"La democracia en Argentina es un contrato social alrededor del tipo de cambio", suele repetir un viejo economista profesor de muchas generaciones de profesionales. La realidad parece estar dándole la razón: con un dólar blue que pasó los $300, el contrato social que llevo al FdT al gobierno parece resquebrajarse con cada peso en alza de la afiebrada cotización del billete verde.

Todos los argentinos conocemos de primera mano que gastamos más dólares de los que necesitamos, eso que en la economía se llama restricción externa. Pero pocos saben que, junto con la falta de verdes, en el territorio argentino suele sufrirse otra patología económica: el llamado el stop and go.

El stop and go es para los argentinos "la calesita del horror" y suele desarrollarse de esta manera: cuando se empezaban a agotar las reservas de dólares en el BCRA, en medio de un período de crecimiento y por la necesidad de importar insumos y bienes de capital no producidos en el país, se terminaba en devaluaciones bruscas que inducían caídas del salario real, haciendo retroceder la demanda de consumo e inversión y trayendo, como consecuencia, un parate en la actividad hasta que se reponía el stock de reservas internacionales, dando así inicio a un nuevo ciclo.

Esta calesita fue una máquina de pobres desde 1976, cuando la dictadura militar impuso a sangre y fuego las políticas neoliberales. Hasta fines de los '70, y hasta el default de los primeros años de la década del 2000, la economía multiplicó los riesgos del stop and go debido al fuerte incremento de su deuda externa.

La realidad es que el virus del stop and go volvió con fuerza a partir del 2012. El economista Horacio Rovelli lo explica claramente: "Si uno observa el crecimiento del PBI argentino desde el año 2002 hasta el 2012 fue del 98,6%, con una tasa promedio anual del 7,1%. Esto se explica fundamentalmente porque la inversión interna bruta fija (en adelante, IBIF) creció durante dicho período un 258% (13,6% promedio anual) y el consumo (que representa más del 70% del PBI), impulsado por las políticas de ingreso implementadas por el Gobierno, verificó un incremento del 102% (7,3% promedio anualizado). Sin embargo, las exportaciones se acrecentaron un 171% (el monto de las exportaciones para 2012 fue de USD81.200 millones, cuando había alcanzado los USD83.950 millones en 2011). En cambio, las importaciones crecieron un 395% (USD68.500 millones) durante el mismo período. En ese contexto, el problema de la economía argentina se refleja en el crecimiento de los precios internos, que, al no ser acompañado por la depreciación cambiaria, provoca inflación en dólares y con ello un efecto de valorización de los activos y de los costos".

Las palabras de Rovelli no las comparten los economistas del "albertismo", que descreen que haya que disciplinar a los empresarios para que "la calesita del horror" tome velocidad. Acuerdan en la teoría que dice que, por cada punto que crece el PBI, las importaciones se acrecientan tres puntos, aumentando así el hambre de dólares. En los papeles (y algunos dicen que solo en los papeles), los economistas más progresistas del Instituto Patria y del "albertismo" sostienen que es imprescindible apuntalar tanto la tarea de sustitución de importaciones como la de promoción de exportaciones con alto valor agregado para generar los dólares para pagar las primeras.

Pero las teorías a veces chocan con la realidad: hoy el Banco Central de la República Argentina tiene USD39.863 millones en reservas y, si no renegocia con el FMI, a fin de año debería desembolsar unos USD5.000 millones adicionales. En ese marco es que para frenar que los bancos se pasen de pesos a dólares por temor a una megadevalucion, el BCRA deberá pagar en intereses por pasivos remunerados a fin de año cerca de $200.000 millones por mes, casi $1,2 billón. Números que asustan y que podrían hacer que la sortija de "la calesita del horror", el dólar blue, vuele hacia los $400. Un escenario que nadie quiere, pero que muchos piensan.