Duró algo más de un mes la consigna de "cuarentena comunitaria" que irresponsablemente se repetía a diario como un antídoto para resolver la propagación del coronavirus en las villas del área metropolitana. La traducción era más o menos así: ante la evidencia de que es imposible guardar la distancia social, lo más sensato es que los habitantes se muevan libremente por los barrios, pero siempre evitando el contacto con el resto de la población.

La mentira duró apenas el tiempo en que el virus de los ricos que viajan en avión tardó en llegar a casa de los pobres que no tienen cómo evitar la propagación. En el medio, naturalizamos dos juicios altamente estigmatizantes: el de señalar a los que viajaron al exterior como causa de la pandemia y el de auspiciar -sin distinción de ideologías y exponiendo la carencia de respuestas- el confinamiento en guetos de los que viven en "barrios vulnerables". Como si la corrección política a la hora de nombrar las cosas blanqueara su real significado. En tiempos de gravedad extrema, la sensatez suele quedar bastante de lado...

Faltó un detalle: más allá del esfuerzo enorme -público y privado- por acercar ayuda para que sobrevivan, muchos habitantes de las villas mantienen la digna intención de ganarse el sustento con su trabajo. Y en muchos casos, incluso, trabajando formalmente. El primer contagio en un barrio pobre se produjo por una enfermera, que llevó el Covid-19 desde el lugar de trabajo a su comunidad.

Para expertos en cuestiones sanitarias, haber guardado esperanzas en la "cuarentena comunitaria" es inescrupuloso.

Superada la barrera, el área metropolitana comenzó a mostrar la cara más peligrosa del virus. Por estas horas, los números de contagios se concentran justo donde no debieran hacerlo. Las nuevas medidas anunciadas apenas parecen paliativos. Hablar de desinfectar calles y viviendas es un lujo que los porteños del Barrio 31 se pueden dar. Una sudestada atestaría de suciedad calles y casas de los cientos de conglomerados "urbanos" desarrollados a la vera de arroyos en todo el Gran Buenos Aires. Aquí la falta de agua complicó las cosas. En la gran mayoría de los casos no hay cloacas para siquiera arrancar una campaña sanitaria.

Más allá de las tareas de prevención y todas las medidas que se pongan en marcha y merecen especial apoyo, se debe reconocer que, de base, lo que históricamente se denominó como villas miseria está a merced de una pandemia. En muchos casos, la palabra "miseria" bien podría evitarse. En los conglomerados porteños se pagan alquileres de mercado por cada metro cuadrado. Por años, se promocionó en el país la "cultura villera", cuna de clientelismo multicolor vía chapas y ladrillos. Las villas son, en realidad, la claudicación del Estado.

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