Saber perder es algo que tiene consecuencias relevantes en diversos campos donde no es fácil "jugar". Lo usual es que muchos perdedores tengan aparentemente un "yo" gigante, como compensación para otro "yo" inseguro que está en el fondo y del que muchas veces ni siquiera se percatan. A lo largo de la vida, nos encontraremos con estos tipos de perfiles, personas con las que es complicado convivir, trabajar e incluso establecer una amistad saludable.

Ante los sentimientos de inferioridad o inseguridad que se puede albergar o experimentar, algunas personas ven erosionada su autoestima, se infravaloran y se mantienen en segundo plano. Sin embargo, otras intentan compensarlos y desarrollan lo que en psicología se ha conocido como "complejo de superioridad". Quienes lo sufren tienen, en apariencia, una alta percepción de valía personal. Pero, en realidad, se sienten inferiores a todos. Tienen expectativas muy altas y poco realistas. Necesitan llamar la atención, exagerando y alardeando sobre su inteligencia, habilidades, belleza. Construyen un muro para no mostrar vulnerabilidad.

Es bastante habitual que las personas inseguras escondan sus miedos y temores tras una actitud de fingida seguridad. Generalmente se jactan de su gran estilo de vida, de su gran educación o de lo fantástica que es su familia. Sin embargo, tienden a alimentar un miedo debilitante que les impide dar un paso fuera de su zona de confort. Hacer un viaje a un lugar nuevo o lejano, volver a estudiar, probar un nuevo pasatiempo, unirse a un grupo, conocer gente nueva, o mejorar la dieta y el ejercicio entre otras posibilidades.

Quien es inseguro también es susceptible. En el fondo hay un "yo" frágil al que todo le duele, le molesta y le frustra. La susceptibilidad no es una herida, es un síntoma. Es la inseguridad de quien no se quiere bien, de esa figura que no confía en sus competencias y habilidades. Posee una tendencia mayor al desánimo y a estar siempre en estado de alerta y a la defensiva. Sin embargo, por término medio, la susceptibilidad responde a un déficit en la gestión emocional. Es una combinación peligrosa entre la baja autoestima y la sensación de falibilidad; de ahí la necesidad de protegerse con una actitud defensiva.

Inseguridad y baja autoestima tienen una relación directa. Son muchas las personas que viven en ese ámbito donde todo tiembla, donde se camina con miedo a que surja el error, la caída, las risas de fondo. Andar temerosos, faltos de confianza e indecisos es similar a intentar mantener el equilibrio sobre una cuerda floja, haciendo mil malabarismos para no caernos. Navegar por la vida acompañados de la inseguridad emocional supone hacerlo con un gran lastre.

La inestabilidad es la gran enemiga del avance, la gran boicoteadora de la autoestima y el mayor obstáculo para la construcción de vínculos sólidos. Las personas vacilantes suelen actuar y pensar muy condicionadas por una guerra interior constante, una lucha entre su necesidad de destacar y demostrar a los demás que son válidos y un profundo sentimiento de invalidez e incapacidad. La falta de confianza en nosotros mismos es posiblemente la emoción más frágil y desmotivante que podamos sentir. La vida siempre pone a prueba nuestra autoconfianza.

Creer en nosotros mismos es uno de los pilares más fuertes que podemos construir para evitar caídas y para no dejarnos invadir por el malestar, pero conlleva un trabajo diario y constante. Como afirma el conocido proverbio: "Un pájaro posado en un árbol nunca tiene miedo de que la rama se rompa, porque su confianza no está en la rama sino en sus propias alas". Todas las personas somos únicas y particulares, y ello nos enriquece, y si bien es cierto que todos tenemos cosas positivas y negativas, es bueno reconocer esta individualidad para envolverla de fortaleza evitando que nos sintamos "inferiores".

"Juan y Antonio, dos amigos, toman un café en un bar. Antonio que está pasando por un mal momento, descarga en Juan sus angustias. Tiene deudas importantes, está mal en el trabajo, la relación con su pareja está en una profunda crisis. Todo parece estar mal en su vida. Juan, escuchando tranquilamente a su amigo, saca un billete de 100 euros de su cartera y dice: -Antonio, ¿quieres este billete?

Un poco confundido al principio, inmediatamente le dice: -Claro que lo quiero. Son 100 euros!

Entonces Juan toma el billete en una de sus manos y lo arruga hasta hacerlo una pequeña pelota. Enseñando la pelotita a Antonio, vuelve a preguntarle: -Y ahora, ¿todavía lo quieres?

-No sé qué pretendes con esto, pero siguen siendo 100 euros. Está claro que los acepto si me los das.

Entonces Juan despliega el arrugado billete, lo tira al suelo y lo pisa con su pie. Ahora está sucio y marcado.

-¿Lo sigues queriendo?

-Sigo sin entender qué quieres. Este es un billete de 100 euros y mientras no lo rompas conserva su valor.

-íBien Antonio! Tienes que saber que aunque a veces las cosas no salgan como quieres, aunque la vida te golpee, sigues siendo único y especial y no pierdes nunca tu valor, tal como este billete."