En mis luchas quiméricas en el mundo digital me dediqué a reclamar muchas veces el Nobel para su persona, su carrera y su legado. Pocos seguidores, pocos likes y algún retuit. No reflejan la candidatura sino al sponsor. Almudena Grandes, española hasta la médula, lo merecía por peso propio, por mujer y por escritora en castellano. Una triada inmejorable (que no se usó) para la corrección política del jurado que busca empalagarnos con el abordaje de género en la última década pero poco y nada de castellano.

Mi top five arranca con el Gabo, Kipling, Tagore, Mistral y Saramago. Igual recomiendo leer El Enano, de Lagerkvist, un curso intensivo de política servil. Hasta Dylan cantando y componiendo en inglés, no ladrando, obtuvo el suyo.

Pero el final llegó. Se fue y dejó en la marea infinita de su gran obra una frase, incluida en El corazón helado, a la que le encontré mil aristas políticas pero nunca la había pensado para un réquiem: "La expectativa de la felicidad es más intensa que la propia felicidad, pero el dolor de una derrota consumada supera siempre la intensidad prevista en sus peores cálculos". La muerte siempre le gana a la vida, solo por secuencia cronológica. En el alargue o en los penales, es ese dolor, cuando se consuma, el que supera la intensidad de todo lo que calculábamos. La frase era para ayer, para cuando se fuera, no para la política que tanto amaba y practicaba en sus historias sobre la cuerra civil española y a través de sus columnas en El País.

No será el próximo Nobel. Ni la próxima. Desde el doblete 89-90 nos costó un Perú y una década ganarlo. Ayer se fue nuestra mejor candidata. Como cuando se fue Borges. Nos deja los episodios de la guerra interminable, su eterno homenaje a Galdós y a la resistencia contra el franquismo. La alegria de Inés y las Bodas de Manolita nada le envidian a los Buendía, ni tampoco los pacientes de García a los ciegos de Saramago.

Con Julio Verne y Frankenstein sobra para la saga incompleta que espero no intenten rellenar con inteligencia artificial al anunciado Mariano en el Bidasoa.

Si fuera este espacio una breve curaduría de su obra tampoco podría soslayar el erotismo de Lulú, cuyas incontables versiones en imágenes no generan ni la mitad de las reacciones fisiológicas que disparan sus líneas. Un emblema de la literatura a la capacidad mental de la lectura para movilizar los sentidos, la imaginación y congestionar el sexo. Final fácil: se fue y nos dejó el corazón helado, mientras levantamos la mesa y besamos el pan que sobra y falta en tantos rincones hispanoparlantes. Hasta las próximas Grandes relecturas.

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