El escenario electoral para el próximo año presenta una paradoja que por ahora parece irreversible: los dos espacios que pugnarán por el poder estarán representados por pésimos candidatos. Desde PRO apuestan a reeditar el escenario de 2015 y volver a jugar a todo o nada a un balotaje entre Mauricio Macri y Cristina Fernández.

La alquimia para llegar a ese mano a mano ya luce como una plegaria por parte del circulo íntimo del jefe de Estado. La única posibilidad de que el actual Presidente consiga un nuevo mandato pasa por competir con su antecesora. Macri perdería hoy, y también en un año, una segunda vuelta con cualquier otro argentino que se instalara en esa instancia definitoria.

Para el peronismo la disyuntiva es similar. Cristina puede ilusionarse con superar a Macri en la segunda vuelta. La realidad le daría un cachetazo frente otro nombre, sin importar quien fuera ni el color político que lo respaldase.

Las encuestas, en su aspecto más trascendente, no dejan dudas al respecto. Macri y Cristina conservan más del 50 por ciento de imagen negativa (el algunos casos, mucho más), lo que los hace inviables en cualquier circunstancia que no sea un mano a mano que, a esta altura, hablaría mucho de la mezquindad de ambos.

El previsible final abierto de ese balotaje complica las cosas. Es obvio que macristas y kirchneristas van a jugar sus chances hasta último momento si sienten que cuentan con alguna posibilidad de victoria. Cualquiera de los dos que se animara a romper esa trampa aumentaría notablemente las chances de su sector. Pero los renunciamientos no son moneda corriente en la historia política argentina.

Va a ser fácil para la oposición identificar a Macri con la fi gura del fracaso. Los números ya no permiten ilusión de reacomodamientos de la economía. Es más, su reemplazo “no traumático” aportaría el valioso antecedente de un gobierno que pudiera llegar, casi airoso, a terminar su mandato después de encarar un profundo ajuste. La opción Vidal, que sólo se contemplará en una situación desesperada, podría hacer recuperar las ilusiones. Pero por ahora sigue siendo palabra prohibida en el oficialismo. Lo será mientras Cristina siga ahí enfrente, ilusionándolos.

El peronismo, como en 2003, está a la espera de que le inventen a un Néstor Kirchner para que el electorado termine de darse cuenta que la reina está desnuda y no tiene chances de vencer ni a un ignoto. Hasta Sergio Massa luce como demasiado conocido y, lo que es lo mismo, suficientemente desprestigiado como para representar lo nuevo, para generar ilusión. En ese esquema, Massa representaría al José Manuel de la Sota de 2003. En aquella oportunidad hizo falta una operación quirúrgica para dejar a la sociedad a días de tener que decidir sobre el liderazgo del justicialismo en una elección abierta. Pero no hay un Eduardo Duhalde, en control de los resortes del poder, para diagramar esa alquimia.

Habrá ganado el sistema si logra resolver su dilema sin violencia generalizada. No habrá servido de nada si los espacios preponderantes ponen a los argentinos a elegir entre dos indeseables. Las primarias pueden constituirse en el ordenador que le haga abrir los ojos a los argentinos sobre esa realidad.