Apenas 30 páginas. Un panfleto llamando a la acción, que advertía el retroceso de los derechos en la primera década de este milenio. “Indígnense” (“¡Indignaos!”), de Stephen Hessel, fue la puerta de entrada a aquel 15-M que, en 2011, reescribió la relación entre el poder y la gente. Los comunes, afectados por la apatía de los políticos y la voracidad financiera, llamados a encontrar una identidad ante el despojo que les proponía el sistema.  Una voz de alto a cualquier dispositivo institucional que gestione con la gente afuera. Desahuciados con la hipoteca ejecutada, profesionales desocupados y mileuristas pobres aún con empleo, se agruparon junto a jóvenes de futuro amputado, creando un nuevo sujeto social: los indignados. Unidos por lo pendiente y con el hartazgo como herramienta. Su “hasta aquí llegamos”, se convirtió en el punto de partida para la acción colectiva y un nuevo vínculo con las instituciones.

 

Diez años después, en su “Indignación total”, De Sutter advierte que el deseo de transformación había desbarrancado, y solo había sobrevivido la propensión a la irritación y la reacción ante lo considerado escandaloso. Ese “Basta para mí”, como primer paso, se había convertido en una expresión naturalizada del desencanto. Un depósito permanente del malestar de una nueva edad de la razón, en la que reniego de todo lo que no me la otorga. La indignación cambió y, con ella, el sujeto político representado por el indignado. De aquella parcial, que auguraba transformación a esta total, que caranchea escándalos. De aquel sujeto que aspiraba a la transformación a éste que expía su malestar popularizando un hashtag o promoviendo un escrache.          


 

El escándalo de cada día

 

¿Qué hacer con la indignación? es un desafío para la comunicación política. Cada semana, un puñado de acontecimientos la despiertan o la agitan y no dejan que desaparezca de nuestra mesa de luz. Un volante que promueve la reducción de daños por consumo de drogas, una investigación de cuánto ganan los intendentes o la circulación de los recibos de sueldo de un grupo reclusos pueden ser puertas de entrada al show reaccionario. El de quien cree en su razón, y se siente burlado si la desafían. La indignación del qué supone conocer las razones de un adicto,   los derechos de un preso y las labores de un político, negándolos. Ideas inflamadas sobre adicción, reclusión o institución, que convierten prejuicios en realidad, transformando a lo real en un escándalo.

 

El sesgo de confirmación, explica un tipo de consumo mediático en el que elijo ver aquello que  apuntala lo que creo. La actividad periodística ha migrado hacia ese propósito, entre monólogos y panelistas que se enrolan sin tapujos. De Canosa a Brancatelli, las vocerías del antagonismo apuestan a la inflamación, como puerta de entrada a la información.  Hay quienes evalúan moral comparando carteras y otros que reniegan de las poleras o el bridge. Los que presumen saber que “¿Estás ahí?” no se dice “¿Tajaí?” y los que se ofenden si La Renga habita una boca impura.  Esos que, con chambonería de primaria, cambian un apellido para volverlo insulto o se enojan con una letra, hasta la criminalización. Indignación individualizada, entre irónica y despectiva, que le da marco a una sociedad más convencida de lo que no quiere que de lo que sí. Sujetos que se autoperciben políticos, por confirmar la percepción que les permite habitar, orgullosos, un lado de la grieta. Indignados totales que duermen como bebés después de su escándalo de cada día.

 

Desde el 2015, la indignación total ha bendecido candidaturas de “cualquiera menos éste”, en victorias pírricas con consecuencias económicas y sociales

 

Ernesto Laclau, usó la figura del significante vacío (y hasta él, en parte, lo era) para ilustrar que, más allá de origen o identidad política, hay mecanismos que promueven la cohesión y la movilización. En este caso, una referencia flotante, que establece equivalencias entre distintas demandas, las unifica y las convierte en una voz común. La indignación parcial es el brazo armado de la significación vacía. La que la pone en marcha y la expresa, agotando los márgenes de negociar sentido por parte de una gestión. Es el que “se vayan todos”, en las calles de nuestro diciembre.

 

La indignación total, en cambio, naturaliza el descontento. Si todo indigna, nada indigna. Pionero en este arte, el recuerdo de Menem se plaga de Ferraris, viajes a la estratófera y Sócrates de puño y letra, puestos al mismo nivel que el remate de los bienes públicos, la venta de armas o el indulto, una capacidad de asombro puesta al palo de una sociedad que vivía gorda de comerse amagues. Antesala de este hartazgo ao vivo, en el que las micro disconformidades son un mecanismo de expiación. Una invitación a que grites para que nada cambie. Un “que se vayan” todos cada tarde, en tu casa y con la misma profundidad con la que mirás el pronóstico del tiempo. Con consecuencias en relaciones personales a las que ya no les cabe una y descrédito por la actividad institucional que derrama incredulidad sobre el sistema. Un horizonte funcional a quien mejor canalice ese hartazgo, dirigente, periodista o influencer.


El país del 30/70

 

Entre el llamado de Hessel, a la indignación parcial y la advertencia de De Sutter, de la apatía total, pasaron 10 años. Con ellos, la imposición de una cultura de la inflamación que redujo la acción política a la capacidad de dejar en claro lo que no toleraría jamás.

 

La exaltación de una razón personal convertida en faro, que organiza mi sistema de relaciones y mi conducta. La indignación como sentimiento que no puedo parar. Este principio de exclusión dinamita la práctica política y erosiona a las coaliciones de gobierno y oposición. Habita en la recurrencia crítica con la que algunos sectores del kichnerismo visibilizan su hartazgo con las decisiones que toma y no toma el presidente, naturalizando su disconformidad como letanía. Define al halconismo, que exige pruebas de ortodoxia liberal, a los sectores más centristas de Cambiemos, en una discusión petit four que le pone la música de fondo a la indecisión. Espanta a quienes esperan opciones más consistentes que las que convocan en nombre de lo malo que es el otro.

 

El indignado total ha cambiado las reglas del sistema. Este escenario, donde referencias políticas ostentan un 30% de adhesión infranqueable, junto a un 70% que no los acompañaría jamás, es la consecuencia de un hartazgo naturalizado, promovido por una cultura de la inflamación que genera un permanente “Unidos por el espanto”.

 

Un panorama de techos bajos, lindo para un barrio, pero estéril para la política. El riesgo explícito de trabajar para alimentar el 70 del otro es inflamar el humor social, jugando con cosas que, cuando se rompen, no tienen arreglo ni para mí ni para ellos. El latente, es el boleto picado a las coaliciones flojas de papeles, que se definen más por lo que vienen a sacar, que por lo que llegan a poner.

 

Desde el 2015, la indignación total ha bendecido candidaturas de “cualquiera menos éste”, en victorias pírricas con consecuencias económicas y sociales que ya causan sospechas entre los propios indignados. A un año de la definición de las candidaturas, y ante los operativos clamores de quienes podrían dividir al electorado en amor/odio, el hartazgo se adueñó del día a día. El desafío de devolverle institucionalidad al mensaje político es sacarlo de la pulsión de muerte.

Dotarlo de una didáctica que explique que sacarte el gusto de que esto termine, sin pensar como, es la puerta de entrada a tu próximo desencanto. Volver a la zona gris de quienes hoy tienen pisos bajos pero que pueden romper el techo, si se ocupan de atacar la patología y no el síntoma. Si la inflamación no se va, el dolor vuelve.

 

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Santiago Aragon

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