Un dato con gran incidencia en las principales variables económicas (dólar, inflación, pobreza, crecimiento, desempleo, déficit fiscal, entre otras), publicado a fines de junio pasado por el Indec, volvió a pasar prácticamente desapercibido en casi todos los medios de comunicación, incluso en los especializados en economía. Se trata del resultado de la cuenta corriente; a diferencia de la balanza comercial que solo registra el intercambio externo de bienes, incorpora ese registro y también computa el resto de las transacciones reales de nuestra economía con el resto del mundo (pagos y percepciones en concepto de servicios, de rentas y transferencias).

La noticia fue que, a pesar de haberse plasmado de forma plena los efectos de la mayor devaluación desde 2002, Argentina igualmente acumuló un déficit de 3.849 millones de dólares en el primer trimestre de 2019. Así, el rojo se achicó en un 59% respecto al mismo lapso de 2018, pero se incrementó un 78% en relación al trimestre anterior (el primer trimestre suele ser más deficitario que el último por el efecto principalmente del turismo en el exterior).

Si bien posiblemente el déficit del segundo trimestre de 2019 sea menos intenso por efecto del rebrote devaluatorio, la más profunda contracción económica y la mejor cosecha agrícola, tampoco será suficiente para revertirlo. Y, en el segundo semestre, lo más probable es que el resultado negativo vuelva a incrementarse por el atraso cambiario que genera la inflación y una tenue recuperación esperada de la demanda (implica más importación), como resultado del programa de políticas preelectorales (básicamente anticipo del aumento de la AUH, Ahora12, subsidios a la compra de autos nuevos, postergación de aumentos tarifarios, incrementos salariales escalonados con mayor impacto en los meses más cercanos a las elecciones y aumento de la obra pública).

No parece haber margen para financiar el déficit habiendo acudido ya en emergencia dos veces al Fondo Monetario

En consecuencia, el déficit externo cerrará el año en un nivel en torno al 2,5% del PBI. Es un valor sustancialmente inferior al pico registrado entre el segundo semestre de 2017 y el primero de 2018 (había rozado el equivalente al 6% del PBI), pero seguirá el desequilibrio y no parece haber un margen suficiente para financiarlo, habiendo ya acudido de emergencia dos veces al FMI. Para colmo, el déficit actual se nutre del pago de rentas por los intereses de la deuda externa asumida sobre todo por el sector público. En el primer trimestre de 2019, se realizaron pagos al exterior por 3.166 millones de dólares, mientras que, por ejemplo, en el mismo trimestre de 2015, la salida de divisas por el mismo concepto era de sólo 873 millones de dólares. El superávit alcanzado, a fuerza del duro ajuste, en la balanza comercial en los primeros tres meses de 2019 (2.562 millones de dólares) no llegó a compensar ese rojo que, por el mecanismo de endeudamiento elegido por el gobierno, seguirá en rápido ascenso.

El gobierno, en su afán por reducir el déficit fiscal primario, tomó decisiones con impacto cortoplacista en lo fiscal que agravaron mucho más este problema: incrementó y generalizó retenciones y quitó reintegros a las exportaciones y aumentó la tasa de estadística a las importaciones de forma generalizada, incluyendo a insumos y maquinarias no fabricados localmente. Todas estas políticas deterioran aún más la ya muy débil competitividad. De esta forma, es más complicado alcanzar un superávit significativo en la balanza comercial que permita evitar las presiones en el mercado cambiario. Si bien transitoriamente el ingreso especulativo de capitales por las elevadas tasas de interés pueden anestesiar el problema, están generando un caldo de cultivo muy potente que, ante señales externas negativas o frente a los datos reales del intercambio deficitario de la economía nacional y la imposibilidad de financiarlo, provocarán una nueva estampida de salida de capitales que volverán a reflejar la enorme fragilidad económica, alimentada también por la continua fuga de capitales que en los últimos doce meses ya alcanzó los 23.160 millones de dólares.

El ingreso especulativo de capitales puede anestesiar el problema pero genera un caldo de cultivo para una nueva estampida

Con las mismas políticas que vienen aplicándose en los últimos 3 años y medio, la única forma de dar vuelta el déficit es con un ajuste mucho más fuerte aún que el registrado en los últimos meses. Desde ya, esa alternativa no es políticamente viable y es por eso que el gobierno está atado a conseguir sí o sí crédito en los mercado financieros internacionales. Ahora bien, con un Riesgo País moderado por factores externos (tregua entre EEUU y China y las señales de que la Reserva Federal de EEUU bajaría las tasas), un nivel en torno de los 800 puntos impide el acceso al financiamiento externo y, ante a los próximos vencimientos de deuda, la dependencia de la asistencia del FMI será aun mayor.

La dinámica del actual modelo tenderá a generar más presión de demanda de dólares, inflación, incertidumbre, más deterioro de la capacidad productiva, contracción de la actividad, déficit fiscal y precarización laboral y de las condiciones de vida. La salida, sí o sí, debe cambiar la lógica de acumulación actual, volcando todos los incentivos de las políticas públicas a la producción y no, como hasta ahora, a la especulación financiera. Si no mejora aceleradamente la capacidad competitiva del país, el próximo ajuste deberá ser mucho más duro para equilibrar el frente externo y el control de los recursos nacionales terminará de ser cedido a los operadores financieros.

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