“Hay un fusilado que vive” fue la frase que usó Rodolfo Walsh para reconstruir los hechos en la investigación periodística llamada “Operación Masacre”. La cita no es aleatoria: el 9 de junio pasado se conmemoran 66 años de los fusilamientos clandestinos a militantes peronistas realizados por el gobierno cívico-militar bajo las órdenes de Pedro Aramburu, en la localidad de José León Suarez, provincia de Buenos Aires.

Es verdad que una comparación de nuestros tiempos con aquellos sería no solo exagerada sino directamente, delirante. En la Argentina actual se vive en democracia y la violencia política fue erradicada desde 1983. El partido militar ya no existe y no amenaza las libertades civiles, políticas, económicas y sociales como sí lo hizo entre 1930 hasta bien entrada la última década del siglo XX.  Incluso si aceptamos la existencia de un partido judicial, que mediante el lawfare y la utilización de la ley como herramienta de disciplinamiento social, sería trasnochado pensar que la situación política de la Argentina es comparable a aquellas épocas donde las botas y no los votos eran quienes conducìan el país. 

Pero el reciente intento de magnicidio contra la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner abre un interrogante sobre cómo está funcionando el contrato social sobre el que descansa la vida política de los argentinos. Las preguntas son muchas, pero hay una que desvela en particular a este cronista: ¿cómo deben ser contados los hechos en un mundo en que reina la post verdad? 

La pregunta no es menor: a pocas horas de que el mundo viera las imágenes del fallido intento de homicidio de la vicepresidenta, en las redes sociales un grupo importante ponía en duda el hecho e incluso  decían que había sido un montaje. De hecho, hasta medios de comunicación locales y extranjeros llegaron a sostenerlo elípticamente. En ese contexto resulta válido recordar cómo define el diccionario Oxford a la post verdad: “Fenómeno que se produce cuando los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales". Nada parece definir mejor que lo ocurre con quienes aquellos que hablan hoy de “autoatentado”, que guiados por el odio que muchos politicos y medios de comunicacion reproducen la 24 horas del dia, llegan a negar hechos objetivos como un intento de asesinato.

"La novela política tal cual la conocemos —decía Brecht— es imposible después de Auschwitz." recordaba a otro escritor genial como Ricardo Piglia y se preguntaba ¿Se puede usar la ficción para narrar el horror?  Walsh percibió ese límite cuando la masacre de José León Suárez. La duda de Piglia debería recorrer a todos los periodistas que hoy buscan la verdad en un mundo dominado por las fake news y la post verdad. 
Pero el límite que advirtió Walsh y Piglia en nuestra época es mucho más nebuloso: las redes sociales reproducen la desinformación y la mentira como nunca antes. La “carne podrida” (como llamamos los periodistas a las noticias falsas) está cada vez más descompuesta y sin embargo gran parte de la población se la traga sin chistar. 

“Yo creo que la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva”, afirmaba el mismo Walsh en una entrevista en 1970.  Ricardo Piglia explica que la gran enseñanza en "Operación Masacre" es una respuesta al viejo debate sobre el compromiso del escritor y la eficacia de la literatura. Frente a la buena conciencia progresista de las novelas "sociales" que reflejan la realidad y ficcionaliza las efemérides políticas, Walsh levanta la verdad cruda de los hechos, la denuncia directa, el relato documental”. En los hechos, Walsh es el primero en aceptar abiertamente el uso político de la literatura y lo profundiza. Pero no solo prescinde  de la ficción, sino que va contra la tradición del otro gran escritor político argentino, Domingo Faustino Sarmiento. Piglia dice que “Sarmiento hace ficción pero la encubre y la disfraza en el discurso verdadero de la autobiografía o del relato histórico. Por eso su libro (Facundo) puede ser leído como una novela donde lo novelesco está disimulado, escondido, presente pero enmascarado” 

Conjeturo que es el momento de seguir las enseñanzas de Walsh y las reflexiones de Piglia y empezar a buscar  la verdad desnuda sobre el hecho mas terrible para la democracia desde su regreso en 1983: el intento de asesinato de la vicepresidenta. Porque hoy, como hace 66 años, hay una fusilada que vive y que casi pierde la vida por ser peronista. Y es Cristina Fernández de Kirchner.

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Ernesto Hadida

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