Probablemente, cuando termine la Semana Santa de este año, en nuestro micro mundo familiar, hastiados de limpiar lo limpio y de reordenar lo ya ordenado, podamos decir que la casa está en orden. El aislamiento traerá muchísimos efectos que desconocemos y algunos que presagiamos. Parejas definitivamente disueltas o más consistentes que antes de la pandemia serán resultados inmediatos de la cuarentena. Más unión, convencimiento de la necesidad de separarse o un poco de Estocolmo, todo por ver. De unos y otros, el fin de año parirá una nueva generación, algo así como el Baby Boom de la pospandemia.

Encerrados en un ambiente los más ascéptico posible, la larga reclusión social nos devolverá, paulatinamente y con un programa disímil para distintos sectores económicos y franjas etarias, a una nueva normalidad. Nos deberemos acostumbrar a menor contacto social. A cambiar y complementar digitalmente nuestro trabajo y a nuestras transformadas ocupaciones cotidianas. Y los padres a seguir de cerca un periodo más largo que este, sin clases.

Como al bajar de un extenso viaje en avión que atraviesa muchos usos horarios, es común aceptar que nuestro organismo necesita , prácticamente, un día por cada dos horas de diferencia entre el punto de partida y el de llegada, vamos a tener que pasar una temporada extensa para recuperarnos. Ajustar la frecuencia a la salida de la cuarentena será un gran desafío para la primavera próxima.

Como aconsejan los especialistas, cuanto más se pueda estirar el pico de la pandemia, más probabilidades de cuidar a los vulnerables.

Y, el gran desafío del sistema de salud que, como sostuvimos en este espacio, cuenta con una alta calificación profesional en sus recursos humanos, es tener los medios y los materiales esenciales para hacerle frente al flagelo. Casi se me escapa que nos hacen falta "pertrechos", pero esa mención me lleva a una discusión estéril y solo veo hoy este adjetivo como una valoración positiva, no asociable a discusiones inútiles, imprudentes y, a veces malintencionadas, que se replican sin cuartel por las redes.

Nuestra montaña rusa económica , la emergencia eterna, los defaults cotidianos, las cuasimonedas de la salida del corralito y la cuasimoneda de todos los días, nos tienen entrenados para encabezar el milagro de la recuperación. La patología de la economía argentina que puede derivar en una vacuna universal. Europa (zona euro) y Estados Unidos no están entrenados en estos menesteres. La limitación económica , política y legal de sus rígidos sistemas monetarios abortarán los anunciados programas de ayudas públicas.

Trump firma auxilios por montos que exceden nuestra cotidiana inteligibilidad, mientras mira el próximo Noviembre, más cercano y mucho más frío que el anterior. La renegociación de la deuda será central para el impulso que necesita el país formal para ponerse en marcha. Y la circulación de mayores volúmenes de efectivo aparece como un oasis a la vista para la economía informal. Aunque se recaliente la emisión. Todos sabemos que la bancarización es una exigencia aceptable, y hasta deseable, impulsada por los compromisos y programas internacionales de antilavado, antiterrorismo y anticorrupción. Pero el cuentapropismo (peyorativa nominación de nuestros millones de emprendedores), y la economía informal en la que el sustento familiar y la dignidad de otros millones de argentinos se pone en juego cada día, necesitan llenar los pulmones de aire fresco y no tienen off shores, no participan en intifadas y difícilmente llegan a la función pública . Me salió una alegoría., afuera de la cuarentena ( o era de la caverna?).

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