de sortear la polarización. Manes, neurocirujano y divulgador variopinto, llena todos los casilleros del que conquistó reconocimiento social sin ser casta. Check para el casillero 1. El 2 lo cubre de forma ambigua, sostenida por el músculo de la militancia joven del radicalismo que reclama el derecho a no participar de una alianza con agenda PRO. Manes es un outsider con un partido al hombro.

Es hijo de la universidad pública, exponente de la movilidad social ascendente y, sobre todo, de un gigantesco lugar común. Su institucionalidad es parecerse al "deber ser" con el que muchos argentinos sueñan a un yerno o al hijo pródigo del barrio. Hace algunos años, el Gen Argentino (sí, existe la televisión de aire) representaba una curiosidad antropológica: preguntaba a los argentinos "qué creíamos que somos" y nosotros contestábamos por lo que "deberíamos ser".

Así, entre Favaloro y Fangio surgía un aspiracional similar a lo que sucede cuando alguien contesta sabiendo que lo están grabando: no te cuento lo que pienso sino lo que se espera que diga. Manes es ese modelo que surge cuando a alguien le preguntan con la cámara encendida.

Un significante vacío, construido entre prédica de autoayuda, mitificación del conocimiento y prestigio social de su actividad. Matizado por una cobertura mediática sin interrupciones ni repreguntas. El relato Manes permite tres interpretaciones. La institucionalidad es un deseo que agrupa "deber ser", "exaltación de los valores cívicos" y "progreso basado en el conocimiento" como tríada del bien social construyendo futuro.

La indignación no es lineal y se puede expresar tanto en incertidumbre sobre el futuro como en idealización del pasado. En este caso, un neoalfonsinismo reivindicado, paradójicamente, por quienes esgrimen el agotamiento de los modelos históricos. Por último, que hay más de una forma de ser outsiders, y las representaciones del "venir de afuera" están hechas de las aspiraciones de un público más diverso que la adolescencia fuckyou. Con el hartazgo no alcanza; la ilusión de las mentes sin recuerdos juega su rol cuando se aproximan los procesos electorales.

Otra forma de venir de afuera

La segunda vuelta francesa (pasaron cosas esta semana, Bizarrap, Musk, Morón) nos permite leer el futuro. Hay un escenario electoral que se denomina "multipartidismo bipolar desequilibrado". Cuando existen varias fuerzas en disputa, la contienda se decanta hacia un sesgo ideológico determinado. Si van dos, entre muchos, a la final, quizás no sean uno de izquierda y otro de derecha. Las opciones se disponen en un arco más angosto.

Entre una derecha más centralizada y otra más radicalizada si se trata de elegir entre Macron y Le Pen o entre dos tipos de peronismo, como ocurrió entre Kirchner y Menem hace 19 años, aun cuando López Murphy o Elisa Carrió eran parte de las opciones. Si hay una contienda fragmentada, la final puede ser entre dos que cubran necesidades parecidas. Eso y el menos científico pero más sabio "el que saca nunca pone" son los límites que la candidatura de Manes puede ponerle a esa X gigante que Milei representa para el resto del escenario político.

En un escenario en donde los outsiders van a tener una relevancia inédita, Manes es una amenaza para la centralidad antipolítica que propone Milei y su aparente invulnerabilidad. Otra forma de venir de afuera, con menos niveles de tensión y desprovista de excentricidad. Milei visibiliza el hartazgo pero, sin ilusión, la bronca no tiene después. Manes propone un modelo de outsider vintage, para usuarios de más de 45 años parados entre el pasado y el futuro. Esos que cuando volvió la democracia promediaban la escuela primaria y que hoy maduran lejos de los fenómenos de las redes sociales. Y que por todo vicio siguen apostando a resetearse la memoria cada vez que precisan volver a enamorarse de la democracia, en ese eterno resplandor de una mente sin recuerdos.

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Santiago Aragon

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